El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

jueves, 13 de enero de 2011

Sáquennos las manos de encima

Por Eva Giberti.
Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
Publicado en Página 12. "Contratapa".
Miércoles, 25 de Febrero de 2009.

Hace años nos mandaban por carta “cadenas” encomendándonos a santos y a figuras sagradas con una advertencia: “Envíe esta cadena a diez amigos y no la corte porque Fulana que la interrumpió tuvo un grave accidente el mismo día que tiró la carta”. Ahora aparecen mediante los correos electrónicos. Por ejemplo, contamos con una que incorpora el logotipo de la Policía Federal Argentina destinada a “prevenir la violación de mujeres” y que finaliza con un pedido: “Envíe este material a las mujeres que conozca y también a los hombres, que a su vez pueden reenviarlo a sus amigas, esposas, hijas, novias, en fin... Son cosas simples, pero pueden evitar traumas y hasta salvar una vida”.

Este admonitorio final está precedido por una pretendida estadística: se habría entrevistado a 750 violadores para descubrir cómo eligen una víctima potencial. Así nos enteramos de que los violadores antes de elegir a su víctima analizan su peinado: “Es más probable que ellos ataquen una mujer con un peinado tipo cola de caballo, trenzado o cualquier otro peinado que sea posible tironear más fácilmente. También que ataquen mujeres con cabellos largos. Las mujeres con cabellos cortos no son blancos comunes”. Afirmación que torna recomendable el corte de cabello casi al ras del cuero cabelludo.

Los violadores también observan si la mujer lleva ropa “fácil de arrancar rápidamente”, lo cual garantiza el éxito de los jeans apretados (contra todo consejo ginecológico que advierte en contra). Los horarios del día que preferirían los violadores: “Entre las 5 y las 8.30, y después de las 22.30”. Es decir, que durante el resto del día no existirían riesgos ciertos.

Un capítulo aparte está destinado a los paraguas: “No atacan mujeres que cargan paraguas u objetos que puedan ser usados como arma a una cierta distancia”; las más expuestas son las que empuñan celular y están distraídas.

El documento que circula por Internet, y que algunas organizaciones difunden, tiende a crear la ilusión de claves para “no ser violadas”, para “quedarse tranquilas” siempre y cuando se corten el cabello, enarbolen un paraguas cuando andan por la calle, utilicen ropa “difícil” de arrancar (y obviamente que no sea provocativa), salgan de sus casas después de las 9 y regresen antes de las 22.30 y jamás utilicen sus celulares fuera del hogar (recordemos que las estadísticas evidencian que el 60 por ciento de las violaciones está a cargo de conocidos y familiares). Y siempre deben obedecer sus instintos (los de ella): “Esté siempre atenta a lo que pasa detrás suyo. Si percibe algún comportamiento extraño, siga sus instintos. Es preferible quedar medio desubicada en el momento, pero tenga la certeza de que quedaría mucho peor si el sujeto realmente atacase”. No se le vaya a ocurrir que, de acuerdo con las actuales propuestas de Naciones Unidas, las mujeres debemos exigir ciudades seguras. En cambio se trata de cuidar personalmente la propia retaguardia y revolear un carterazo hacia atrás, por las dudas. Interesa la valoración de nuestros instintos que nos conducirán a llevar el cabello como más nos guste, vestirnos como queremos, pasear por las calles de nuestras ciudades a cualquier hora y hablar –celular mediante– cuando transitamos avenidas y empedrados. O sea, hacer lo que mejor nos parezca.

Como tengo a mi cargo un Programa –que depende del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos– que se ocupa de la atención inmediata de mujeres víctimas de violación, harta de leer estas recomendaciones que enmascaran descalificaciones y agresiones contra el género, decidí preguntarle al jefe de la Policía Federal si este decálogo provenía de esa institución. La desmentida, por escrito, fue rotunda. Esa página que ostenta el sello oficial de la institución no fue creada oficialmente por ella. Esa aclaración ya figuraba en Internet.

¿Por qué logra semejante éxito de distribución un texto que es denigratorio de la inteligencia de las mujeres? ¿Existirá una estadística realizada a 750 violadores seriales o principiantes con preguntas del tipo: “Usted, ¿cómo elige a su víctima?”. O bien, aplicando la técnica de la pregunta indirecta, seleccionando entre sus respuestas las que serían sus preferencias. En nuestro país, ¿contamos con múltiples equipos de profesionales destinados a analizar las características de los violadores? De lo que estamos seguros es de que de acuerdo con sus derechos se los deja en libertad después de haber cumplido con un tiempo de condena, y posteriormente los reencontramos como reincidentes. Pero ése es otro tema. También es otro tema la desconfianza que la víctima despierta en algunos ámbitos judiciales, suponiendo que no existió violación sino consentimiento; existe cierta conexión entre el documento que analizo y, desde otra perspectiva –semejante–, suponer que la víctima pudo evitar la consumación del delito (como se lo “enseñan” las recomendaciones mencionadas).

La estrategia encubierta del documento –y que abunda en otras consideraciones– apunta a recordarles a las mujeres que somos violables. A enfatizar la figura temible del violador como algo inevitable, poderoso, inextinguible a través de los tiempos y además recordarlo reiteradamente, en la pantalla de la computadora, para que no nos olvidemos que nuestros cuerpos son sustancias deseables para ejercitar el abuso de poder que sostiene el placer del violador. Al que tampoco le importará nuestra vida, como claramente lo dice la advertencia final que se dirige a los “hombres buenos” para que les enseñen a las mujeres cómo cuidarse.

Se trata de infundir miedo y no de advertir que efectivamente los violadores andan sueltos y que cada uno aplica su propia modalidad, de manera que aconsejar defenderse –como exitosamente pueden contar algunas mujeres– tiene su contrapartida en los violadores armados dispuestos a otra clase de ataque.

Por el contrario, existe buen cuidado de no difundir que es necesario identificar a los violadores y detenerlos, para lo cual contamos exclusivamente con el testimonio de las víctimas.

“¡Ah, sí! ¡Pero cuando una mujer violada concurre a la comisaría, le hacen preguntas que una no está en condiciones ni en ánimo de contestar!” Así sucedía y quizás ocurre en alguna región. No sucede de ese modo en la Ciudad de Buenos Aires, donde la Policía Federal, ante una mujer violada que recurre a la comisaría más cercana del hecho, tiene la obligación de llamar al Equipo Especializado que atiende Violencias contra la Integridad Sexual. Llegamos a la seccional velozmente para que esa víctima sólo deba dialogar con la psicóloga y la trabajadora social que se hacen presentes. Y hablan con ella el tiempo necesario antes de trasladarla al hospital donde se la asistirá, ya que se trata de impedir la infección del VIH y un posible embarazo.

A partir de allí se la acompaña y se espera que durante las primeras horas esa mujer se recupere y pueda: 1) mantener la denuncia; 2) identificar al violador, ya sea en las pantallas donde figuran registrados los conocidos o mediante un identikit.

No será eficaz continuar reclamando la detención de los violadores si las víctimas no asumen estos dos momentos, si no se las asesora para que puedan reconocer que son parte de un problema mundial, social y de género, en el cual han quedado comprometidas por solidaridad con otras mujeres y que puedan colaborar en el esclarecimiento a cargo del equipo formado por otras mujeres. Las víctimas de violación, como ha sido comprobado, pueden ser personas activas y luchadoras solidarias cuando se las acompaña en el reclamo ante el Estado que tiene la obligación de detener a los violadores. Una vez detenidos, discutiremos otros temas.

Las víctimas que, sobrepasadas por el asco y el sufrimiento, recurren a su domicilio para bañarse, anulan definitivamente la posibilidad de localizar al delincuente, porque borran la huella seminal que contiene el ADN orientador para localizar al sujeto. Pero no es esta advertencia la que circula por Internet sino la recomendación –de corte fetichista– que apunta al largo de sus cabellos y al emblema fálico del paraguas en ristre.

Entre las “protecciones” de ese documento no figura, por ejemplo, algo que la experiencia demuestra fundamental: no subir sola a un ascensor con un desconocido y no abrir la puerta de calle del consorcio a un sujeto que “casualmente llega en ese momento”. Tampoco se habla de decidirse a denunciar al familiar o al amigo de la familia que la acorraló aprovechando la confianza o convivencia; en estas violaciones, el delincuente ha tenido tiempo para estudiar sus costumbres y cuenta con “la ventaja” de la que supone discreción de la víctima “para no crear un problema familiar”. Sabe también que ella no gritará “¡Fuego!” como recomiendan los protectores que escribieron ese documento.

La difusión de textos como el que menciono –que además utilizan el logo de la Policía Federal– tiende a confundir a la comunidad y a promover una imagen de desvalimiento de las mujeres, impregnada por la creencia en la estupidez del género, que se supone repetirá esas afirmaciones sin verificarlas.

Sugiero atención permanente frente a quienes pretenden cuidarnos. Recordemos la antigua consigna: “Sáquennos las manos de encima si quieren acompañarnos”.

El Montón

Por Eva Giberti.
Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
Publicado en Página 12. "Contratapa".
Martes, 01 de Agosto de 2006.

La historia de una violación abrió las compuertas de la miseria humana que la indiferencia de muchos y la complicidad de otros pretende naturalizar. En Página/12 del viernes 28 de julio, Mariana Carbajal reprodujo las palabras de una jueza de Menores: “La sociedad está pensando que a esta chica la agarraron en un baldío, que fue violada con violencia, pero no fue así... Fue un abuso intrafamiliar como ocurre en tantos casos. ¿Sabe la cantidad de chicas de 12 o 13 años, incluso de 9, que son abusadas por sus padres y quedan embarazadas? Veo un montón en mi juzgado”. Más adelante aclara que “no ha sido una víctima desamparada. No hubo violencia física”. Carbajal repregunta: “¿Le parece menos grave?”. Y Su Señoría responde: “No, claro, es igual de grave. Pero fue un abuso intrafamiliar”.

Avanzar en el análisis de un texto reproducido puede conducir a error, razón por la cual sólo lo utilizaré como inspiración y en mi propio contexto, para no traicionar el contexto original.

Comenzamos por tener que asumir que en algunos juzgados se encuentra una cantidad significativa de púberes y de niñas violadas por sus padres, tíos y abuelos: esos incestos, denominados por el Código Penal “abuso agravado por vínculo”, que desembocan en embarazos se califican como “algo grave” y al mismo tiempo habitual. Quien así los describe es una funcionaria cuya tarea reside en la protección integral de niños, niñas y adolescentes, en cumplimiento de la Constitución nacional. Entonces, niñas y púberes incestuadas, embarazadas, constituirían un hecho grave, en particular –como el texto lo menciona– porque no pueden abortar, dado que no son idiotas ni débiles mentales y debido a que la violación se produjo en ámbito resguardado por la denominación “intrafamiliar”; razón por la cual la violación de una niña no entrañaría violencia física. Más allá de que la escena describa a un sujeto adulto que penetra genitalmente a una niña de 9 años o a una púber de diez años, eyacula en el interior de su cuerpo y produce un embarazo. Teniendo en cuenta que se trata de un hecho secreto, la niña deberá guardar silencio, el cual se obtiene mediante amenazas contra ella o contra otro miembro de la familia o, en oportunidades, mediante el intento de seducción: “Es un secreto entre vos y yo”, argumenta el sujeto. Mientras la niña o la púber se inicia en la vergüenza y la humillación (por vivencia de suciedad e impotencia) al tener que limpiarse de una sustancia que desconoce o tolerar que sea el familiar quien se ocupe de esa higiene, por razones de su seguridad para evitar rastros. La niña o la adolescente, después de haberlo escuchado resoplar en su oído o de haberlo mirado jadeante y sudoroso sobre ella queda anonadada psíquicamente y lesionada. Esta suele ser la descripción de las víctimas.

Hasta ese momento la niña o la púber no había imaginado que un hombre equivalía a ese ser humano que “le hacía doler”. Pero esa práctica, que como se afirma es habitual, queda al margen de lo que podría constituir violencia física. Aunque se la considera grave. Cuando estas víctimas no son idiotas ni débiles mentales la ley no autoriza el aborto solicitado a partir de un engendramiento de esta índole, en cuyo origen no se supone violencia física por tratarse de procedimientos llevados a cabo en el resguardo del hogar familiar. Esta conclusión parecería desprenderse del texto que analizo.

Descuento que Mariana Carbajal ha reproducido con exactitud el segmento del diálogo en el cual Su Señoría le pregunta “¿Sabe la cantidad de chicas de 12 o 13 años, incluso de 9, que son abusadas por sus padres y quedan embarazadas? Veo un montón en mi juzgado”. Entonces, atendiendo al tono del comentario y a su contenido podríamos responder: “Pero fíjese qué barbaridad... Las cosas que les pasan a las chicas... Habría que educarlas mejor”.

La indignación constituye uno de los motores más eficaces de los cambios sociales. Corresponde cultivarla cuando, asistidas por el ejercicio de los derechos humanos, comprobamos que, desde posiciones impensadas, se viola la dignidad de las víctimas encarnadas en las vidas de niños, niñas y adolescentes. Violación impuesta mediante el discurso que brota en los territorios del poder diseñados para protegerlos.

El escarnio de la ética se transparentó en algunos de los discursos que la historia de la violación de una adolescente dejó al descubierto. Amparándose en la discusión acerca del aborto se lateralizó la figura del victimario, se escamoteó la índole de sentencias que le correspondería y quedaron a la vista quienes naturalizan lo habitual de violaciones intrafamiliares y los embarazos resultantes.

La fragmentación de la conciencia mediante los discursos que intentan ser explicativos es una característica de la época que bloquea la posibilidad de establecer normas constructivas relativas a los derechos morales de las víctimas y a la formación ético/política de quienes tienen la responsabilidad jurídica de representar la voz de las víctimas cuando éstas son niñas y adolescentes. Esa articulación fundamenta el principio de solidaridad que impregna la filosofía de los derechos humanos y que constituye base y marco de su ejercicio.

Hablamos de derechos de las niñas y adolescentes arrasados siempre y cuando no se trate de “abuso intrafamiliar”, expresión engañosa y morigeradora de la definición del delito que cometen los familiares. Porque entonces esa violación –al amparo del ámbito familiar y bajo el techo del hogar– puede constituir una práctica que, aunque grave y produzca embarazo, no suscita horror ni decisión de desactivarla. Mientras, la víctima –siempre que no sea internada en algún instituto por “riesgo moral”– queda en espera de la próxima violación. Así sucede en los grupos humanos considerados “pudientes” y también en los que habitan las clases medias y populares.

Como si los familiares incestuosos pudiesen anticipar que su delito cuenta con la canchera enunciación de quien enumera a las víctimas como “un montón” donde alternan todas las edades. Esta identidad colectiva es una invención original que, al incluir a las víctimas en el amasijo del montón, las excluye de sus derechos personales que reconocen a cada víctima con su propia filiación, con el apellido y/o la consanguinidad del violador que la palabra de la niña denuncia.

¿De este modo –agraviante y banal– serán pensadas las niñas víctimas de violación? No, tan solo por algunas personas. Pero sepamos que existen.

martes, 7 de diciembre de 2010

La decisión de Carmen

Por Luciana Peker.
Publicado en Página 12. "Suplemento LAS12".
Viernes, 03 de Diciembre de 2010

La jueza Carmen Argibay adelantó a Las/12 que en el 2011 la Corte Suprema de Justicia de la Nación podría dictar una sentencia que termine con los debates en tribunales sobre los abortos no punibles. Y le pide al Congreso que se ocupe de la despenalización del aborto. Además, reivindica la decisión de Néstor Kirchner de mejorar la Justicia, aunque sigue reclamándole al Gobierno mayor presupuesto para que la Oficina de la Mujer, que ella dirige, trabaje más. Además tiene un sueño para concretar durante su mandato: terminar con la Justicia patriarcal.

Sus piernas subían las escalinatas de Derecho desnudas o cubiertas por medias. No era su decisión, sino su obligación. Las mujeres no podían usar pantalones cuando ella estudiaba Derecho. No se imaginaban los que le cercenaban su derecho a caminar como quisiera que, aunque tuviera portación de polleras, ella iba a convertirse en la primera jueza designada en democracia para integrar el máximo tribunal argentino. Carmen Argibay tiene, ahora, 71 años, una madre a punto de cumplir 101, sobrinos/as de todas las edades y un futuro que no deja de mirar a un horizonte que siempre se le ocurre más lejano. O, mejor dicho, donde ella puede llegar más lejos. Allí donde se creía que no podía llegar. Sus ojos verdes que hoy iluminan el Palacio de Tribunales –donde las estatuas siguen mostrando a las mujeres con los ojos vendados– quieren ver más. “Voy a hacer un crucero a la Antártida”, dice, ambiciosa, pícara, vital y movediza. “No sé si vamos a poder bajar, pero al menos verla”, cuenta. Y se ilusiona.

Nunca se ilusionó (ni cuando era una estudiante, ni cuando estuvo presa del otro lado del mostrador de la Justicia) con integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Pero ahora que llegó al máximo tribunal no tiene ganas de dejar pasar la oportunidad y tiene una ilusión: terminar con la Justicia patriarcal.

Por eso, dirige la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Y además de capacitar a integrantes del Poder Judicial, sensibilizar sobre el maltrato a mujeres violadas, explotadas sexualmente o maltratadas, también adelanta que, por primera vez, la Corte puede llegar a dictaminar –el año que viene– un fallo que, al menos, siente jurisprudencia en los casos de los abortos contemplados por el Código Penal.

¿Cómo siente el trabajo en la Corte Suprema de Justicia?
–Y... a veces a una le cuesta porque está muy cansada. Pero me siento muy contenta. La Justicia está cambiando y va a cambiar más.

¿Cuántos años tiene?
–Tengo 71 años.

¿Cómo es llevar adelante tantos años de trabajo?
–Estoy bien, por suerte el médico (Daniel Agranati) me ha dado un okey con las revisiones que me tengo que hacer periódicamente después del infarto de hace dos años. En el último estudio me encontró muy bien y estaba muy contento. Es verdad que le hago caso. Siempre le digo que es el único hombre que me puede dar órdenes.

No parece agobiada por la Corte, sino rejuvenecida.
–No estoy agobiada, hago lo que me gusta, descanso cuando tengo que descansar porque le hago caso al médico, tengo gente que me ayuda mucho a mi alrededor, me llevo bien con mis colegas lo que es agradable porque si no una está peleada con todo el mundo y el ambiente de trabajo se pone muy feo, trato de no estresarme, pero menos por cosas tontas.

FLORES SI, CRUCIFIJOS NO

Sus manos hablan mientras ella muestra la diversidad de sus colores. Sus dedos se pasean cuidados por dos anillos plateados. Su mano está dispuesta a dejarse ganar la pulseada por una pulsera violeta que le da varias vueltas, su cuello está enmarcado en un collar coral que aviva más la claridad de sus ojos, generalmente tapados por los anteojos, pero que resaltan mirándola de cerca. Los colores la visten. Sin presunción. La sencillez de su remera negra saca el protocolo de la silla alta de su despacho y de las fotos y cuadros con honores que ella combina con búhos, flores y una pollera animal print que la muestra como es: sencillamente aguerrida.

Los sentidos no se detienen sólo en sus sentencias. Tiene jazmines en agua en su escritorio que cambian la sensación de su oficina céntrica, muchas flores a su lado y un hornito aromático que ella también riega para que el aroma no se espante por las fojas y fojas de expedientes mientras la vela que dispara ese pequeño respiro no ahoga su llama. Ni ella mueve su sonrisa. Se ríe aún en las preguntas que no le gustan, pero que nunca la muestran jaqueada.

Ella no es una jueza tradicional (soltera, atea, pro despenalización del aborto), ni lo es su despacho. La fotógrafa le pide que pose al lado de las flores (los lirios) y ella acepta. No necesita preguntas para presumir por sus pequeñas revoluciones –a las que sus compañeros llamaban “las locuras de Carmen”–. Ella, aunque apurada, se presta. Y sonríe: “Vieron que tengo flores y no crucifijos, esa es otra de mis luchas”, enfatiza en alusión a su decisión de pedir que se quiten los crucifijos católicos de las salas de audiencia de todos los tribunales.

Nunca tuvo miedo de decir lo que pensaba. Antes de asumir, en el verano del 2005, mientras veraneaba en Miramar, causó el primer revuelo mediático cuando se declaró a favor de la despenalización del aborto. “Yo dije siempre mi posición. Me generó bastantes conflictos, pero vuelvo a reiterarla”, se planta. Su postura –sobre un tema que el 30 de noviembre tuvo su primera audiencia pública en la Cámara de Diputados y que está en la agenda de la Comisión de Legislación Penal para el debate durante el 2011– sigue clara. “Mi posición ya es conocida –reafirma–. El aborto existe y perjudica más a las mujeres más pobres. Hay varios proyectos en el Congreso y este es el momento propicio para dar este debate.”

Hablando en criollo, había un proyecto sobre matrimonio igualitario en el Congreso y otros amparos en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. ¿Si el Congreso se hizo cargo de aprobar el matrimonio igualitario, no sería justo que la Corte Suprema tome el guante en otro tema candente como la despenalización del aborto?
–Es que no es una cuestión de tomar el guante. Cuando se aprobó el matrimonio igualitario ya no tenía sentido tratar esos casos planteados en la Corte. Y por otra parte es al Congreso al que le corresponde cambiar la ley. Hay que tratar de evitar la muerte de jóvenes que por no haber tenido educación sexual enfrentan un problema que no pueden solucionar de otra manera. Y este es un momento propicio para la apertura del debate por la despenalización del aborto en el Congreso.

En la Corte Suprema hay dos planteos por casos de abortos no punibles, uno de La Pampa (en donde se pide que se declare inconstitucional el veto a la ley provincial 2394 sobre atención de abortos no punibles) y otro por el caso de la adolescente A.G. que se realizó un aborto, después de ser violada por su padrastro, en Chubut. ¿Puede haber sentencias en estos casos?
–Sólo sé que llegó el caso de Chubut y ahí es posible que se pronuncie la Corte. El aborto no punible está legislado hace más de noventa años.

¿Es posible que se siente jurisprudencia en el 2011 que sirva como antecedente para no seguir judicializando cada pedido de aborto legal como el de esta adolescente que decía que se iba a suicidar si no la autorizaban a interrumpir su embarazo?
–Yo creo que sí.

¿La Corte no va a mirar para otro lado en este tema?
–La Corte nunca mira para otro lado, sino que trabaja con los expedientes que llegan.

¿Se puede confiar en un dictamen que termine con las discusiones en torno del aborto no punible en el 2011?
–Me parece que sí.

¿Y sobre la despenalización del aborto en todos los casos?
–Ese es otro tema. No el de la causa que llegó a la Corte.

¿Qué pasa si quieren recusarla porque su posición sobre el aborto ya es conocida?
–Que me recusen. Pero sólo puede recusarme una parte interesada. Y en este caso, el expediente llega a la Corte por pedido de la defensa del niño por nacer. Pero el aborto ya se realizó, así que no hay ninguna parte interesada que pueda recusarme.

En el movimiento de mujeres le cuestionan la sentencia por Romina Tejerina, ya que esperaban que usted colabore con su libertad...
–Ufff, eso siempre me lo preguntan. Una cosa es defender a las mujeres y otra que siempre las mujeres hagan todo bien. Además, cuando llegó el caso no era como la prensa lo contaba. La Justicia hizo todo lo posible por reducirle la pena, si no era cadena perpetua, no era como los medios decían. La verdad es que los jueces hicieron todo lo posible por ayudarla.

¿Está de acuerdo con reimplantar en el Código Penal la figura de infanticidio que fue sacada y eso derivó en que a Romina Tejerina le correspondiera una condena que la tiene todavía presa?
–Sí, estoy de acuerdo con que exista la figura del infanticidio.

Si se logra cambiar la ley, como proponen distintas diputadas, ¿la nueva norma podría beneficiar a Tejerina?
–Sí. Todavía se está tiempo de que le toque a Romina porque le correspondería la pena más benigna.

LA LUCHA CONTRA LA JUSTICIA PATRIARCAL

“La Justicia patriarcal tiene que terminar”, enfatiza Argibay que es clara con sus palabras. Ella no ahorra críticas a los fallos machistas; montó una obra donde se mostró cómo el personal judicial maltrata a adolescentes abusadas, mujeres explotadas sexualmente o esposas maltratadas en el Congreso Nacional de Jueces, puso en marcha un nuevo protocolo de atención de abusos sexuales, denunció el techo de cristal para las profesionales en el ámbito judicial, creó la Oficina de la Mujer, capacitó sobre derechos de género al Poder Judicial y –de yapa– tiene el desafío de crear una nueva morgue en la zona de Comodoro Py.

¿La llegada de Elena Highton de Nolasco y usted a la Corte Suprema de Justicia de la Nación dio un giro en el tratamiento judicial hacía las mujeres?
–Sí. El hecho de llegar a la Corte te da lugar a hacer cosas. Elena Highton de Nolasco puso en marcha la Oficina de Violencia Doméstica y yo la Oficina de la Mujer. Con esto y el Protocolo de Atención a las Víctimas de Abuso Sexual que creamos cuando Eva Giberti vino a mi despacho preocupada por el trato a las víctimas y decidimos poner en marcha –en sólo cuatro meses y mientras el grupo de trabajo se reunía hasta los sábados en un café de la esquina del Hospital Alvarez– demostramos que cuando se quiere, se puede.

Pero tuvieron una controversia con el Gobierno por el reclamo de mayor presupuesto...
–Sí. Necesitamos más presupuesto. Por ejemplo, en la Oficina de la Mujer hay sólo siete personas y todos/as voluntarios. La Ley de Prevención y Erradicación de la Violencia hacia las Mujeres exige que haya presupuesto para las oficinas de las mujeres de todos los poderes del Estado. Por eso pedimos que no se recorte el presupuesto de la Corte ni el de la Oficina de la Mujer, en donde no puedo tener la gente que necesitaría para sensibilizar al Poder Judicial. Se hace lo que se puede, pero sólo hay dos personas para capacitaciones.

¿Qué siente a partir de la muerte de Néstor Kirchner?
–El fue el impulsor de la renovación de la Corte y eso hay que reconocérselo. El me designó como jueza de la Corte y le estoy agradecida. Pero la tarea de los jueces –y más de las mujeres– es ser ingratas. Decir muchas gracias y después hacer lo que hay que hacer.

¿Cuál es su mayor logro en la Corte?
–Yo creo que el mayor logro en la Corte es haber venido con una idea de lo que podía ayudar a transformar la Corte y que esa transformación se esté dando. No he logrado todo lo que quiero todavía porque los logros se calculan al final. Y creo que falta un tiempo. Pero todos estamos haciendo una buena tarea como equipo.

No son una Corte Suprema homogénea. ¿Cómo es la convivencia?
–Tenemos nuestras disidencias porque si todos tuviéramos siempre la misma opinión seríamos uno solo. Pero está bueno porque las disidencias a veces te afirman y otras veces te ayudan a cambiar. La rigidez no sirve. Una puede tener principios muy arraigados –que está bien– pero no hay que querer transformar en principios lo que en realidad son prejuicios. Nos matamos discutiendo en algunas cosas, pero no hay problema. Creo que esta Corte está logrando revertir la imagen que había de la Corte. Y eso es lo mejor.

¿Limpiar el Riachuelo y una Justicia menos patriarcal son dos de sus objetivos?
–Sí, son dos proyectos. Estamos haciendo todo lo que podemos. También somos seres humanos y necesitamos recargar las pilas.

¿Con qué recarga las pilas?
–Con los rompecabezas y la música que me encanta.

En su despacho hay cds de música clásica y en su casa un piano...
–Sí, porque mi mamá (Ana Rosa Carlé) tocaba el piano. Ya no. Tiene 100 años y vive conmigo. Y hay que cuidarla. Su familia es longeva: su padre se murió de 90 años y una de sus hermanas vivió hasta los 97 años. Y ella ahora está clínicamente muy bien. Faltan cinco meses para que cumpla 101.

No tiene hijos, pero sí muchos sobrinos...
–Sí, tengo hasta una sobrina bisnieta que es un encanto la mocosa. Tengo varios de mis sobrinos con los que me llevo muy bien y estamos mucho juntos. Es una de las formas de ponerse al día con las cosas de la juventud. Porque si una se aísla después se convierte en una vieja cascarrabias. Eso no quiere decir que vaya a los festivales de rock. Pero puedo entender muchas cosas porque tengo relación con mis sobrinos. La familia ayuda mucho. A veces una familia muy larga tiene muchos problemas también. Pero nadie dijo que la vida fuera fácil.

¿Disfruta de las vacaciones?
–Sí. Me llevo rompecabezas y una pila de libros a las vacaciones. Me voy a hacer un crucero, me voy a la Antártida, a refrescarme, a ese lugar tan especial.

Siempre hay un horizonte de llegar más lejos...
–Sí. Una aprende hasta el día que se muerte. Así que todavía tengo mucho que aprender. Espero.

Y se ríe largo. Como su viaje.

Ahora jueza, antes presa.

Argibay confiesa que no le gusta el calor. Hasta que sufrió la gota gorda en un crucero, que realizó el año pasado, por Brasil. Pero Buenos Aires agobia y ella –sin aire acondicionado– mantiene su ventana –de aire, luz y tibieza– abierta. Tal vez es el encierro que dejó su huella. Ella fue presa política en 1976 –cuando tenía 36 años– en la cárcel de Devoto. “Nunca supe de qué me acusaban ni por qué era una persona peligrosa para la dictadura militar”, expresa. Pero revaloriza la solidaridad entre las presas, de las que le quedaron dos grandes amigas y se está por juntar con otra mujer, que era más chica que ella y le escribió para contarle de la importancia de su tranquilidad y liderazgo durante los meses de prisión. “Me sorprendió porque ella formaba parte de un grupo de chicas más jóvenes y revoltosas que nosotras”, confiesa.

¿Es la única jueza que alguna vez estuvo detrás de rejas?
–Creo que sí. La primera vez que me ofrecieron ser jueza penal pensé que no podía hacer eso porque sabía lo que era estar tras las rejas, pero después reflexioné que me iba a dar más cuenta que nadie cuándo mandar a prisión o no. Con el tiempo, en el Tribunal de La Haya, me tocó escuchar testimonios desgarradores sobre la violencia en la ex Yugoslavia. También cuando empecé a defender los derechos de las mujeres, mis compañeros hablaban de “las locuras de Carmen”. Pero ahora las locuras de Carmen ya no son más locuras. Son una nueva Justicia.