El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

viernes, 11 de septiembre de 2015

ADOPCIÓN Y ELECCIONES PRESIDENCIALES


*Por Eva Giberti

La reunión familiar se había armado inesperadamente. La solicitud del hijo adoptivo apareció sin que se la esperase. Con motivo de la última votación, el hijo mayor, con sus dieciséis años, había planteado un argumento imprevisto: “Si voy a usar mi documento para votar necesito conocer a mi mamá, saber quién fue, por qué me puso en adopción. Y si tengo hermanos. Yo quiero ir a conocerla antes de votar...”
El derecho a conocer sus orígenes, anterior al actual Código Civil, es indiscutible; podían encontrarse diferencias en cuanto a la edad de los hijos para que empezaran con ese trámite, pero les asiste ese derecho.
El argumento de la votación era un distractor, un desplazamiento muy efectivo que el hijo había compaginado para reclamar por su “derecho a saber”. Reproducía de ese modo una situación en la que fue una hija adoptiva, en otra oportunidad, quien había elegido el mismo argumento. Como si instalarse en la nómina de ciudadanos, reconocidos como tales mediante el voto, los autorizase a un derecho del cual oficialmente gozaban.
La relación hijos adoptivos y votación de un candidato político encuentra, en estos dos historiales, una culminación explícita mediante un discurso concreto: “quiero conocer a la mujer que me tuvo”, o bien “a mi mamá de veras” o “a mi mamá de antes”, según haya sido la elaboración que cada adoptivo realice de esa información inicial proveniente de los padres: “Estuviste en otra panza”.
Pero los diálogos con los adoptivos adolescentes, si tienen que votar, parecen desatar sensaciones y curiosidades que permanecían en silencio, adormecidas o negadas, por lo menos de acuerdo con lo que apareció en las consultas desde que los dieciséis años garantizaban una nueva identidad: ser reconocidos como aquellos que podían elegir a quienes habrían de representarlos, también gobernarlos.
Parecería que necesitasen incorporar un nuevo interrogante acerca de “Quién soy”, como si dijeran: “Mi país ahora me convoca para que haga lo mismo que todos los ciudadanos, pero resulta que yo no soy como todos porque vengo de otra historia”.
No resulta complicado explicarles e interpretarles que el tema de fondo no reside en la votación sino en volver a pensar en su identidad y reconocer que ser adoptivo forma parte de una constitución familiar legalmente instituida, pero surgen dos tipos de problemas: aquellos que implementan el derecho al secreto del voto y se vuelcan sobre el secreto de sus orígenes para poder hablar del tema, y los otros, como en los dos historiales que cito, que recurren a la votación como forma de desentrañar el secreto reclamando conocer a la madre de origen. (Debo aclarar que solicité la autorización de estos adolescentes para poder escribir acerca de este tema.)
El diálogo con ellos debió alternarse –en alguna oportunidad– con la consulta de los padres que no esperaban esta complejización de la adopción: “Veníamos muy bien, nunca tuvimos problemas con él, siempre supo que era adoptivo, parecía que lo había entendido y ahora aparece queriendo conocer a la que llama su mamá como si nosotros no fuésemos sus padres...”
Hace cincuenta años que explico, escribo y difundo que la preparación para una adopción está muy lejos de pensar exclusivamente en “los niños y las niñas que se adoptan”, más aún en “los bebés que se reciben en guarda”. Cuando los hijos adoptivos crecen, pueden imponer sus derechos desde lugares impensados que movilizan la calma lograda por la familia adoptante; así sucede en estos historiales que merecerían dedicarles un capitulo titulado “La adopción y las elecciones para candidatos a diputados, senadores, intendentes y presidentes”.
Este reconocimiento del hijo adoptivo en calidad de votante asociado con el secreto del “cuarto oscuro” –alterado por la ausencia del mismo en las votaciones que no lo instalan detrás de una puerta o cortina– parecería arrastrar el doble juego del secreto y el reconocimiento de una nueva identidad, al incluirse los adoptivos en el universo de los votantes que serían como una nueva “familia” con características propias no necesariamente sintónicas con los adoptantes. Más aún, una adolescente me decía: “Si en mi familia esperan que yo vote a Fulano, ¡nunca! ¡Yo voy a votar a Zutano!”
La cuestión reside en la desobediencia autorizada por la intimidad del voto, también en el argumento para demandar: “Ahora me corresponde conocer a mi mamá de origen”. Y para los padres hacerse cargo que al adoptar se asume la responsabilidad por un futuro adulto: la convención de los Derechos del Niño es explícita: hasta los 18 años se consideran esos derechos.
Con la votación a los dieciséis años fue preciso reformular el acompañamiento de los padres adoptantes porque tanto la aparición de una nueva independencia por parte del adoptivo (para seleccionar candidatos políticos), como la utilización del acto de votar como crecimiento identitario: “Quiero conocer a la mujer que me tuvo, a mi mamá...”, producen una inquietante, sí que fecunda, movilización moral y cívica en las familias adoptivas.

* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias. 
**Publicado en Página/12 el 3 de Septiembre del 2015

lunes, 31 de agosto de 2015

Eva Giberti- Bajada de línea- Canal 9

Compartimos el siguiente vídeo con las distintas intervenciones de la Dra. Eva Giberti, coordinadora del Programa Las Victimas Contra Las Violencias, en el programa "Bajada de Línea" que conduce el Sr. Victor Hugo Morales.



lunes, 27 de julio de 2015

Adopción y géneros

        Por Eva Giberti

Adoptar a un niño no es lo mismo que adoptar a una niña. Si bien durante los primeros años de vida parecería que se trata de “los chicos” como una universalización de los hijos, a medida que transcurren los años los géneros aportan algunas características propias.
Como una circunstancia no necesaria, pero que atraviesa la historia de las familias adoptantes, con una hija/niña puede instalarse, coyunturalmente, un embarazo de la hija adolescente, no deseado por los padres.
La idea y la fantasía de hija adoptiva embarazada en un futuro –al margen del proyecto parental– existe desde el comienzo de la adopción y aun antes, cuando adoptar es solo necesidad y/o deseo. La relación madre/hijo/varón adquiere características propias, subjetivas de cada vínculo sin que necesariamente se introduzca un embarazo posible como irrupción en la vida de quien fue adoptada.
La relación hija/madre en adopción está marcada, signada (en tanto constituye un signo que la identifica) por el avance imaginario, fantasioso, de la madre de origen que forma parte de los pensamientos, sensaciones e imágenes de la adoptante como caudal consciente o no.
La sospecha, el temor, la fantasía, en relación con un embarazo “antes de tiempo”, en tanto garante de la fecundidad de esa hija adoptiva, forma parte del horizonte familiar cuando se adopta una niña. En oportunidades se alcanza a comentar como temor de la madre adoptiva al incorporar una posición sospechante o sospechadora: “ Y... no sé... quizás resulte que la hija siga los pasos de su madre biológica y quede embarazada cuando no debería... Cuando veo a la nena con tantos chicos alrededor me da miedo...”
Lo cual advierte acerca de las características posibles en la relación madre/hija adoptiva que añade un suspenso en la que tradicionalmente y como fenómeno general fue estudiada como “devastadora” relación entre madres e hijas que Lacan clasificó como “estrago” y que Freud anticipó en uno de sus textos. Como si fuera muy difícil que pudiera existir paz entre ellas, más allá de las exitosas, excelentes relaciones que las lectoras pudiesen reconocer en ese vínculo.
La “devastación” y el “estrago” son conclusiones a las que se accede mediante experiencias psicoanalíticas, pero en el campo de las adopciones, esta relación tiene características que la diferencian de la adopción de niños varones: de allí la necesidad de distinguir, cuando se piensa en adoptar y cuando se trabaja con las familias adoptantes, las múltiples significaciones de la diferencia mujer y varón.
Esta advertencia suele rechazarse en los momentos iniciales de los trámites y en la preparación para adoptar: “Nosotros queremos un hijo... No nos importa si es una nena o un varón, como sea, lo vamos a querer como un hijo...”. Efectivamente, así sucede; pero a los hijos y a las hijas se los ama sin desconocer su género. E incorporar a una hija mujer, que introduce en la familia adoptante la posibilidad de un embarazo temprano, ajena a las expectativas de los padres, implica una relación que tramita la presencia de la madre de origen compartiendo el grupo familiar como figura ausente e ineludible.
Las madres adoptantes suelen afirmar que cuidan a sus hijas/niñas, las advierten mediante una educación sexual cuidadosa, enhorabuena.
En paralelo la hijas adoptivas son quienes elaboran su relación con esa madre adoptiva y la comparan con la de origen, de quien provienen. Y ese diálogo imaginario es –habitualmente– ajeno a los intercambios con la madre adoptante. Forma parte de las posesiones de la adolescente como capital segregado de la familia adoptante, y también de sus derechos personalísimos.
El diálogo imaginario de esa púber o adolescente con quien la engendró posiciona a la madre adoptiva al margen de esas escenas: ella no podría hablar de los embarazos a partir de su experiencia.
Algunas hijas adoptivas adolescentes eligen frases crueles para enfrentar el tema:
“Ella –la adoptiva– es falsa porque no sabe lo que es ser madre, no me tuvo a mí, me crió solamente...” Afirmación en la que se arriesga infiltrar una posible identificación, un “ser como la otra” (la de origen), que fue madre “de veras” porque pudo parirla a ella. Son avatares que se deslizan silenciosamente en las intimidades de madres e hijas, sin intercambiarse verbalmente aunque en alguna oportunidad surge la confidencia adolescente y borda la trama de los amores maternos y filiales.
Estas observaciones, recortadas de entrevistas con familias adoptivas que puedo reconocer como históricas conducen a la necesaria actualización de otros niveles de análisis que durante décadas se presentaron en la consulta y hoy proponen otras realidades.
En la actualidad, las clásicas alternativas entre padres adoptantes e hijos/as se encuentran amarradas a la comprensión y conocimiento de aquello que denominamos género. Cuando, hace algunos años, un padre adoptivo, furioso, me dijo: “Yo no adopté a mi hijo varón para que se me haga homosexual”, incorporaba una variable semejante a la que en otra oportunidad, también a cargo de un padre, se afirmara: “Ahora resulta que a mi hija le gusta más estar con otra mujer en lugar de tener novio... No lo vamos a tolerar...”
Ambas circunstancias –diálogos en consultorio– dejaban al descubierto el asombro indignado de estos padres coincidente con una intolerante visión de los deseos y posibilidades de sus hijos y un reconocimiento de su opción por una hija mujer/mujer y de un varón/varón. No habían adoptado “anormales” sino niños y niñas sujetados a sus posiciones anatómicas y socialmente “ordenadas”.
Es decir, si adopto una niña, tendrá que comportarse como una mujer, lo mismo si adopto un varón. El género en la relación con los hijos adoptivos, si bien se asemeja a lo que podría suceder con quienes no son adoptivos, se diferencia porque en la adopción esa criatura no llegó por “cuenta propia” y como resultado de un engendramiento de la pareja, sino ha sido tercerizada por la ley de adopción, por un juez, a quienes habría que reclamarles por el desorden de sexos que el deseo de los hijos e hijas produciría al avanzar con perspectivas de género que no coinciden con las convenciones “normalizadoras”.
Las perspectivas de género se han introducido en los ámbitos de la adopción con la potencia propia de los derechos humanos y de las diversidades.
A la tradicional complejidad entre la madre adoptante y la hija adolescente, que más tarde será una mujer que quizás pretenda engendrar y que siendo adolescente podría suponer una incógnita para la adoptante, se añade la imperiosa realidad de las diversidades que no necesariamente fueron previstas en los trámites e ilusiones del adoptar.
Adopción y géneros: todavía mucho por comprender entre madres e hijas adoptivas; mucho por aprender en las familias adoptantes cuyos hijos e hijas declaran su autonomía de género.

*Publicado en el diario Página/12 el día viernes 24 de julio del 2015