El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

jueves, 31 de mayo de 2018

MALAS COSTUMBRES


* Por Eva Giberti

**Alcanza con subir a un subterráneo para comprobar la realidad de la situación: los varones se sientan despatarrados, con las piernas abiertas ocupando su asiento y el que está a su lado.

Puede observarse el fenómeno si el asiento vecino está desocupado, y si por el contrario está ocupado por una mujer, el modelo es el mismo: ellos se abren de piernas y empujan a la mujer que se sienta a su lado. Si es otro varón, entre ellos se entenderán, ambos despatarrándose mutuamente.

El fenómeno se llama “manspreading”, según la nomenclatura que los ingleses(norteamericanos) encontraron para describirlo.

Se trata de ocupar el espacio y exhibir una abertura fálica que se extienda de Este a Oeste sin la menor consideración por la persona que se sienta a su lado. Algunos varones consultados explican. “No lo hago a propósito. Es un gesto que me sale espontáneamente, no pretendo molestar...” Otros dicen: “Es que los varones precisamos más espacios para no apretar lo que cuelga...” Argumento que los investigadores han defenestrado al mostrar  con dibujos la anatomía masculina, que tal explicación no corresponde a la localización del pene cuando los varones se sientan: cuando así sucede, “el pene no cuelga entre las piernas, sino que está en el bajo vientre, en el pubis y sale hacia adelante, no hacia abajo”. Lo cual responde a una razón biológica, facilita la posición de la hembra para procrear. Estos párrafos, tomados de Rafael de la Rosa (biólogo), los aporto al margen de la interpretación política de esa postura masculina, que excede la raigambre biológica. Cualquiera sea el modelo o el estilo, el varón intenta ocupar espacios de acuerdo con las que considera sus necesidades transformadas en derechos. Tanto es así que podemos creer en su descargo: “Me sale espontáneamente, no pretendo molestar”. Efectivamente, la cultura patriarcal en la cual los varones militan desde niños les enseña justamente que pueden “hacer lo que quieran” con sus cuerpos, porque es su derecho, para eso son varones, o sea portadores de órgano masculino que los dota de poder, vigor y fuerza en relación con la inferioridad femenina. La exhibición fálica de las piernas abiertas, para que todas contemplemos la oculta y sugerida anatomía que los diferencia de las mujeres, impone una violación visual. Es el efecto de lo que ellos consideran un derecho: despatarrarse cuando se sientan. 

Otra mala costumbre.

Asistíamos a una reunión donde muchas personas estaban preocupadas por las diferentes cotizaciones del dólar. Entre los asistente había gente experta en el tema y una de ellas era una joven gerenta de una institución bancaria. Durante el diálogo tomó la palabra hablando con la solvencia que le aportaba su posición: “Los procesos de endeudamiento y el vencimiento de las Lebacs...” No pudo continuar porque un señor canoso la interrumpió: “Permítame corregirla...” y comenzó a esgrimir sus razonamientos que poco y nada tenían que ver con lo que la joven experta había comenzado a decir. Cuando finalizó, la joven intentó retomar incluyendo algunos puntos que este señor había expresado: “Las líneas de financiamiento comprometen el juego...” Nueva interrupción, esta vez por un joven que criticaba las líneas de financiamiento y así continuó la reunión hasta que por fin, después de varias interrupciones y merced a la persistencia y decisión de esta joven experta, logró  expresar su punto de vista.

Yo era silenciosa espectadora de aquel singular intercambio que socarronamente podría llamar diálogo y que ilustraba brillantemente otra mala costumbre de los varones: interrumpir el discurso o la palabra de las mujeres, ya sea para “corregir”, para dar “consejos” pero siempre para  arrancarle el derecho a la palabra de las mujeres.

Interrumpir a la mujer que habla es algo que sucede sistemáticamente en la universidad, en las reuniones de consorcio, en las sobremesas familiares, en donde queramos encontrarlo.
¿Por qué? Porque ya desde el Paraíso Eva no habla. Desde el mito bíblico a Eva le está prohibida la palabra. Es Adán quien responde a Yave para acusar a Eva: “La mujer que me diste por compañera me tentó y me dio la fruta...”(sin comentarios).

El hecho es que tradicionalmente la mujer no es escuchada y los varones actuales (algunos) siguen fielmente esa tradición interrumpiendo a las mujeres cada vez que toman la palabra ya sea en un tema intrascendente o en un tema trascendente, cualquiera sea el motivo, la cuestión es interrumpirla, preferentemente para corregirla o peor aún para darle un consejo.

La joven experta, mucho más preparada técnicamente y con notable experiencia que cualquiera de sus interruptores, no alcanzó a llevar adelante su defensa, que hubiese sido, por ejemplo, en lugar de admitir la interrupción, bloquear al primero para decirle: “Estoy hablando yo y voy a terminar de exponer mi pensamiento”. Frente a esa respuesta es probable que el sujeto insistiese “Pero permítame, yo quería corregirle...” Y ella podría responderle: “Señor, Usted no puede corregirme porque me interrumpió y no escuchó hasta el final lo que tengo para decir. O sea, manténgase callado hasta que yo termine de hablar”.

¿Saben por qué las mujeres no avanzamos con este índole de respuestas que serían las lógicas y razonables? Porque nos enseñaron a ser simpáticas y a no chocar con los varones, dándoles siempre el lugar para escuchar su palabra.
Entonces, atención las mujeres con esta mala costumbre de los varones. Solo aprenderán a corregirse si nosotras pasamos por encima de la educación patriarcal que recibimos.

* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Publicado en Página /12 el día 31 de mayo de 2018



lunes, 9 de abril de 2018

ULTRAMODERNIDAD


* Por Eva GIberti 

**Tal vez llame la atención la notoria sucesión de denuncias referidas a abusos sexuales y acosos laborales que parecerían haberse despertado  sorpresivamente, cuando en realidad acaecieron hace diez o más años.

Como si se hubiesen dado cita las protagonistas de dichas denuncias y de repente y al mismo tiempo recordaran algo sumergido en el olvido. Sin embargo, muchas de ellas fueron explícitas: no hubo olvido alguno, solamente no pudieron hablar del hecho cuando fueron víctimas. Las condiciones no estaban dadas, el temor a ser estigmatizadas por haber sido víctimas, la vergüenza por lo mismo, la cercanía familiar del abusador, la dependencia del acosador, todas circunstancias capaces de silenciar la palabra culpabilizadora.

El tiempo transcurrido entre el hecho y la declaración actual, preferentemente por los medios de comunicación, abrió una suma de sospechas por parte de quienes no quieren escuchar los datos que dejan al descubierto la proporción de acosos laborales y abusos sexuales que sobrellevan mujeres, adolescentes y niñas. Desconfían y más aún afirman que se trata de inventos destinados a perjudicar a varones conocidos o famosos, pero nunca  afirmaciones verdaderas, como si la antigua memoria que se ha despertado, por ser antigua careciese de verosimilitud.

De este modo aparecieron las palabras de niñas abusadas sexualmente que estuvieron escondidas veinte años y de jóvenes mujeres que hoy en día cuentan cuál fue el precio que algún varón puso para mantenerle su contrato de trabajo.
Lo interesante de este fenómeno social fue la veloz aparición de otras mujeres que inmediatamente se asociaron a las que primero habían hablado y sumaron su narrativa reproduciendo el propio padecimiento como víctima de acoso o de abuso sexual. ¿Solidaridad femenina? ¿O quizás lo que se denomina sororidad como una forma de entendimiento y defensa entre mujeres, uno de los principios del feminismo? Podría tratarse de ambas, pero ¿por qué ahora estas mujeres salen a contar –también en otros países– e innumerables otras se suman alzando su voz al unísono?

Porque la solidaridad y la sororidad siempre existieron. Tal vez, las tesis de los actuales filósofos acerca del cambio de escenario en el cual no movemos los seres humanos no sea ajeno a estas irrupciones de las mujeres que en distintos territorios están mostrando su potencial activo. “Se trata –dicen– de la producción de la existencia humana en nuevos contextos históricos”. Se trata de nuevas prácticas sociales, nuevas prácticas estéticas, nuevas prácticas de sí mismo en relación con el otro, con el extraño. No es un asunto de subjetividades aisladas sino de articulación: del socius en estado mutante.

El socius en estado mutante es la mujer que repentinamente decide hablar porque para ella ha cambiado el escenario, vive en un nuevo contexto histórico en el que ya no se habla solo de hombres y mujeres, también de personas trans, en el que la violencia familiar ha sido visibilizada y es delito, en el que la tecnología forma parte sustantiva del mundo, las máquinas informáticas regulan las actividades, los dispositivos digitales aportan los conocimientos por adelantado, es decir, un mundo de seres humanos que han comenzado a llamarse sujetos de la ultramodernidad. Que vigilan y son vigilados, son protagonistas y observadores, artistas y espectadores al mismo tiempo (Groys, 2008). Así como las mujeres que describo.
Estos escenarios no son específicos para las mujeres, pero podemos ensayar el posicionamiento de este fenómeno de la memoria retrospectiva que es hablada por las mujeres en una intersección de este escenario actual con la modernidad de la cual provenimos y que vamos dejando atrás.

Las mujeres, hijas del patriarcado, criadas por familias machistas, cualquiera fuese su clase social, son las que paulatinamente han ido reconociendo las voces de otras mujeres llamadas a desordenar el orden que el jefe de familia instauraba. Son las que leyeron los artículos incendiarios que se infiltraban en los periódico y revistas “para mujeres” donde históricamente se privilegiaban las recetas de cocina y se enseñaba a corte y confección, las que se desabrocharon los corpiños para no usarlos más, las que se enfrentaron al padre para vestirse según su propio deseo, las que empezaron a reunirse con otras mujeres para hablar de la opresión que padecían por ser mujeres; todo ello facilitado porque encontraban eco en un mundo que les permitía comunicarse entre ellas y con el mundo. Porque salían de sus casas mediante los aparatos digitales y las pantallas que reproducían a otras mujeres y las espejaban a ellas mismas autónomas o independientes.
Se movían en un escenario diferente donde el que fuera orden instaurado se mostraba peligroso y opresor y en el que ellas debían mantenerse en silencio. Allí fue donde generaron las palabras en voz alta, ajenas a las melodiosas voces que siendo niñitas habían aprendido a pronunciar “para no molestar” a los mayores y para no parecer contestataria ante los mandatos del varón. Así aprendieron que gritar no equivale a estar loca, tampoco a ser “maleducada” sino a la necesidad de sobrepasar la ronca y áspera voz del macho que desde ella ocupa todos los lugares de la civilización.

Una nueva vida para quienes quieran traer a la superficie aquellos hechos que las torturaron durante años, auspiciando territorios para la memoria  En la ultramodernidad se construyen escenarios donde las mujeres, que son protagonistas de un nuevo poder, se amontonan para sostener la palabra de la mujer que denuncia y demanda justicia.

* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias 
** Publicado el 5 de Abril del 2018 en el diario Página/12

martes, 13 de marzo de 2018

ES LA LUCHA, ESTÚPIDO

Por Eva Giberti*

**La frase, como bien sabemos, la he resucitado de las alternativas estadounidenses en sus luchas políticas cuando Bill Clinton se oponía a Bush. Y se escribía: “Es la economía, estúpido”. La inteligencia popular terminó utilizándola internacionalmente para subrayar distintos aspectos que se descuentan son los fundamentales y que cuesta reconocer.
En este momento es válido para quienes, caballerosos, se nos acercaron el 8M para regalarnos una flor y en el colmo de la cortesía ensayaron un chocolate.

“¡Pero Eva!, no se puede rechazar la buena onda de los que por lo menos tratan de ser educados...” Pamplinas. Son formas del patriarcado mostrando  una postura complaciente hacia nosotras, tratándonos como niñas o señoritas subordinadas a las que hay que agasajar, como contrafigura de los feminicidas, mostrándose galantes, y posicionándonos al mismo tiempo como superiores y negando la igualdad de derechos en el Día Internacional de la Mujer. Justamente en ese día la flor y el galanteo es una provocación, cuando salimos a luchar contra las mañas y artimañas de las diferencias homicidas y los abusos de poder.

¿De qué cortesía y festejos nos hablan cuando salimos a gritar y a levantar las banderas del Ni Una Menos? ¿No se dan cuenta de que no han entendido nada? ¿Que persiste en ellos la imagen que le inculcaron desde niños acerca de lo que significa ser mujer y que repiten los prejuicios acerca de ellas, seres debiluchos, inferiores, desamparados de quienes es posible burlarse, apropiarse, explotar y golpear?

Los regalitos prendieron en las campañas publicitarias, a las que no se les puede pedir sensatez porque su proyecto es económico y vendedor. Pero al compañero de oficina  que transporta la flor es sencillo responderle: “Es la lucha, estúpido” y explicarle por qué ese día ella estuvo “de paro”.

El “paro” sensacional fue el que promovió Aristófanes en su literatura, en su obra Lisistrata, cuya protagonista y sus seguidoras, hartas de que sus maridos y amantes marchasen de guerra en guerra, en aquellos tiempos heroicos de la Grecia Clásica, decidieron suspender con ellos las relaciones sexuales. Fue un esfuerzo pacífico a favor de la paz en el que las mujeres se niegan a dejarse conquistar por los varones para retomar su vida sexual. Por fin se logra la paz. A nosotras nos faltan muchas décadas para conquistarla; mientras continuaremos en prácticas como el 8M, intentando que entiendan que estamos en lucha, con escasas preocupaciones por las rosas en los floreros.

¿Qué no se entiende? ¿Por qué es preciso luchar? Hace décadas nos están viendo y escuchando. Lo que se advierte hace dos o tres años es una aceleración de los movimientos de mujeres que coincide con los ataques que recibimos y los desdenes de los que tenemos que defendernos.

Si los llamamos estúpidos, nos remontamos al latín stupidus, estar aturdido, no haber entendido nada y en una de sus versiones (stupeo) stupidus homo: hombre estúpido. También necio, insensato, inculto y estéril. Cuando se habla de stupidus timore se refiere a inmóvil de miedo. O sea tenemos para elegir en versiones latinas de estúpido que ahora pluralizamos.
Alguna señora cae en la trampa y en mi facebook se agradece la atención. En latin no encuentro el femenino de stupidus, pero debe existir.

Aparecerse con una flor en el Día de la Lucha Compacta e Internacional como si fuera un cumpleaños, cuando los carteles enarbolan los nombres de las víctimas de feminicidios, de minusvalías en sueldos laborales, de abusadores sexuales en libertad no es un descuido ni el producto de un aturdimiento. En todo caso están aturdidos por el rumor de sus propios pensamientos patriarcales que constituyen el horizonte de sus prácticas  cotidianas. No son simplemente necios, incultos, padecen la malévola indiferencia del “a mí qué me importa interesarme por este asunto, yo cumplo con las mujeres y las dejo satisfechas con un regalito”. La misma creencia y la misma política que los lleva a creer que nos satisfacen con   coitos incompletos y debilitados. Suponen que ésa es la felicidad y la plenitud máxima para nosotras porque así se lo hicieron creer sus mayores y así lo digirieron.


Pero es la lucha, estúpidos, y no la atención floral, lo que nos incita a no ceder y estar presentes para gozar en plenitud de derechos.


* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias 
**Publicado en Página/12 el día 10 de marzo de 2018