El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

jueves, 5 de febrero de 2015

Parejas y violencias

Por Eva Giberti

Las consultas por diferencias entre los miembros de las parejas tenían, hace años, coincidencias notables. O bien querían separarse y antes de hacerlo se prestaban a una terapia de pareja; o bien temían separarse y se trataba de encontrar un camino juntos para salvar diferencias muy sensibles entre sus miembros. Con mayores y menores matices éstos eran los comunes denominadores que se encontraban. Hace algunos años apareció un fenómeno particular. Durante la consulta cualquiera de ellos introduce una expresión absolutamente nueva: ella puede acusarlo a él por ejercer “violencia de género” o bien él puede enfurecerse desde el comienzo del diálogo porque es acusado por “violencia de género”. “¡Yo jamás le he puesto un dedo encima, jamás la he empujado ni he sido violento!”
La respuesta llega muy rápido: “Sí, pero me escondés el dinero que ganás, nunca sé cuánto estás cobrando, cuánta plata recibís por mes y siempre me decís que gasto demasiado y que no te alcanza y yo no te creo...”

La intervención masculina no tarda en surgir: “Pero qué tiene que ver con la violencia... La violencia es de ella porque me hace la vida imposible con sus reclamos...”
Y ella no tarda en retrucar: “Porque me quitás mis posibilidades de tener cosas que preciso comprar, porque estoy estudiando y necesito libros...”
El diálogo puede continuar interminablemente si no se disciernen los equívocos entre los antagonistas.

En primer lugar, el fenómeno cultural es notable: el modo en que se popularizó una expresión –“violencia de género”–, a punto de haberse impuesto como una expresión nacional ajena a su significado real, advierte acerca del éxito de determinadas expresiones que impregnan la escucha y se instalan con fuerza semántica. En segundo lugar, el género se reparte entre hombres, mujeres y personas trans, de manera que hay violencias entre hombres, entre mujeres, entre personas trans y violencias alternadas entre unos y otras.
El género es el plano abarcativo que se malinterpreta para no reconocer que estamos hablando de violencia contra la mujer, que excede los golpes para cubrir el ámbito de la ley 26.485 que desborda los golpes para introducirse en la violencia obstétrica, económica, simbólica y otras formas de ataque a las mujeres.

Ya sabemos que el lenguaje es tramposo y patriarcal, de manera que existe una profunda resistencia para hablar de violencia contra las mujeres. El punto de inflexión se establece cuando los varones se enfurecen por ser acusados de ejercer violencia “si no golpeo, si no pego, luego no soy violento...”
Este malentendido aparece en las consultas con una frecuencia muy interesante desde la perspectiva de las intervenciones con parejas porque el desentendimiento se enfatiza a partir de la índole de acusaciones que se intercambian. La expresión “violencia de género” se transformó en un obstáculo epistemológico para enturbiar los desentendimientos entre dos personas que tienen motivos serios para diferenciarse y aun para atacarse, y la discusión se desplaza sobre la expresión “violencia de género”.

Es muy poco probable que un hombre se asuma como violento si se niega a compartir sus ingresos con su compañera. En décadas anteriores ella me hubiera dicho: “Es avaro, es amarrete, yo sé que gana bien y me limita aquello que debería darme...” Ahora introduce la versión que menciona la violencia de género e irrumpe con una acusación que paraliza al varón, quien se siente injustamente interpelado. Porque no conoce la ley.
Si han decidido separarse y eligieron utilizar el mismo abogado para ahorrarse trámites y porque hay acuerdos de base para un divorcio pacífico, es frecuente que la terapeuta, por pedido de las partes, hable con ese abogado. También allí se encuentra con el desconocimiento de lo que significa violencia de género en una pareja donde hay dos géneros en juego pero resulta complejo referirse a violencia hacia las mujeres.

La expresión “violencia de género”, una simplificación de las diversas formas de violencia que se ejerce contra las mujeres, irrumpe en las crisis matrimoniales como un argumento nuevo en cuanto a su aplicación doméstica y su sola mención en una entrevista para una terapia de pareja o en una consulta deriva en una encendida polémica propia del malentendido que continúa corriendo en los laberintos conyugales.

Es suficiente con que la mujer la mencione para que se produzca la cerrada oposición por parte del varón, que insiste en no ser un sujeto violento, asociando violencia con golpes o ataques físicos. En cambio, logra aceptarlo si la mujer intercala la expresión: “Me insulta permanentemente”, como un ejercicio aceptado por el varón con un argumento que deriva de una cotidianidad habitual: “Bueno, pero son las peleas en la pareja... Yo no hago más que decirle las cosas que normalmente se dicen cuando uno se enoja, o se enfurece... pero no me va a decir que eso es violencia de género, no me va a denunciar por dos o tres palabrotas que son cosas de todos los días... tampoco hay que exagerar, no es motivo para una separación”. Sí, pero es motivo para sostener la acusación de violencia contra la mujer.

El dato significativo que parecería interesante subrayar es la novedad semántica que lleva años inserta en el país, mediante la cual, en las entrevistas con parejas desavenidas, es preciso deslindar los matices y reconstruir las recíprocas acusaciones para entender por dónde atraviesa el corte –que puede ser coyuntural y superable– entre un hombre y una mujer que hablan distintos idiomas sin imaginárselo.

Ella, que elige mencionar la violencia de género cuando quiere decir violencia contra la mujer y de ese modo se descoloca incluyéndose en una generalidad que excede su intención; y el varón, que no ha logrado entender qué se entiende hoy por violencia y le parece que los insultos, por tomar un ejemplo, forman parte de la cotidianidad y de la convivencia sin admitir que es motivo para ser sancionado.

La técnica de entrevista con parejas –una tradición en las intervenciones psicológicas cualquiera sea la corriente teórica– registra en sus prácticas las modificaciones de las subjetividades de la población acordes con los giros idiomáticos y su aplicación en las variadas oportunidades de cada día.

En este modelo, es la aparición de la furia del varón cuando lo acusan de violencia de género sin ser golpeador, y la indignación de ella porque habiéndose ganado el espacio para el reconocimiento de las formas de violencia contra la mujer, “es como si no se dieran cuenta de que son violentos...” Es un aprendizaje largo y denso para el género masculino. También hay que preguntarse por qué las mujeres no llaman por su nombre a la violencia contra las mujeres y adhieren a la filiación “violencia de género” que es una nueva trampa de los patriarcados para silenciar a quien ocupa el lugar de la agredida.

*Publicado en el diario Página/12 el día 5 de febrero de 2015.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El abuso sexual y los niños

Por Eva Giberti

Es la tercera vez que publico en Página/12 estadísticas referidas al abuso sexual contra niños y niñas; el porcentaje mayor, estimativamente el 80 por ciento, intrafamiliar.
Abusan y violan los padres, los abuelos, los tíos, los hermanos mayores y los compañeros de la madre que a veces cumplen función paterna.

O sea, la información es pública. En este caso se trata de niños y niñas de la ciudad de Buenos Aires cuyos familiares han recurrido a las comisarías para denunciar el abuso. A veces una madre, una tía o una vecina. Llegan con la víctima de la mano, en oportunidades solamente piden la intervención policial.
La policía inmediatamente se comunica con el Equipo que se ocupa de Delitos contra la Integridad Sexual y depende del Programa las Víctimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, porque tiene un Orden del Día, desde el año 2006, y debe cumplirla; tiene obligación de convocarnos.
El Equipo se hace presente, dialoga con el niño o la niña, además de escuchar al adulto, y automáticamente se convierte en el testigo que habrá de reproducir su diálogo con el niño o la niña en calidad testimonial ante el juez porque es la primera persona técnica que toma contacto con la víctima. El juez atiende este testimonio que le resulta fundamental para la continuidad de la investigación.

Así sucede cuando se puede investigar, tal como recomienda la protección de niños y niñas descripta en los documentos internacionales. La protección es un hecho, no alcanza con las palabras y las quejas agrupadas, voluminosas y reiteradas.
Los números son explícitos. Este Equipo afirma que recibe cinco denuncias diarias por abuso sexual contra niños y niñas. Pero de ellas, tres adultos, después de denunciar, se niegan a instar la causa penal, es decir, a autorizar la investigación, el seguimiento del caso en el ámbito del derecho. O sea, la denuncia se cae, pierde eficacia, porque el abusador no será citado por la Justicia. Eso es exactamente lo que se espera: “cumplir con el deber” de denunciar. Pero que al abusador lo citen en Tribunales, que aparezca quizás un defensor de niños, que se pruebe el abuso y/o la violación y que el sujeto sea detenido... ¡Ah, no! Para tanto no.
Porque podría ser el padre del niño o de la niña, entonces la familia arriesga destruir la vincularidad, y como sabemos la familia debe estar protegida. ¿Y la protección de niños y niñas...? “Sí, bueno, pero no vamos a dejar al chico sin padre... Al fin y al cabo, los chicos se olvidan de esos episodios....” ¿Una niña se olvida que durante años su padre o su abuelo la manoseaban permanentemente y la obligaban a mantener el secreto para que la familia no se enterara? Lamento defraudarlos. Mi consultorio me ha colocado, y continúa sucediendo de ese modo, en contacto con adultas y adultos que a los cuarenta años o más me cuentan angustiados aquello que les sucedió durante su niñez y no pudieron mencionarlo, no hubo posibilidad de una revelación por temor, por vergüenza, y el desasosiego los acompañó durante toda su vida estropeándoles sus vínculos sexuales y sus experiencias vitales enhebradas permanentemente con ese recuerdo.

Los que “olvidaron”... cualquier día de cualquier año, debido a un estímulo inesperado, sienten que algo del pasado les devuelve las vivencias de aquella criatura y recuerdan entre nubosidades borroneadas pero presentes aquellas horas de asco y de terror.

También están aquellos y aquellas que se sobreadaptan a la situación y se mantienen apegados al abusador, entrenados en un sometimiento del que no pueden huir porque descuentan que no les van a creer. ¿Cómo dudar del abuelo que cuida al niñito mientras la mamá trabaja fuera de la casa?

No creerles a los niños y niñas es acumular goces en el océano de perversiones con las que el abusador se satisface.
Entonces, ¿qué hacer? Avanzar con la denuncia es una catástrofe familiar... Abusar de niños y niñas es una catástrofe para la familia y para quienes no pueden defenderse, porque el poder está en manos de los adultos. Los de la familia y aquellos jueces que contribuyen con su negación de los hechos.

Las estadísticas están, la policía, que al lado del Equipo que se ocupa de los Delitos contra la Integridad Sexual toma nota, también. Pendientes, por desidia moral o conveniencia económica, aquellos y aquellas que no avanzan en la denuncia y obligan a niños y a niñas a continuar conviviendo con el abusador.


Violencias ejercidas a Víctimas niñas, niños y adolescentes




Publicado en el diairo Página/12, el día 12 de noviembre del 2014.

miércoles, 1 de octubre de 2014

De la “charla” al sujeto político

Por Eva Giberti

Desde una cercanía ficticia, que puede solventarse desde un escenario o desde una mesa a la misma altura del público, hoy en día los y las conferencistas circulamos replicando la añeja tradición medieval de la cátedra. Es interesante tener en cuenta cuándo apareció la idea de dar una “charla” en lugar de solicitar una conferencia. Parecería que solicitar “una conferencia” constituyese una exigencia y, además, es obvio que debe proponer sus honorarios. No es obvio, pero sería conveniente que así se aprendiera.

La “charla” impresiona como de entrecasa, como si quien la dicta no aportase todos sus conocimientos sino “un poquito”, algo doméstico, como de sobremesa.
Se descuenta que sin honorarios. Imaginando que quien diserta no tuviera que prepararla; se diferencia del conferenciar porque se estima que éste reclama importantes conceptualizaciones.
Habermas y otros se ocuparon de estudiar la historia de los públicos porque era útil para revelar costumbres de las épocas. La experiencia personal enseña que cada vez que una se enfrenta con el público de un ámbito urbano, o de un cordón suburbano o comparte una agrupación tribal, si calcula que quienes asisten sólo pretenden escuchar, se equivoca; lo que estos públicos invitados esperan es que los acompañemos a pronunciar las palabras que coyunturalmente nos han cedido, como un hecho político.

Pero no todos los públicos saben que protagonizan un hecho político. Se lo reconoció de ese modo cuando desde los estertores del terrorismo de Estado pudo rehabilitarse la palabra y la gente, aún temerosa, comenzó a juntarse para contarse y contar lo sucedido. Y aunque la palabra “participación” se instaló en el horizonte, todavía estaba tibia y conversada por una minoría esclarecida.
Hoy en día también se asiste a estos encuentros para aprender acerca de algunos temas. Pero actualmente el público está formado por sujetos políticos con derechos, cuyas preguntas pretenden abrir un poco más el campo del conocimiento, además dar testimonio de su existencia.

Entonces se trata de pensar si a estos públicos se los invita para que escuchen una charla o una conferencia, aunque finalmente quien expone no diferencie el calibre entre una y otra. La charla parece democratizar entre quien expone y el público: como si dijera “somos iguales y vamos a charlar”. Lo cual es excelente. Entonces, ¿la conferencia? ¿Para la universidad? No, evidentemente no. Puede haber conferencias magistrales sin preguntas a posteriori o acompañada por preguntas finales, según el estilo de quien expone. Pero parecería que en la conferencia la categoría del conocimiento se modificase, refinándose.

Resulta interesante analizar a estos públicos que no necesariamente disciernen si asisten a una charla o a una conferencia. El problema lo tiene quien expone, que debe saber hasta dónde va a avanzar en cada circunstancia; si se referirá a una cuidadosa bibliografía o si en una charla repetirá alguna idea célebre de memoria.

Cada oyente lleva consigo no sólo el interés por la escucha, sino su historia personal, los datos de su entorno, su propia filosofía y actualmente la pretensión y convicción política de participar. Este último punto es nuevo, porque si bien en décadas anteriores se participaba, no necesariamente había conciencia de participación como instancia política. Se pedía la palabra, se hablaba, se le respondía o preguntaba al orador, pero la conceptualización de participación pública como icono del hacer política no resultaba evidente.

En la década del ’60, cuando planteábamos la educación de los hijos en Escuela para Padres, los asistentes concurrían en clima de lealtad agradecida por lo que se exponía: no se asumía que hablar de la educación de los hijos era hablar de política.

El público actual sabe que siempre está hablando de política. Lo sabe aunque no tenga conocimiento de ello. Es el saber que no precisa del conocimiento para ser saber. Es el papel activo de los sujetos sociales en la política y en la historia como lo pretendía Gramsci, cuando se juega la libertad del pensamiento y la palabra frente a las democracias liberales que implementaban sujetos a-políticos.
Las preguntas del público actual, a veces dubitativas por el temor de transmitir intimidades si se mencionan temas sexuales, se formulan sin embargo, necesitadas de la escucha. O bien puede ser la narración de una injusticia inadmisible o la denuncia de una arbitrariedad existente. Y no se asemeja a las asambleas barriales del año 2002.

El fenómeno, que aún no es la emancipación gramsciana, es político en el compartir con los otros invitados y no sólo con quien dicta conferencia o “charla”. Aun llamándola “charla”, el público le atribuye la autoridad de la cátedra, cuando en realidad son ellos los protagonistas de la participación política, inclusive cuando desatan la necesidad de “dar testimonio”.

Se escuchan y se agrupan reconociendo el liderazgo de quien expone sin subordinarse obligatoriamente hacia él o ella. Es preferible que quien expone se desmonte de la cátedra para comprometerse con la responsabilidad de estar acuñando, en conjunto, un fenómeno político propio de estos tiempos.

Para quienes tenemos muchos años de vida dictando charlas y conferencias, el registro del cambio es notorio, si bien al público le parece normal proceder como lo hacen. Es normal ahora y nuevo, diferencia que podemos evaluar quienes venimos hablándole al público hace cincuenta años.

“Bueno, pero todo cambia... No hay razón para asombrarse... “Pero sí hay razón para mencionarlo porque los públicos anteriores, habituales en aquellas épocas, eran la contraparte de varios de los actuales públicos y forman parte de la historia de la globalización y de la emergencia del subdesarrollo. Aquellas eran épocas donde todavía no se reconocían los públicos que eran ajenos a las democracias noroccidentales, los que tienen sus propias culturas, campesinas, tribales, transgéneros, villeros, adolescentes, marginales, y que están prescriptos en tanto no comparten los manuales de urbanidad que los convierta en públicos prolijos. Tienen su propio estilo de aprendizaje y de docencia, su propio decir y su escucha. Crean su participación política como efecto de su existencia e ignoran –no quieren saber– que algunos sectores esperan de ellos un acomodamiento disciplinado y el aprendizaje del papel como público según el diccionario, siendo espectadores. Que como tal son participantes de hecho y no de derecho. Porque el participante en ejercicio de derechos es aquel que interviene, actúa y alterna, a veces sustituye el discurso por la intervención. Hasta que logra acoplar discursos e intervenciones y tienen éxito, para sobresalto de quienes charlaban o conferenciaban acerca de ellos cuando eran los públicos ajenos a las democracias noroccidentales, algunos de ellos congelados por los derechos humanos a los que hubo de calentar impulsando intervenciones.

*Publicado el día sábado 27 de Septiembre en el diario Página/12