El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

jueves, 13 de enero de 2011

El Montón

Por Eva Giberti.
Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
Publicado en Página 12. "Contratapa".
Martes, 01 de Agosto de 2006.

La historia de una violación abrió las compuertas de la miseria humana que la indiferencia de muchos y la complicidad de otros pretende naturalizar. En Página/12 del viernes 28 de julio, Mariana Carbajal reprodujo las palabras de una jueza de Menores: “La sociedad está pensando que a esta chica la agarraron en un baldío, que fue violada con violencia, pero no fue así... Fue un abuso intrafamiliar como ocurre en tantos casos. ¿Sabe la cantidad de chicas de 12 o 13 años, incluso de 9, que son abusadas por sus padres y quedan embarazadas? Veo un montón en mi juzgado”. Más adelante aclara que “no ha sido una víctima desamparada. No hubo violencia física”. Carbajal repregunta: “¿Le parece menos grave?”. Y Su Señoría responde: “No, claro, es igual de grave. Pero fue un abuso intrafamiliar”.

Avanzar en el análisis de un texto reproducido puede conducir a error, razón por la cual sólo lo utilizaré como inspiración y en mi propio contexto, para no traicionar el contexto original.

Comenzamos por tener que asumir que en algunos juzgados se encuentra una cantidad significativa de púberes y de niñas violadas por sus padres, tíos y abuelos: esos incestos, denominados por el Código Penal “abuso agravado por vínculo”, que desembocan en embarazos se califican como “algo grave” y al mismo tiempo habitual. Quien así los describe es una funcionaria cuya tarea reside en la protección integral de niños, niñas y adolescentes, en cumplimiento de la Constitución nacional. Entonces, niñas y púberes incestuadas, embarazadas, constituirían un hecho grave, en particular –como el texto lo menciona– porque no pueden abortar, dado que no son idiotas ni débiles mentales y debido a que la violación se produjo en ámbito resguardado por la denominación “intrafamiliar”; razón por la cual la violación de una niña no entrañaría violencia física. Más allá de que la escena describa a un sujeto adulto que penetra genitalmente a una niña de 9 años o a una púber de diez años, eyacula en el interior de su cuerpo y produce un embarazo. Teniendo en cuenta que se trata de un hecho secreto, la niña deberá guardar silencio, el cual se obtiene mediante amenazas contra ella o contra otro miembro de la familia o, en oportunidades, mediante el intento de seducción: “Es un secreto entre vos y yo”, argumenta el sujeto. Mientras la niña o la púber se inicia en la vergüenza y la humillación (por vivencia de suciedad e impotencia) al tener que limpiarse de una sustancia que desconoce o tolerar que sea el familiar quien se ocupe de esa higiene, por razones de su seguridad para evitar rastros. La niña o la adolescente, después de haberlo escuchado resoplar en su oído o de haberlo mirado jadeante y sudoroso sobre ella queda anonadada psíquicamente y lesionada. Esta suele ser la descripción de las víctimas.

Hasta ese momento la niña o la púber no había imaginado que un hombre equivalía a ese ser humano que “le hacía doler”. Pero esa práctica, que como se afirma es habitual, queda al margen de lo que podría constituir violencia física. Aunque se la considera grave. Cuando estas víctimas no son idiotas ni débiles mentales la ley no autoriza el aborto solicitado a partir de un engendramiento de esta índole, en cuyo origen no se supone violencia física por tratarse de procedimientos llevados a cabo en el resguardo del hogar familiar. Esta conclusión parecería desprenderse del texto que analizo.

Descuento que Mariana Carbajal ha reproducido con exactitud el segmento del diálogo en el cual Su Señoría le pregunta “¿Sabe la cantidad de chicas de 12 o 13 años, incluso de 9, que son abusadas por sus padres y quedan embarazadas? Veo un montón en mi juzgado”. Entonces, atendiendo al tono del comentario y a su contenido podríamos responder: “Pero fíjese qué barbaridad... Las cosas que les pasan a las chicas... Habría que educarlas mejor”.

La indignación constituye uno de los motores más eficaces de los cambios sociales. Corresponde cultivarla cuando, asistidas por el ejercicio de los derechos humanos, comprobamos que, desde posiciones impensadas, se viola la dignidad de las víctimas encarnadas en las vidas de niños, niñas y adolescentes. Violación impuesta mediante el discurso que brota en los territorios del poder diseñados para protegerlos.

El escarnio de la ética se transparentó en algunos de los discursos que la historia de la violación de una adolescente dejó al descubierto. Amparándose en la discusión acerca del aborto se lateralizó la figura del victimario, se escamoteó la índole de sentencias que le correspondería y quedaron a la vista quienes naturalizan lo habitual de violaciones intrafamiliares y los embarazos resultantes.

La fragmentación de la conciencia mediante los discursos que intentan ser explicativos es una característica de la época que bloquea la posibilidad de establecer normas constructivas relativas a los derechos morales de las víctimas y a la formación ético/política de quienes tienen la responsabilidad jurídica de representar la voz de las víctimas cuando éstas son niñas y adolescentes. Esa articulación fundamenta el principio de solidaridad que impregna la filosofía de los derechos humanos y que constituye base y marco de su ejercicio.

Hablamos de derechos de las niñas y adolescentes arrasados siempre y cuando no se trate de “abuso intrafamiliar”, expresión engañosa y morigeradora de la definición del delito que cometen los familiares. Porque entonces esa violación –al amparo del ámbito familiar y bajo el techo del hogar– puede constituir una práctica que, aunque grave y produzca embarazo, no suscita horror ni decisión de desactivarla. Mientras, la víctima –siempre que no sea internada en algún instituto por “riesgo moral”– queda en espera de la próxima violación. Así sucede en los grupos humanos considerados “pudientes” y también en los que habitan las clases medias y populares.

Como si los familiares incestuosos pudiesen anticipar que su delito cuenta con la canchera enunciación de quien enumera a las víctimas como “un montón” donde alternan todas las edades. Esta identidad colectiva es una invención original que, al incluir a las víctimas en el amasijo del montón, las excluye de sus derechos personales que reconocen a cada víctima con su propia filiación, con el apellido y/o la consanguinidad del violador que la palabra de la niña denuncia.

¿De este modo –agraviante y banal– serán pensadas las niñas víctimas de violación? No, tan solo por algunas personas. Pero sepamos que existen.

martes, 7 de diciembre de 2010

La decisión de Carmen

Por Luciana Peker.
Publicado en Página 12. "Suplemento LAS12".
Viernes, 03 de Diciembre de 2010

La jueza Carmen Argibay adelantó a Las/12 que en el 2011 la Corte Suprema de Justicia de la Nación podría dictar una sentencia que termine con los debates en tribunales sobre los abortos no punibles. Y le pide al Congreso que se ocupe de la despenalización del aborto. Además, reivindica la decisión de Néstor Kirchner de mejorar la Justicia, aunque sigue reclamándole al Gobierno mayor presupuesto para que la Oficina de la Mujer, que ella dirige, trabaje más. Además tiene un sueño para concretar durante su mandato: terminar con la Justicia patriarcal.

Sus piernas subían las escalinatas de Derecho desnudas o cubiertas por medias. No era su decisión, sino su obligación. Las mujeres no podían usar pantalones cuando ella estudiaba Derecho. No se imaginaban los que le cercenaban su derecho a caminar como quisiera que, aunque tuviera portación de polleras, ella iba a convertirse en la primera jueza designada en democracia para integrar el máximo tribunal argentino. Carmen Argibay tiene, ahora, 71 años, una madre a punto de cumplir 101, sobrinos/as de todas las edades y un futuro que no deja de mirar a un horizonte que siempre se le ocurre más lejano. O, mejor dicho, donde ella puede llegar más lejos. Allí donde se creía que no podía llegar. Sus ojos verdes que hoy iluminan el Palacio de Tribunales –donde las estatuas siguen mostrando a las mujeres con los ojos vendados– quieren ver más. “Voy a hacer un crucero a la Antártida”, dice, ambiciosa, pícara, vital y movediza. “No sé si vamos a poder bajar, pero al menos verla”, cuenta. Y se ilusiona.

Nunca se ilusionó (ni cuando era una estudiante, ni cuando estuvo presa del otro lado del mostrador de la Justicia) con integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Pero ahora que llegó al máximo tribunal no tiene ganas de dejar pasar la oportunidad y tiene una ilusión: terminar con la Justicia patriarcal.

Por eso, dirige la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Y además de capacitar a integrantes del Poder Judicial, sensibilizar sobre el maltrato a mujeres violadas, explotadas sexualmente o maltratadas, también adelanta que, por primera vez, la Corte puede llegar a dictaminar –el año que viene– un fallo que, al menos, siente jurisprudencia en los casos de los abortos contemplados por el Código Penal.

¿Cómo siente el trabajo en la Corte Suprema de Justicia?
–Y... a veces a una le cuesta porque está muy cansada. Pero me siento muy contenta. La Justicia está cambiando y va a cambiar más.

¿Cuántos años tiene?
–Tengo 71 años.

¿Cómo es llevar adelante tantos años de trabajo?
–Estoy bien, por suerte el médico (Daniel Agranati) me ha dado un okey con las revisiones que me tengo que hacer periódicamente después del infarto de hace dos años. En el último estudio me encontró muy bien y estaba muy contento. Es verdad que le hago caso. Siempre le digo que es el único hombre que me puede dar órdenes.

No parece agobiada por la Corte, sino rejuvenecida.
–No estoy agobiada, hago lo que me gusta, descanso cuando tengo que descansar porque le hago caso al médico, tengo gente que me ayuda mucho a mi alrededor, me llevo bien con mis colegas lo que es agradable porque si no una está peleada con todo el mundo y el ambiente de trabajo se pone muy feo, trato de no estresarme, pero menos por cosas tontas.

FLORES SI, CRUCIFIJOS NO

Sus manos hablan mientras ella muestra la diversidad de sus colores. Sus dedos se pasean cuidados por dos anillos plateados. Su mano está dispuesta a dejarse ganar la pulseada por una pulsera violeta que le da varias vueltas, su cuello está enmarcado en un collar coral que aviva más la claridad de sus ojos, generalmente tapados por los anteojos, pero que resaltan mirándola de cerca. Los colores la visten. Sin presunción. La sencillez de su remera negra saca el protocolo de la silla alta de su despacho y de las fotos y cuadros con honores que ella combina con búhos, flores y una pollera animal print que la muestra como es: sencillamente aguerrida.

Los sentidos no se detienen sólo en sus sentencias. Tiene jazmines en agua en su escritorio que cambian la sensación de su oficina céntrica, muchas flores a su lado y un hornito aromático que ella también riega para que el aroma no se espante por las fojas y fojas de expedientes mientras la vela que dispara ese pequeño respiro no ahoga su llama. Ni ella mueve su sonrisa. Se ríe aún en las preguntas que no le gustan, pero que nunca la muestran jaqueada.

Ella no es una jueza tradicional (soltera, atea, pro despenalización del aborto), ni lo es su despacho. La fotógrafa le pide que pose al lado de las flores (los lirios) y ella acepta. No necesita preguntas para presumir por sus pequeñas revoluciones –a las que sus compañeros llamaban “las locuras de Carmen”–. Ella, aunque apurada, se presta. Y sonríe: “Vieron que tengo flores y no crucifijos, esa es otra de mis luchas”, enfatiza en alusión a su decisión de pedir que se quiten los crucifijos católicos de las salas de audiencia de todos los tribunales.

Nunca tuvo miedo de decir lo que pensaba. Antes de asumir, en el verano del 2005, mientras veraneaba en Miramar, causó el primer revuelo mediático cuando se declaró a favor de la despenalización del aborto. “Yo dije siempre mi posición. Me generó bastantes conflictos, pero vuelvo a reiterarla”, se planta. Su postura –sobre un tema que el 30 de noviembre tuvo su primera audiencia pública en la Cámara de Diputados y que está en la agenda de la Comisión de Legislación Penal para el debate durante el 2011– sigue clara. “Mi posición ya es conocida –reafirma–. El aborto existe y perjudica más a las mujeres más pobres. Hay varios proyectos en el Congreso y este es el momento propicio para dar este debate.”

Hablando en criollo, había un proyecto sobre matrimonio igualitario en el Congreso y otros amparos en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. ¿Si el Congreso se hizo cargo de aprobar el matrimonio igualitario, no sería justo que la Corte Suprema tome el guante en otro tema candente como la despenalización del aborto?
–Es que no es una cuestión de tomar el guante. Cuando se aprobó el matrimonio igualitario ya no tenía sentido tratar esos casos planteados en la Corte. Y por otra parte es al Congreso al que le corresponde cambiar la ley. Hay que tratar de evitar la muerte de jóvenes que por no haber tenido educación sexual enfrentan un problema que no pueden solucionar de otra manera. Y este es un momento propicio para la apertura del debate por la despenalización del aborto en el Congreso.

En la Corte Suprema hay dos planteos por casos de abortos no punibles, uno de La Pampa (en donde se pide que se declare inconstitucional el veto a la ley provincial 2394 sobre atención de abortos no punibles) y otro por el caso de la adolescente A.G. que se realizó un aborto, después de ser violada por su padrastro, en Chubut. ¿Puede haber sentencias en estos casos?
–Sólo sé que llegó el caso de Chubut y ahí es posible que se pronuncie la Corte. El aborto no punible está legislado hace más de noventa años.

¿Es posible que se siente jurisprudencia en el 2011 que sirva como antecedente para no seguir judicializando cada pedido de aborto legal como el de esta adolescente que decía que se iba a suicidar si no la autorizaban a interrumpir su embarazo?
–Yo creo que sí.

¿La Corte no va a mirar para otro lado en este tema?
–La Corte nunca mira para otro lado, sino que trabaja con los expedientes que llegan.

¿Se puede confiar en un dictamen que termine con las discusiones en torno del aborto no punible en el 2011?
–Me parece que sí.

¿Y sobre la despenalización del aborto en todos los casos?
–Ese es otro tema. No el de la causa que llegó a la Corte.

¿Qué pasa si quieren recusarla porque su posición sobre el aborto ya es conocida?
–Que me recusen. Pero sólo puede recusarme una parte interesada. Y en este caso, el expediente llega a la Corte por pedido de la defensa del niño por nacer. Pero el aborto ya se realizó, así que no hay ninguna parte interesada que pueda recusarme.

En el movimiento de mujeres le cuestionan la sentencia por Romina Tejerina, ya que esperaban que usted colabore con su libertad...
–Ufff, eso siempre me lo preguntan. Una cosa es defender a las mujeres y otra que siempre las mujeres hagan todo bien. Además, cuando llegó el caso no era como la prensa lo contaba. La Justicia hizo todo lo posible por reducirle la pena, si no era cadena perpetua, no era como los medios decían. La verdad es que los jueces hicieron todo lo posible por ayudarla.

¿Está de acuerdo con reimplantar en el Código Penal la figura de infanticidio que fue sacada y eso derivó en que a Romina Tejerina le correspondiera una condena que la tiene todavía presa?
–Sí, estoy de acuerdo con que exista la figura del infanticidio.

Si se logra cambiar la ley, como proponen distintas diputadas, ¿la nueva norma podría beneficiar a Tejerina?
–Sí. Todavía se está tiempo de que le toque a Romina porque le correspondería la pena más benigna.

LA LUCHA CONTRA LA JUSTICIA PATRIARCAL

“La Justicia patriarcal tiene que terminar”, enfatiza Argibay que es clara con sus palabras. Ella no ahorra críticas a los fallos machistas; montó una obra donde se mostró cómo el personal judicial maltrata a adolescentes abusadas, mujeres explotadas sexualmente o esposas maltratadas en el Congreso Nacional de Jueces, puso en marcha un nuevo protocolo de atención de abusos sexuales, denunció el techo de cristal para las profesionales en el ámbito judicial, creó la Oficina de la Mujer, capacitó sobre derechos de género al Poder Judicial y –de yapa– tiene el desafío de crear una nueva morgue en la zona de Comodoro Py.

¿La llegada de Elena Highton de Nolasco y usted a la Corte Suprema de Justicia de la Nación dio un giro en el tratamiento judicial hacía las mujeres?
–Sí. El hecho de llegar a la Corte te da lugar a hacer cosas. Elena Highton de Nolasco puso en marcha la Oficina de Violencia Doméstica y yo la Oficina de la Mujer. Con esto y el Protocolo de Atención a las Víctimas de Abuso Sexual que creamos cuando Eva Giberti vino a mi despacho preocupada por el trato a las víctimas y decidimos poner en marcha –en sólo cuatro meses y mientras el grupo de trabajo se reunía hasta los sábados en un café de la esquina del Hospital Alvarez– demostramos que cuando se quiere, se puede.

Pero tuvieron una controversia con el Gobierno por el reclamo de mayor presupuesto...
–Sí. Necesitamos más presupuesto. Por ejemplo, en la Oficina de la Mujer hay sólo siete personas y todos/as voluntarios. La Ley de Prevención y Erradicación de la Violencia hacia las Mujeres exige que haya presupuesto para las oficinas de las mujeres de todos los poderes del Estado. Por eso pedimos que no se recorte el presupuesto de la Corte ni el de la Oficina de la Mujer, en donde no puedo tener la gente que necesitaría para sensibilizar al Poder Judicial. Se hace lo que se puede, pero sólo hay dos personas para capacitaciones.

¿Qué siente a partir de la muerte de Néstor Kirchner?
–El fue el impulsor de la renovación de la Corte y eso hay que reconocérselo. El me designó como jueza de la Corte y le estoy agradecida. Pero la tarea de los jueces –y más de las mujeres– es ser ingratas. Decir muchas gracias y después hacer lo que hay que hacer.

¿Cuál es su mayor logro en la Corte?
–Yo creo que el mayor logro en la Corte es haber venido con una idea de lo que podía ayudar a transformar la Corte y que esa transformación se esté dando. No he logrado todo lo que quiero todavía porque los logros se calculan al final. Y creo que falta un tiempo. Pero todos estamos haciendo una buena tarea como equipo.

No son una Corte Suprema homogénea. ¿Cómo es la convivencia?
–Tenemos nuestras disidencias porque si todos tuviéramos siempre la misma opinión seríamos uno solo. Pero está bueno porque las disidencias a veces te afirman y otras veces te ayudan a cambiar. La rigidez no sirve. Una puede tener principios muy arraigados –que está bien– pero no hay que querer transformar en principios lo que en realidad son prejuicios. Nos matamos discutiendo en algunas cosas, pero no hay problema. Creo que esta Corte está logrando revertir la imagen que había de la Corte. Y eso es lo mejor.

¿Limpiar el Riachuelo y una Justicia menos patriarcal son dos de sus objetivos?
–Sí, son dos proyectos. Estamos haciendo todo lo que podemos. También somos seres humanos y necesitamos recargar las pilas.

¿Con qué recarga las pilas?
–Con los rompecabezas y la música que me encanta.

En su despacho hay cds de música clásica y en su casa un piano...
–Sí, porque mi mamá (Ana Rosa Carlé) tocaba el piano. Ya no. Tiene 100 años y vive conmigo. Y hay que cuidarla. Su familia es longeva: su padre se murió de 90 años y una de sus hermanas vivió hasta los 97 años. Y ella ahora está clínicamente muy bien. Faltan cinco meses para que cumpla 101.

No tiene hijos, pero sí muchos sobrinos...
–Sí, tengo hasta una sobrina bisnieta que es un encanto la mocosa. Tengo varios de mis sobrinos con los que me llevo muy bien y estamos mucho juntos. Es una de las formas de ponerse al día con las cosas de la juventud. Porque si una se aísla después se convierte en una vieja cascarrabias. Eso no quiere decir que vaya a los festivales de rock. Pero puedo entender muchas cosas porque tengo relación con mis sobrinos. La familia ayuda mucho. A veces una familia muy larga tiene muchos problemas también. Pero nadie dijo que la vida fuera fácil.

¿Disfruta de las vacaciones?
–Sí. Me llevo rompecabezas y una pila de libros a las vacaciones. Me voy a hacer un crucero, me voy a la Antártida, a refrescarme, a ese lugar tan especial.

Siempre hay un horizonte de llegar más lejos...
–Sí. Una aprende hasta el día que se muerte. Así que todavía tengo mucho que aprender. Espero.

Y se ríe largo. Como su viaje.

Ahora jueza, antes presa.

Argibay confiesa que no le gusta el calor. Hasta que sufrió la gota gorda en un crucero, que realizó el año pasado, por Brasil. Pero Buenos Aires agobia y ella –sin aire acondicionado– mantiene su ventana –de aire, luz y tibieza– abierta. Tal vez es el encierro que dejó su huella. Ella fue presa política en 1976 –cuando tenía 36 años– en la cárcel de Devoto. “Nunca supe de qué me acusaban ni por qué era una persona peligrosa para la dictadura militar”, expresa. Pero revaloriza la solidaridad entre las presas, de las que le quedaron dos grandes amigas y se está por juntar con otra mujer, que era más chica que ella y le escribió para contarle de la importancia de su tranquilidad y liderazgo durante los meses de prisión. “Me sorprendió porque ella formaba parte de un grupo de chicas más jóvenes y revoltosas que nosotras”, confiesa.

¿Es la única jueza que alguna vez estuvo detrás de rejas?
–Creo que sí. La primera vez que me ofrecieron ser jueza penal pensé que no podía hacer eso porque sabía lo que era estar tras las rejas, pero después reflexioné que me iba a dar más cuenta que nadie cuándo mandar a prisión o no. Con el tiempo, en el Tribunal de La Haya, me tocó escuchar testimonios desgarradores sobre la violencia en la ex Yugoslavia. También cuando empecé a defender los derechos de las mujeres, mis compañeros hablaban de “las locuras de Carmen”. Pero ahora las locuras de Carmen ya no son más locuras. Son una nueva Justicia.

jueves, 25 de noviembre de 2010

¡Te voy a quemar viva!

La amenaza comienza a reiterarse. Lo advierten las profesionales que atienden los llamados al Centro de Llamadas que responde al número 137 del Programa Las Víctimas contra las Violencias dependiente del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos.

Al escuchar la angustiada voz de la joven mujer que reclamaba atención, las operadoras registraron que distintas mujeres habían repetido el llamado con la misma amenaza. La Brigada Móvil contra la Violencia familiar concurrió para asistirlas. No obstante, el riesgo se mantiene latente. En particular si la mujer sostiene su relación con el sujeto esperando que “él cambie”. Porque “quizá lo dijo en un mal momento”. Neutralizar estas amenazas mediante racionalizaciones ingenuas –debido al interés amoroso hacia esa persona– puede desembocar en un ataque concreto. Es probable que el responsable, si es acusado, niegue haberlo dicho o que, en caso de encontrar testigos de esa amenaza, insista en afirmar “¡Estaba jugando! Lo dije en broma”. De manera que prioritariamente contamos con el testimonio de quien fue amenazada.

¿Familiar o doméstica?

¿Se trata de violencia familiar o doméstica? ¿Y si el sujeto no es miembro de la familia de la mujer amenazada? Cualquiera sea su posición en relación con ella, esta amenaza está incluida en los contenidos de las leyes.

Es pertinente revisar las expresiones violencia familiar y violencia doméstica, ya que ambas seleccionan un segmento de víctimas que encubre y silencia el tema clave: la violencia contra las mujeres.

Si se presentara ante el Poder Legislativo un proyecto de ley que se refiriese a este tema llamándolo por su nombre, violencia contra las mujeres, ¿sería fácilmente aprobado? Es un interrogante que merece ser considerado. Pero si se menciona al género –hablando de violencia de género– el reconocimiento de estas violencias no tergiversa su contenido esencial. Hablar de violencia de género supone (estadísticamente) que se trata de violencia contra las mujeres. Aceptado este planteo, ¿cuál es el problema si nos referimos a violencia doméstica y/o familiar?

Las expresiones que focalizan una particular índole de víctimas, porque es necesario distinguirlas para responsabilizarse por ellas y solicitar la sanción a sus agresores, generan un recorte: se instituyen en “mujeres golpeadas”, o en “víctimas de violencia”. Se instalan como “aquellas” a las que les sucedió –o les sucede– algo terrible y a las que es preciso ayudar. Conclusión certera e indiscutible.

Si refinamos el análisis de estas dos expresiones, precisamos alertarnos y no distraernos pensando que violencia familiar o doméstica es otro fenómeno propio de “la violencia” que siempre existió. Cuando en realidad se trata, específicamente, de violencia contra las mujeres.

Quienes sostienen que “violencia hubo siempre” proponen neutralizar esta especificidad al desconocer que los hechos violentos contra las mujeres construyen historia, como lo evidencian las narrativas que, mediante el lenguaje, incorporan herramientas para amenazar, dañar y matar. El incremento de la actual amenaza “Te voy a rociar con nafta y voy a prender fuego” o “te voy a quemar viva” son verbalizaciones que si bien no constituyen inventos propios de la época –ya que el fenómeno existió previamente– la aplicación de esas frases adquirió actualidad merced a las últimas historias conocidas. Enriqueció el imaginario social con la incorporación del fuego como colaborador del ataque contra las mujeres. Enriquecimiento que se postula a sí mismo como más refinado debido a las huellas que puede dejar en la sobreviviente, además del espantoso dolor que las quemaduras generan.

Dentro del campo de las violencias familiares o domésticas (cualquiera de las dos expresiones es semánticamente discutible), haber incorporado esta nueva amenaza, que comprobadamente se reitera, alerta acerca de la premeditación que se pone en juego: ha sido preciso pensar en el líquido que podría utilizarse, tener cerca el fósforo o el encendedor y seleccionar la ocasión. También fantasear con los resultados del hecho: “la dejo marcada para siempre”. O bien “la mato”.

La historia y la narrativa

Esta índole de crueldades forma parte de la historia de los actos violentos protagonizados por el género masculino, mientras que la verbalización de lo que “se va a hacer” o ya se llevó a cabo aparece como un nuevo estilo, propio de las narrativas que caracterizan los ataques a las mujeres. La descripción se instituye como narrativa histórica que enuncia o interpreta lo que se narra. Por ejemplo, la milonga que canta “Si no te rompo de un tortazo es por no pegarte en la calle” representa una ideología masculina muy cuidadosa, ya que advierte que para pegar es mejor que no haya testigos. Se sigue pegando, preferentemente dentro de los domicilios (el domus de los latinos) y en familia, familiar y doméstica.

La inclusión de la amenaza por el fuego se actualizó como extensión de hechos cercanos publicitados por los medios, o sea, dependiente de la época.

La violencia que suscita la amenaza del fuego y su posterior puesta en acto reproduce el tiempo de las mujeres quemadas en las hogueras de la Inquisición, incorpora el terror previo de quien se imagina a sí misma envuelta por las llamas. Tiende a historizar en el pensamiento y las sensaciones de la víctima un suceso anticipado que conduce a la mujer a su propia imagen como una persona inerme. Ella no podrá hacer cosa alguna, paralizada por el espanto y el triunfo de la combustión. Lo cual es diferente de la amenaza del golpe.

Recortar este sector de las víctimas de violencia familiar o doméstica –por razones comprensibles y necesarias– arriesga descuidar la concepción de las violencias contra las mujeres que nos involucra a todas. Aunque “a mí nunca me violentaron”, como sostienen algunas congéneres, absolutamente desprendidas de su propia realidad como integrante de las culturas patriarcales y sexistas que nos regulan la cotidianidad.

Asistimos al surgimiento de una “moda” en las políticas de las amenazas contra las mujeres que se articulan con el estudio de las narrativas derivadas de distintas formas de violencia actualizadas por los medios de comunicación según las posibilidades de la época.
Estos sujetos amenazantes a veces, asesinos en oportunidades, han aprendido cómo ejercer otra forma de poder verbal. Alcanza con escucharlos una vez, habitualmente precedido por golpes, para comprender que un asesino potencial disfruta al escucharse a sí mismo. Quizá decida cerrar el circuito para escuchar los gritos de su víctima. Esta “moda” transparentó una dimensión de la violencia masculina hasta ahora escasamente ejercida. Ahora logró su plenitud.

Por Eva Giberti.
Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos.
Publicado en Página 12. “Sociedad: Opinión”.
Jueves, 25 de Noviembre de 2010.