El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El abuso sexual y los niños

Por Eva Giberti

Es la tercera vez que publico en Página/12 estadísticas referidas al abuso sexual contra niños y niñas; el porcentaje mayor, estimativamente el 80 por ciento, intrafamiliar.
Abusan y violan los padres, los abuelos, los tíos, los hermanos mayores y los compañeros de la madre que a veces cumplen función paterna.

O sea, la información es pública. En este caso se trata de niños y niñas de la ciudad de Buenos Aires cuyos familiares han recurrido a las comisarías para denunciar el abuso. A veces una madre, una tía o una vecina. Llegan con la víctima de la mano, en oportunidades solamente piden la intervención policial.
La policía inmediatamente se comunica con el Equipo que se ocupa de Delitos contra la Integridad Sexual y depende del Programa las Víctimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, porque tiene un Orden del Día, desde el año 2006, y debe cumplirla; tiene obligación de convocarnos.
El Equipo se hace presente, dialoga con el niño o la niña, además de escuchar al adulto, y automáticamente se convierte en el testigo que habrá de reproducir su diálogo con el niño o la niña en calidad testimonial ante el juez porque es la primera persona técnica que toma contacto con la víctima. El juez atiende este testimonio que le resulta fundamental para la continuidad de la investigación.

Así sucede cuando se puede investigar, tal como recomienda la protección de niños y niñas descripta en los documentos internacionales. La protección es un hecho, no alcanza con las palabras y las quejas agrupadas, voluminosas y reiteradas.
Los números son explícitos. Este Equipo afirma que recibe cinco denuncias diarias por abuso sexual contra niños y niñas. Pero de ellas, tres adultos, después de denunciar, se niegan a instar la causa penal, es decir, a autorizar la investigación, el seguimiento del caso en el ámbito del derecho. O sea, la denuncia se cae, pierde eficacia, porque el abusador no será citado por la Justicia. Eso es exactamente lo que se espera: “cumplir con el deber” de denunciar. Pero que al abusador lo citen en Tribunales, que aparezca quizás un defensor de niños, que se pruebe el abuso y/o la violación y que el sujeto sea detenido... ¡Ah, no! Para tanto no.
Porque podría ser el padre del niño o de la niña, entonces la familia arriesga destruir la vincularidad, y como sabemos la familia debe estar protegida. ¿Y la protección de niños y niñas...? “Sí, bueno, pero no vamos a dejar al chico sin padre... Al fin y al cabo, los chicos se olvidan de esos episodios....” ¿Una niña se olvida que durante años su padre o su abuelo la manoseaban permanentemente y la obligaban a mantener el secreto para que la familia no se enterara? Lamento defraudarlos. Mi consultorio me ha colocado, y continúa sucediendo de ese modo, en contacto con adultas y adultos que a los cuarenta años o más me cuentan angustiados aquello que les sucedió durante su niñez y no pudieron mencionarlo, no hubo posibilidad de una revelación por temor, por vergüenza, y el desasosiego los acompañó durante toda su vida estropeándoles sus vínculos sexuales y sus experiencias vitales enhebradas permanentemente con ese recuerdo.

Los que “olvidaron”... cualquier día de cualquier año, debido a un estímulo inesperado, sienten que algo del pasado les devuelve las vivencias de aquella criatura y recuerdan entre nubosidades borroneadas pero presentes aquellas horas de asco y de terror.

También están aquellos y aquellas que se sobreadaptan a la situación y se mantienen apegados al abusador, entrenados en un sometimiento del que no pueden huir porque descuentan que no les van a creer. ¿Cómo dudar del abuelo que cuida al niñito mientras la mamá trabaja fuera de la casa?

No creerles a los niños y niñas es acumular goces en el océano de perversiones con las que el abusador se satisface.
Entonces, ¿qué hacer? Avanzar con la denuncia es una catástrofe familiar... Abusar de niños y niñas es una catástrofe para la familia y para quienes no pueden defenderse, porque el poder está en manos de los adultos. Los de la familia y aquellos jueces que contribuyen con su negación de los hechos.

Las estadísticas están, la policía, que al lado del Equipo que se ocupa de los Delitos contra la Integridad Sexual toma nota, también. Pendientes, por desidia moral o conveniencia económica, aquellos y aquellas que no avanzan en la denuncia y obligan a niños y a niñas a continuar conviviendo con el abusador.


Violencias ejercidas a Víctimas niñas, niños y adolescentes




Publicado en el diairo Página/12, el día 12 de noviembre del 2014.

miércoles, 1 de octubre de 2014

De la “charla” al sujeto político

Por Eva Giberti

Desde una cercanía ficticia, que puede solventarse desde un escenario o desde una mesa a la misma altura del público, hoy en día los y las conferencistas circulamos replicando la añeja tradición medieval de la cátedra. Es interesante tener en cuenta cuándo apareció la idea de dar una “charla” en lugar de solicitar una conferencia. Parecería que solicitar “una conferencia” constituyese una exigencia y, además, es obvio que debe proponer sus honorarios. No es obvio, pero sería conveniente que así se aprendiera.

La “charla” impresiona como de entrecasa, como si quien la dicta no aportase todos sus conocimientos sino “un poquito”, algo doméstico, como de sobremesa.
Se descuenta que sin honorarios. Imaginando que quien diserta no tuviera que prepararla; se diferencia del conferenciar porque se estima que éste reclama importantes conceptualizaciones.
Habermas y otros se ocuparon de estudiar la historia de los públicos porque era útil para revelar costumbres de las épocas. La experiencia personal enseña que cada vez que una se enfrenta con el público de un ámbito urbano, o de un cordón suburbano o comparte una agrupación tribal, si calcula que quienes asisten sólo pretenden escuchar, se equivoca; lo que estos públicos invitados esperan es que los acompañemos a pronunciar las palabras que coyunturalmente nos han cedido, como un hecho político.

Pero no todos los públicos saben que protagonizan un hecho político. Se lo reconoció de ese modo cuando desde los estertores del terrorismo de Estado pudo rehabilitarse la palabra y la gente, aún temerosa, comenzó a juntarse para contarse y contar lo sucedido. Y aunque la palabra “participación” se instaló en el horizonte, todavía estaba tibia y conversada por una minoría esclarecida.
Hoy en día también se asiste a estos encuentros para aprender acerca de algunos temas. Pero actualmente el público está formado por sujetos políticos con derechos, cuyas preguntas pretenden abrir un poco más el campo del conocimiento, además dar testimonio de su existencia.

Entonces se trata de pensar si a estos públicos se los invita para que escuchen una charla o una conferencia, aunque finalmente quien expone no diferencie el calibre entre una y otra. La charla parece democratizar entre quien expone y el público: como si dijera “somos iguales y vamos a charlar”. Lo cual es excelente. Entonces, ¿la conferencia? ¿Para la universidad? No, evidentemente no. Puede haber conferencias magistrales sin preguntas a posteriori o acompañada por preguntas finales, según el estilo de quien expone. Pero parecería que en la conferencia la categoría del conocimiento se modificase, refinándose.

Resulta interesante analizar a estos públicos que no necesariamente disciernen si asisten a una charla o a una conferencia. El problema lo tiene quien expone, que debe saber hasta dónde va a avanzar en cada circunstancia; si se referirá a una cuidadosa bibliografía o si en una charla repetirá alguna idea célebre de memoria.

Cada oyente lleva consigo no sólo el interés por la escucha, sino su historia personal, los datos de su entorno, su propia filosofía y actualmente la pretensión y convicción política de participar. Este último punto es nuevo, porque si bien en décadas anteriores se participaba, no necesariamente había conciencia de participación como instancia política. Se pedía la palabra, se hablaba, se le respondía o preguntaba al orador, pero la conceptualización de participación pública como icono del hacer política no resultaba evidente.

En la década del ’60, cuando planteábamos la educación de los hijos en Escuela para Padres, los asistentes concurrían en clima de lealtad agradecida por lo que se exponía: no se asumía que hablar de la educación de los hijos era hablar de política.

El público actual sabe que siempre está hablando de política. Lo sabe aunque no tenga conocimiento de ello. Es el saber que no precisa del conocimiento para ser saber. Es el papel activo de los sujetos sociales en la política y en la historia como lo pretendía Gramsci, cuando se juega la libertad del pensamiento y la palabra frente a las democracias liberales que implementaban sujetos a-políticos.
Las preguntas del público actual, a veces dubitativas por el temor de transmitir intimidades si se mencionan temas sexuales, se formulan sin embargo, necesitadas de la escucha. O bien puede ser la narración de una injusticia inadmisible o la denuncia de una arbitrariedad existente. Y no se asemeja a las asambleas barriales del año 2002.

El fenómeno, que aún no es la emancipación gramsciana, es político en el compartir con los otros invitados y no sólo con quien dicta conferencia o “charla”. Aun llamándola “charla”, el público le atribuye la autoridad de la cátedra, cuando en realidad son ellos los protagonistas de la participación política, inclusive cuando desatan la necesidad de “dar testimonio”.

Se escuchan y se agrupan reconociendo el liderazgo de quien expone sin subordinarse obligatoriamente hacia él o ella. Es preferible que quien expone se desmonte de la cátedra para comprometerse con la responsabilidad de estar acuñando, en conjunto, un fenómeno político propio de estos tiempos.

Para quienes tenemos muchos años de vida dictando charlas y conferencias, el registro del cambio es notorio, si bien al público le parece normal proceder como lo hacen. Es normal ahora y nuevo, diferencia que podemos evaluar quienes venimos hablándole al público hace cincuenta años.

“Bueno, pero todo cambia... No hay razón para asombrarse... “Pero sí hay razón para mencionarlo porque los públicos anteriores, habituales en aquellas épocas, eran la contraparte de varios de los actuales públicos y forman parte de la historia de la globalización y de la emergencia del subdesarrollo. Aquellas eran épocas donde todavía no se reconocían los públicos que eran ajenos a las democracias noroccidentales, los que tienen sus propias culturas, campesinas, tribales, transgéneros, villeros, adolescentes, marginales, y que están prescriptos en tanto no comparten los manuales de urbanidad que los convierta en públicos prolijos. Tienen su propio estilo de aprendizaje y de docencia, su propio decir y su escucha. Crean su participación política como efecto de su existencia e ignoran –no quieren saber– que algunos sectores esperan de ellos un acomodamiento disciplinado y el aprendizaje del papel como público según el diccionario, siendo espectadores. Que como tal son participantes de hecho y no de derecho. Porque el participante en ejercicio de derechos es aquel que interviene, actúa y alterna, a veces sustituye el discurso por la intervención. Hasta que logra acoplar discursos e intervenciones y tienen éxito, para sobresalto de quienes charlaban o conferenciaban acerca de ellos cuando eran los públicos ajenos a las democracias noroccidentales, algunos de ellos congelados por los derechos humanos a los que hubo de calentar impulsando intervenciones.

*Publicado el día sábado 27 de Septiembre en el diario Página/12

miércoles, 25 de junio de 2014

Asalto a la identidad

Por Eva Giberti


Cuando un consultante, hombre o mujer, recurre en busca de acompañamiento psicológico para intentar abarcar un problema, puede formularlo de diferentes maneras. Pero cuando ese consultante comienza diciendo: “Yo vengo a verla porque quiero entender si se podrá hacer algo... Yo fui un niño comprado siendo un bebé, recién lo supe cuando ya era grande, tenía 20 años y me lo contó una tía, una hermana de mi madre. Mi madre murió, mi padre también y ahora yo quisiera encontrar algo de mi origen... Algunos datos tengo. Pero no puedo con el malestar que me sigue a todas partes porque no sé en realidad quién soy...”, sabemos que nos enfrentamos con un grave y extendido problema en nuestro país.

La compra de bebés por parte de quienes pretenden adoptar no ha desaparecido de nuestro medio, si bien estas consultas las proponen adultos que llegan desde lejos en el tiempo, desde una vida de torceduras y engaños que se eligió para ellos cuando eran niños, tarea a cargo de adultos cuya responsabilidad fue nula en lo que respecta no sólo a los derechos de un niño, sino a las exigencias de la ley.

“Comprar” un niño así como “venderlo”, dicho sea brutalmente y para evitar tecnicismos que no modifican la circunstancia, es un delito grave que se repite porque persiste “el deseo de ser padres” de innumerables adultos que se sienten “con mucho amor para dar” y no titubean en recurrir al tráfico con niños. La estrategia continúa siendo la misma: se anota a la criatura como habiendo nacido en un domicilio privado y se obtiene la certificación de una profesional de obstetricia que dice haber atendido el parto. La maniobra es conocida particularmente en algunas provincias y cada tanto la policía interviene y leemos la noticia en los diarios. En otras oportunidades, no se finge un parto, se negocia con alguien que “consigue” una criatura hija de alguna población carente al extremo de no poder solventar la crianza de esos hijos.

Sucedió de ese modo y de otros semejantes hace cuarenta, cincuenta años y antes de ayer. Durante años he recibido en mi consultorio a estos hijos a quienes sus padres de crianza les negaron la descripción de sus orígenes dentro de esa familia porque implicaba reconocer el delito. No se ignoraba que ese comportamiento estaba al margen de la ley, pero “el deseo de hijo” era más fuerte. La confusión de dicho deseo con el narcisismo llevado al límite de la exasperación es lo que regula este comercio, que por cierto precisa mujeres que necesiten desprenderse de su cría. Ellas son las que atraviesan por el dolor de la entrega regulada por los intermediarios que se contactan con quienes no titubean en elegir cualquier camino con tal de incluir una criatura en su vida.

Proyectos destinados a intervenir en estos temas existen. No son complicados, alcanza con modificar algunos puntos del Código Penal. Uno de esos anteproyectos se redactó en el Programa las Víctimas contra las Violencias, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, en el año 2008, pero no es el único.

La conjunción actual se produce porque los hijos, aquellos que hace cincuenta años fueron incluidos ilegalmente en una familia, se cruzan, reclamando sus derechos para conocer su identidad y su vida de origen, con los adoptantes futuros a los que se les ofrece la tentación de “obtener rápidamente” un niño.

El tema adopción aunque cuente con legislación que actualmente permite adoptar, posterga, históricamente, la atención política y técnica que permita revisar los contenidos de sus prácticas, la seleccción de los pretensos adoptantes y particularmente la formación e idoneidad de jueces y profesionales que intervienen en el análisis del tema y de sus protagonistas.

Por su parte, el amargo y doloroso intermedio que plantean quienes siendo adultos reclaman, apoyados en las leyes de derechos humanos en general, su aspiración a rescatar datos que les permitan transitar hacia el pasado el recorrido de sus vidas, insisten en la posibilidad de que se les otorgue la alternativa de solicitar a las autoridades pertinentes la autorización para saber cuándo y cómo fueron anotados, por quiénes, qué documentos existen y dónde encontrarlos. Que es posible realizarlo lo vimos en la película Nacidos vivos, donde se encuentra el testimonio, en nuestro país, de quienes se entrevistaron con funcionarios que entendieron y facilitaron el camino, dificilísimo, a veces imposible. Ellos son los nuevos sujetos sociales cuya existencia está regulada por sus reclamos y sus derechos para encontrar datos filiatorios.

Así aparecen las personas que conjugan y conjuran el doble juego; los que fueron inscriptos como adoptivos habiendo sido apropiados durante su infancia y aquellos padres que recientemente han cometido la ilegalidad y solicitan orientación para saber cómo informar a sus hijos acerca de su “adopción”, ya que no saben “hasta dónde contar”: dudan entre dar detalles o sólo confiar en el relato de la adopción, si explicar que le dieron “un dinero a la señora”, cuando en realidad no fue a ella a quien entregaron el precio solicitado por la entrega, o bien si no decir nada porque “no tiene nada de malo pagar por el trámite de encontrar un bebé como queríamos”.

El trabajo con ellos cuenta con la capacidad de los niños que creen en aquello que los adultos narran como “lo verdadero”, de manera que explicarles que se comprometió dinero en el contacto con él o ella, aparece inicialmente como lo normal y esperable. Se naturaliza aquello que la familia cuenta, pero encontramos que prefieren no aclarar porque es probable que el hijo lo repita en algún momento. Entonces el relato de aquello que una adopción pretende ser queda atravesado por la circunstancia del canje niño/dinero.

En décadas anteriores alguien podía argumentar: “No sabía que proceder de ese modo constituía delito”. Más aún, las personas adultas que reclaman datos de su identidad por lo general cuentan que han sido tratadas afectuosamente y que no tienen quejas en “ese sentido”, como si hubiesen sido acompañadas como hijos o hijas. Pero una paternidad o una maternidad sellada por el engaño, el silencio, la trampa al contarle a esa criatura cómo fue su infancia y su niñez deben omitir sus primeros días de vida, y no sólo el parto y el nacimiento. Deben inventar permanentemente un origen y conectarse con ese hijo o hija mediante el engaño y el ocultamiento. O sea, la antítesis de lo que se espera de un vínculo genuino, dispensador de cuidado y protección integral. Cuando estas personas se nuclean, forman entidades que se asemejan a algunas organizaciones que en Estados Unidos funcionan hace décadas, con la misma finalidad: “Necesito saber quiénes fueron mis padres realmente y por qué me dejaron en manos de otras personas”.

Argumento que no es posible desestimar y sin embargo se mantiene sin respuesta para tantas personas. Constituye una forma de la castración simbólica impuesta por el narcisismo adulto que sólo logró pensar y sentir de acuerdo con sus necesidades, desbaratando definitivamente el futuro de los niños apropiados. Que sin duda desarrollan su vida al margen de esta circunstancia hasta que un día alcanzan un nivel de lucidez lo suficientemente agudo como para demandar: “¿Qué me pasó? ¿De dónde vengo? ¿De dónde provengo? ¿Por qué me lo ocultaron? Ellos murieron y ahora yo no tengo forma de saber...”.

Parecería un tema que sólo interesa a adoptantes y adoptivos, y sin embargo existe un universo, una población de adultos que, agrupados o en soledad, piensan cada día en quiénes serían si pudieran saber quiénes fueron y a pesar del respeto amoroso que muchos de ellos guardan hacia quienes los criaron no pueden menos que darse cuenta de que han sido víctimas. Y que la ausencia o carencia de medios para re-escribir sus historias no depende tan sólo del familiar sobreviviente que podría aportar algún recuerdo, sino cabe preguntarse ¿al Estado le corresponde estar ausente del tema o podría implicarse institucionalmente en la autorización para el rastreo de algunos documentos iniciáticos que favoreciesen una búsqueda necesaria?

*Publicado en el diario Página/12.
  25/06/2014
 

jueves, 5 de junio de 2014

Credibilidad y sinceridad

 Por Eva Giberti.


Si se torna necesario titular “Creerle a la víctima para la condena”, según la nota de Mariana Carbajal en Página/12 del 22 de mayo, debe ser porque, históricamente, a la víctima de violencia sexual no se le cree. Más aún, es posicionada bajo sospecha por algunos sectores de la comunidad y en particular por los fueros tribunalicios, por quienes tienen a su cargo la instalación del juicio.

Si lo habitual fuese tomar en serio y reconocer la verosimilitud y la evidencia de lo que la víctima narra no sería preciso subrayarlo y festejarlo como un avance. Que este caso sí lo es. Pero, tener que considerar avance aquello que los derechos humanos de las mujeres implican y que por lo tanto debe formar parte de las lógicas de lo probable, de lo posible y de la historia de las violaciones como dato internacionalmente probado, dentro de las familias y en otros ámbitos, resulta lamentable. Y apunta a la peligrosidad en la que se encuentra cualquier víctima de violación (que se transforma en riesgo) cuando la víctima queda atrapada en las ataduras que le ofrece la pregnancia machista de nuestros tribunales. Con las debidas excepciones.

En esta nota de Mariana brotó la excepción pero no espontáneamente. Arduo trabajo de un fiscal que conocemos por su eficacia cuando se trata de acusar a quien debe acusar y de advertirle al juez que la víctima de violación no debe declarar delante del violador. Lo cual constituye el ABC del Derecho, pero parecería que no siempre se recuerda el abecedario completo.

Si hay que felicitar al tribunal porque tomó en serio la sinceridad de la declaración de una víctima es porque la sinceridad advino como un valor moral que no se esperaba. De lo contrario se sabría que la víctima grita e interpela porque ha sido victimizada. Al calificar una declaración como “sincera” no se advierte la paradoja implícita en el hecho: si la víctima habla es para contar qué le sucedió y narra lo ocurrido. Me podrían objetar: “Sí pero también están aquellas que fingen una violación”. Sí, claro, y también existen los jueces decididos a proteger al violador porque para ellos la violación no existió ya que, como es sabido, para dichos magistrados las mujeres somo provocativas y consentidoras a la hora de aceptar o rechazar al varón. Estos magistrados no constituyen excepción. La falsedad de una denuncia documentada y probada sí constituye excepción.

No sólo se trata de “sinceridad” en el recorte de la nota de Mariana, también tenemos que la denuncia es “creíble”. Lo que significa que hay alguien que debe creer. Se introduce de ese modo la aptitud del juez para discernir si debe creer o no, afirmación que deja al descubierto que el discurso de la víctima –y aun sus lesiones– podía no ser creído (por ejemplo el defensor del acusado pretendió que las lesiones se las había producido la misma víctima al “acomodar una cama”). En esta oportunidad le creyeron. Pero se trata de la verosimilitud de los hechos traducidos por la víctima en su declaración que entonces resulta creíble y sincera. O sea, la víctima no deforma ni inventa hechos y aporta un producto, una declaración que según sea la posición del tribunal será evaluada positivamente.

Estas sentencias iluminan, en sus dichos y redacciones, cuáles son las relaciones de poder entre las víctimas de violación y quienes imparten justicia. Se espera que la víctima sea sincera y creíble, porque podría no serlo. Cuando, en realidad, la víctima es la víctima y con esa nominación es suficiente, probada que ha sido su victimización. Explicar que se sentencia al agresor en relación con la sinceridad y credibilidad de las declaraciones abre un espacio inquietante para aceptar las apreciaciones subjetivas de quienes juzgan, de quienes defienden y de quienes acusan.

Es inquietante el tiempo que se toman los profesionales que deben decidir la exclusión del hogar de un sujeto descripto como peligroso que no disponen de velocidad y recursos suficientes para comprender que la exclusión del hogar debe ser inmediata, aunque en las comisarías falte o escasee el personal que debe llevarle la notificación al violento.

En esta nota de Mariana Carbajal, más allá de las observaciones técnico-teóricas respecto del lenguaje utilizado en una sentencia, afortunadamente favorable para la víctima (lo cual merece el aplauso), hubo otra instancia que denota y connota la situación en la que se encuentran las víctimas cuando deben recurrir a una instancia judicial en busca de atención: el 25 de abril del año 2013, ante la Defensoría en lo Civil Nº 2, se solicitó una exclusión del hogar del sujeto violento ahora sentenciado. El trámite se completó el 28 de junio, cuando el agresor ya estaba preso, dos meses después de lo solicitado.

El hecho no es exclusividad de esta provincia; en casi todo el país la orden de exclusión del hogar llega demasiado tarde “porque no tenemos agentes de policía para llevar la orden”, “porque quienes la tienen que entregar son amigos del acusado –sucede en los pueblos– y entonces tarda en llevársela”. O bien: “Porque aquí siempre fue así”. En los femicidios ¿encontramos órdenes de exclusión que o no fueron entregadas o llegaron demasiado tarde?
¿Hasta dónde la credibilidad que podemos acercarles a quienes nos aportan argumentos para demorarse de ese modo para entregar una orden de exclusión?
¿Cuál es la sinceridad con la que se procede cuando la Justicia decide que un sujeto peligroso debe retirarse de la casa donde convive con la víctima e irse a vivir no se sabe dónde? Un argumento escasamente mencionado pero existente se abre en silencio pero con la fuerza que le otorgan los atrasos en la orden de exclusión: ¿dónde va a vivir ese sujeto si lo sacan de su casa? La otra argumentación, silenciada y latente: “Si se retrasa la orden de exclusión, mientras tanto ella se arrepiente y pide que no se proceda...”

Enhorabuena se pueda conmemorar que la palabra de la víctima fue escuchada y se hizo justicia. Pero el espanto de las que continúan clamando sin ser escuchadas permanece, así como el terror de aquellas que no logran excluirlos del hogar porque la orden no llega. Esperemos las próximas notas periodísticas con noticias alentadoras, para achicar las vergüenzas.

*Publicado en  Página/12
5/6/ 2014

jueves, 8 de mayo de 2014

Silencio entre adoptantes

Por Eva Giberti


Durante los primeros años de convivencia con el hijo adoptivo no habían surgido grandes problemas. Alguna tensión en el aprendizaje escolar cuando el niño concurría a la escuela primaria, rápidamente resuelta. La pareja había transcurrido los años posteriores al casamiento “buscando” un bebé, sobrellevando con calma la estupidez de las preguntas meteretas: “Y... ¿para cuándo?”, de acuerdo con la imprescindible necesidad de alguna gente que no puede disimular su curiosidad por lo que sucede en la intimidad de una pareja. E interroga acerca de lo que debería callar. Si alguien supone que se trata de una pregunta interesada por la descendencia de esa pareja, se equivoca: son personas que necesitan mortificar a terceros.

Recurrieron a las técnicas actuales para lograr un resultado fecundante pero, al fracasar la estrategia, la adopción ocupó su lugar de la composición familiar. Los primeros en oponerse, como sucede a menudo, fueron los abuelos. Por aquella cuestión del linaje. Una adopción interrumpe la consanguinidad, que para algunas personas puede resultar muy importante cuando se funda una familia.

Con frecuencia los abuelos se convierten en opositores cruciales con el argumento mayor: “No se sabe de dónde viene... qué herencia podrá traer...”, interrogantes que a quienes esperan adoptar interesan relativamente. Pretenden compaginar una familia con un hijo y lo demás es secundario.
 En cambio no es secundario, pero con frecuencia y arriesgando una equivocación que se posterga, dilucidar “de quién es la responsabilidad por la infertilidad, por causa del varón o de la mujer”. Ese capítulo, una vez que los análisis hayan sido lo suficientemente claros –lo que no siempre sucede– parecería que dejase de interesar o de importar. Todos los esfuerzos se dirigen a adoptar una criatura postergando el diálogo acerca de la infertilidad. En realidad cancelándolo. Es lo que se supone. 

Es un diálogo que se mantiene pulsante si no se trabaja con el tema mediante las conversaciones técnicas pertinentes. Porque el pensamiento de la mujer fértil con un compañero infértil o estéril es: “Si yo me hubiese casado con otro, seguramente tendría un hijo de la panza...”.

Por su parte, el varón, ante la mujer que no puede engendrar, deja abierta como posible la fantasía de engendrar con otra mujer, al margen de su pareja. También piensa: “Con otra mujer hubiese tenido un chico propio y no adoptado”.

Estos contenidos que pueden acompañar a las parejas durante los trámites de la adopción quedan sumergidos, reprimidos, inhibidos, postergados porque la causa común ahora es “conseguir un niño para adoptar”. Y en esa decisión se manejan todas las alternativas y todas las esperanzas.

Transcurren los años y cada pareja resuelve aquellas dudas y malestares del mejor modo para su equilibrio familiar. No porque hayan desaparecido, sino porque no es operativo para el psiquismo, por razones de economía psíquica, agitar temas que no conducirán a ningún cambio.

Pero, el hijo ha crecido y es un adolescente de quince años que cada vez se parece más a alguien que no se sabe quién es. Y por adolescente hace todo aquello que un adolescente ejecuta, amontona y desmorona mientras dure la adolescencia. Etapa vital que suma un plus, ser adoptivo, lo cual lo surte de un argumento mayúsculo para enfrentar a sus padres enrostrándoles, en cualquier discusión: “Ustedes al fin y al cabo no son mis padres”, frase con la que abre hondos tajos en el ánimo de los padres adoptantes si no están entrenados en saber que eso les va a suceder en algún momento y es preciso disponer de la respuesta rápida para ordenar al jovencito.

Entonces tenemos como parte de la familia un hijo muy parecido a sus padres por educación, crianza y costumbres, pero con una clara ajenidad étnica –no necesariamente–, pero que cada día advierte que su descendencia no tendrá cosa alguna que ver con su familia adoptante. Porque el ADN proviene de otro mundo.

No habría razones para que el tema configurase un conflicto, pero es frecuente que estallen los argumentos, las preguntas que se mantenían sumergidas, silenciadas y no obstante impregnadas por los sentimientos de lo que no se habló en aquella oportunidad primera cuando se discutía quién de los dos era aquel o aquella que tenía un impedimento para engendrar.
Lo decía muy claramente una mujer durante su consulta: “Ahora yo tengo un hijo que no se parece en nada a nosotros... Cada día me resulta más extraño y no es que me falte amor. Yo lo quiero como hijo, pero si me hubiera casado con otro hombre no me vería en esta situación, en la que no sé qué pensar cuando me doy cuenta de que yo pude haber engendrado y me privé de ello porque mi marido es estéril...”.

Esta madre continuaba: “Ahora mi hermana está embarazada y va a tener un bebé que será realmente de la familia. Si yo no hubiera introducido a Jorge –su marido– en mi familia, yo también habría tenido un embarazo y no pude. Me frustré el embarazo por amor hacia mi marido...”.

Este monólogo durante una consulta debió “trabajarse” antes de adoptar, en la inmediatez del diagnóstico de esterilidad o infertilidad, mientras se espera obtener una guarda. En ese tiempo toda la libido y la atención se cargan sobre la futura aparición de un hijo y aquello personal queda clausurado, pero con una vía de escape por donde quizá filtre en algún momento.

No siempre sucede de este modo y encontramos a aquellas parejas cuyos miembros no precisan hablar del antiguo tema. Este se puede hacer presente cuando la criatura muestra su adolescencia con respuestas, pareceres y características físicas que, según los abuelos, se deben al otro linaje misterioso que el nieto introdujo en esa familia.

De allí que la pubertad y la adolescencia de los adoptivos, además de sus propias realidades, divertidas, conflictivas y siempre sorprendentes, abre un espacio, el de los “parecidos” que a su vez parecería despertar meditaciones de sus padres adoptantes que los retrotraen a pensamientos y sentimientos que parecían sepultados en el diálogo con la pareja.

He presenciado tales explosiones en consultas aparentemente por las conductas de los hijos adolescentes. Sin embargo, ambos miembros de la pareja estaban hablando de aquellos primeros años cuando el diagnóstico del médico informó la imposibilidad de gestación y “recomendó adoptar” en lugar de sugerir una psicoterapia para ese hombre y esa mujer antes de pensar en incluir una criatura en sus vidas.

La necesidad de psicoterapias en aquellos tiempos reside en dialogar de aquello que “por amor” se calla, para no dañar al miembro infértil o estéril de la pareja. Sin embargo, ese hombre y esa mujer cuentan con su propia familia que no titubea en criticar y/o “responsabilizar” a quien no puede engendrar levantando la polvareda de críticas y sumatoria de riesgos, persecutorios, negativos. Comentarios que se suman a los ya descorazonados miembros de la pareja que no ceden en su deseo de una adopción. Triunfan y adoptan. La atención puesta en la criatura mantiene soterrado un conflicto humano que se desata, o aun sumergido presiona por expresarse en desavenencias de la pareja, y cuando esto sucede durante la pubertad y la adolescencia del hijo adoptivo la consulta surge alrededor de sus comportamientos. No obstante, lo que continúo encontrando es silencios amurallados desde antaño entre ese hombre y esa mujer que no se atrevieron a enfrentarse cuando era preciso hacerlo.

No hubiera retomado este tema, paradigmático de las adopciones, si no escuchara consultas cuyos protagonistas son chicos y chicas adolescentes que no imaginan que las críticas de sus padres no son las que ellos generan, sino la antigua historia que existe entre ellos, que quince años antes no hablaron de lo que les sucedía, renunciando a la propia fecundidad por la esterilidad del otro. Y guardándose “por amor” el secreto de una frustración que cuando se tramita provechosamente permite convivir sin verdades taponadas. Pero que cuando se callan por años, encuentran, mediante la presencia de ese hijo que no se parece a ninguno de ellos, una vía de salida para desencontrarse en la convivencia.


Publicado en Página/12
08/05/2014

martes, 1 de abril de 2014

Las violencias y el género

La coordinadora del programa Las víctimas contra las violencias explica los alcances y logros de la iniciativa a ocho años de su creación en la ciudad de Buenos Aires. Las claves de su funcionamiento y la ampliación a Chaco y Misiones.


 Por Eva Giberti

¿Qué es lo que se está haciendo a partir de un programa que empezó a funcionar hace ocho años? Es una pregunta que cualquiera puede plantearse cuando en Página/12 se publicaron las estadísticas que muestran los números de la violencia familiar en la ciudad de Buenos Aires. Sobre todo porque las víctimas no se atienden detrás de un escritorio sino cuando llaman por teléfono al número 137 (que atienden exclusivamente profesionales) solicitando auxilio, asistimos a sus casas a buscarlas para llevarlas a denunciar. Concurrimos acompañadas por un policía porque no es raro que, cuando estamos en el domicilio, reaparezca el golpeador o mande a algún compadre para continuar amedrentando a la víctima y a sus hijos. Entonces el policía, que ingresa en el domicilio antes que nosotras, que somos trabajadoras sociales y psicóloga, cuerpea al varón que se hace presente y lo pone en manos de un patrullero de la zona, mientras nosotras atendemos a la víctima y a sus hijos. Pero ésos no son los números que aparecen en las estadísticas: ¿por qué? Porque de todas las víctimas que nos llaman y a las que acompañamos y asesoramos, un 40 por ciento no quiere denunciar. Sólo demanda auxilio para ella y sus hijos y la aterroriza pensar cómo procedería el violento si ella lo denunciara. Por lo tanto, de las cifras que ustedes leen, cualquiera sea la fuente de donde provengan, hay que tener en cuenta que se refieren exclusivamente a denuncias. Existe un subregistro de la violencia familiar que está mucho más extendida de lo que las estadísticas muestran: 40 por ciento de las víctimas quedan en la oscuridad del silencio. Forman parte de nuestros registros porque hemos concurrido a sus domicilios y hemos hablado con ellas y con sus niños. Con ellas solamente podemos hacer un seguimiento telefónico y personal para intentar que recapaciten y denuncien y para conocer cuál es su estado después de un mes de su llamado. No más de un mes porque nuestros equipos son para urgencia y emergencia durante las 24 horas los 365 días del año. Sólo podemos intervenir cuando la víctima clama auxilio y acompañarla en la denuncia. Luego... su destino es un problema en todos los países que se ocupan del tema.
Desde octubre del año 2006 hasta febrero 2014 este equipo atendió en terreno 20.225 víctimas.
Este sistema de trabajo inspiró a las autoridades de dos provincias: Chaco, que desde el año 2012 también tiene un número 137, y Posadas, Misiones, que comenzó con el mismo número y el mismo estilo en el año 2013.

Creación de la Cátedra Abierta “Introducción a las Violencias de Género” Universidad Nacional de Misiones.
Desde el año 2011 se desarrolla en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, inaugurando una estrategia inédita de trabajo en la comunidad.
Es el primer equipo que empezó a funcionar en este programa y se dedica a víctimas de delitos contra la integridad sexual. Cuando una persona víctima de violación, habitualmente una mujer, recurre a la comisaría inmediatamente después del ataque, la policía tiene orden de llamar inmediatamente a este equipo, junto con la información al juez o a la fiscal necesaria para caratular al delito. La víctima no declara ante la policía hasta que el equipo se haya hecho presente, es decir, no queda a merced de preguntas que puedan arriesgar su intimidad. Cuando una trabajadora social y una psicóloga llegan a la comisaría son quienes acompañan en los primeros momentos a la víctima, se comunican con su familia para asesorarla acerca del trato que precisa una víctima de violación y la trasladan al hospital donde le proporcionarán la “píldora del día después” y la medicación preventiva del VIH, siempre en presencia del equipo. Posteriormente, la conducen a su domicilio o donde la víctima elija y, cuando llega el momento de la identificación, el equipo la conduce al área policial correspondiente para que pueda identificar al violador o hacer su identikit. Se mantiene contacto telefónico con ella hasta el momento que debe presentarse en Tribunales para ratificar la denuncia. Debido a este acompañamiento las víctimas de violación mantienen su denuncia y de ese modo se ha logrado detener a violadores seriales. Desde mayo de 2006 hasta diciembre de 2013 atendió en terreno a 6774 víctimas, de las cuales 3515 han sido niños, niñas y adolescentes.

La Brigada Niñ@s está a cargo de las solicitudes que nos llegan ya sea por medio de la línea 137 o por el teléfono 0800-222-1717 para que se pueda intervenir en situaciones de explotación sexual comercial que padecen niños y niñas. Se trabaja con las defensorías especializadas en el tema. Actualmente, como parte de su campaña referida a la explotación sexual infiltrada en el turismo, este equipo ha distribuido en todos los aeropuertos nacionales e internacionales cartelería advirtiendo a los viajeros que intentaran recurrir a los niños y niñas víctimas de explotación sexual que dicha conducta en nuestro país está penada por la ley. Este mismo equipo ha iniciado desde el 2012 una actividad, solicitada por padres y madres alertas ante la aparición del grooming, el delito al cual están expuestos niñas y niños cuando chatean e intercambian datos con desconocidos vía Internet, al mismo tiempo que se alerta respecto de determinados “jueguitos” en los que los más chicos interactúan.

El Cuerpo interdisciplinario contra la violencia familiar recibe los expedientes que les envían los jueces de familia para realizar un diagnóstico psicosocial en relación con la familia víctima de violencia y evaluar las posibilidades que tiene el sujeto denunciado ante el tribunal para volver a convivir en ese grupo familiar. Este diagnóstico implica una visita en el domicilio de la familia, una o varias entrevistas con el sujeto violento, con miembros de su familia y con la víctima. La tarea se lleva a cargo con el equipo de psicólogos, de trabajadores sociales y de abogados. Se remiten las conclusiones al juez.

La Unidad de intervención en victimología constituye un área de abordaje y protección de los derechos de las víctimas de delitos graves en el ámbito nacional. Actúa a solicitud de parte o de oficio en los casos en los que por su gravedad, indefensión manifiesta y decisión política ministerial amerite su intervención por medio de contención, orientación y gestión de medios para el individuo o familia agredida por hechos de violencia delictual.

Docencia a oficiales y suboficiales de la Policía Federal Argentina. A partir de marzo 2009 se introdujo una Asignatura Obligatoria en el Plan de Estudios de las Escuelas de la Policía Federal: Introducción, al Conocimiento, Abordaje y Prevención de las Violencias. Desde su creación se capacitó a 19.010 agentes. Sus docentes son profesionales pertenecientes del programa Las víctimas contra las violencias.

Cursos en entrenamiento y capacitación en once provincias y edición de un libro que compendia el curso nacional (2009) dedicado a prácticas para asistir y defender a niños, niñas y adolescentes.
Las actividades de estos equipos sólo evidencian una parte de las tareas que se cumplen en relación con la defensa de distintas víctimas de violencia de género. Permiten evaluar la gama de posibilidades con las que se cuenta para avanzar en este serio problema que convoca decisiones internacionales y que entre nosotros ha logrado significativos avances.


Publicado en Página/12
01/04/2014

miércoles, 26 de febrero de 2014

Los recuadros



¿Para qué sirve un diario? El periódico matinal en la puerta, el montón en el kiosco, el reclamo porque hoy no lo dejaron... Internet dijo que iba a suplirlos y que alcanzaba con leerlo en la pantalla... Sí, igual es posible enterarse de lo fundamental y en algunos portales leer las columnas laterales que se escamotean en el punto.com.

Preguntarse para qué sirve es preguntarse por el uso. Una manera de no preguntarse qué es eso. Definir por el uso es achicar los sentidos: el tenedor sirve para pinchar las comidas y me desentiendo de la historia de los cubiertos y de las monarquías renacentistas donde se ensayaban esos pinchos que sustituían las manos de damas y caballeros. Que hoy diríamos que no precisamos (a las damas y a los caballeros).

Pero resulta que un diario puede asegurarnos una utilidad que no se acompaña con el menester doméstico del envoltorio ni con la carnavalada de los títulos catástrofe.
Un diario, nos decía Jürgen Habermas, es un formador de opinión pública y también contribuye en la creación de la esfera pública, o sea informa, reconstruye, exagera, omite lo que debiera ser obligatorio saber, calumnia, restituye aclaraciones, alivia, crea suspensos, reúne cabezas tutoriales que analizan la edición de mañana, alterna con dibujantes maravillosos, remienda espacios, acorta y alarga tipografías, nos alerta para el día de hoy y de mañana, pronostica el futuro, desbarata a los pronosticadores, enfurece a algunos, imprime las aleluyas de otros y así continúa día tras día, menos dos días, en los que su aplanada lectura no se nos desliza entre los dedos y crea la orfandad del vacío que ninguna radio supera.

Página/12 es un diario. Que se lee con una clave. Porque si alguien no oyó hablar del terrorismo de Estado no entenderá por qué está permanentemente ilustrado con recuadros que encierran fotos con fechas y algún breve comentario interior. Un recuadro negro, un adentro con una o dos caras, a veces un grupo familiar, se enlazan con los avisos y las noticias sin que algunos entiendan la razón. Como quienes hacen Página/12 descuentan que distraídos e indiferentes también son sus lectores, se ocupan, como ningún otro periódico, de comentar temas de derechos humanos. Habrá quienes seguramente reconocen, reconocemos, la coherencia de esos artículos y de esas fotos, que nunca faltan. Otros, quizá muy jóvenes, pasan por alto esas imágenes y no faltará quien piense “¿por qué no la cortan con eso de las fotos?”.

La inclusión de ese circuito histórico en la historia del periodismo excede la lealtad a los desaparecidos, que es tema que la Etica sostiene y ampara.
Es la creación de una serialidad destinada a romper las definiciones clásicas de las serialidades unidas a la idea de repetición, una foto detrás de la otra identificándose, porque sus miembros son protagonistas de una misma circunstancia.

El estudio de las series y serialidades, complejísimo, es el que nos autoriza a reconocer el valor de esta serie, cada uno de cuyos miembros obliga a un saber. “A Este lo vieron en la ESMA, a Esta otra se la llevaron en tal fecha, a Esta Familia la desaparecieron entera, de Estos otros ni la foto, sólo la frase de los compañeros...”

Lo estático de la serie clásica se desestructura en el discurso que los trazos de la imagen diseña y sería ingenuo y agitativo decir que esas imágenes nos miran desde sus fotos y nos dicen ¡presente! No están presentes, sino enlazados en una serialidad que nos enlaza con ellos, justamente por estar en una horrosa serie que se alimenta cada día con nuestra vuelta de hoja, se mueve en el aire que cada página aventa para que tengamos presente que fueron muchos.
Que no alcanza –aunque es magnífico que suceda– con que haya placas y baldosas recordatorias a las que hay ir a buscar.

En cambio, Página/12 nos los alcanza cada día porque hay “un cada día de cada uno de ellos y de cada una de ellas” que, ausentes y perdidos, cuando se los llevaron pensaban en los que nos quedábamos: para todos nosotros habían reclamado derechos y justicias.
Es una serie que rompe la reiteración inmovilizante, para transformarla en la repetición creativa que es otra cosa. Reiterar es caer en la circularidad sin salida, en cambio repetir obliga, cada vez, a abrir una brecha para lo nuevo. Eso nuevo es lo que Página/12 incluye en cada uno de los artículos que los derechos humanos desarrollan para contarnos que hay nuevos juicios para los responsables por el terrorismo de Estado o un nuevo nieto rescatado.

Y así los recuadros sostienen la práctica social de la imaginación. Porque iluminan los textos de lo que se escribe con el testimonio de la propia vida que las páginas capturan en sus márgenes.
Gracias a la “galaxia Gutenberg”, por primera vez, individuos distantes en el espacio, y destinados a no encontrarse nunca, pudieron reconocerse como miembros de una comunidad a años luz de distancia de las antiguas comunidades locales. Lo escribió Marramao.

Esta comunidad, más vale no olvidarlo, no está tan distante de las antiguas comunidades locales que sostuvieron los años del terrorismo de Estado.

Los recuadros de Página/12 nos dicen que la cuestión no es sólo conmemorar una fecha, la de marzo. También homenajear la repetición fecunda que Página/12 inventó como una cepa de vida.

Por Eva Giberti.
Publicado en Página/12.
 

martes, 25 de febrero de 2014

Compartimos la siguiente nota con la Dra. Eva Giberti, coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias para el programa "Detrás de lo que vemos" que se emite por Radio del Plata de Lunes a Viernes de 12 a 14 Hs.

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jueves, 6 de febrero de 2014

"Hijos sin tiempo"


Por Eva Giberti


Durante décadas, desde 1958, no sólo escribí Escuela para Padres en un diario vespertino, hice miles de reuniones en mi país y en otros latinoamericanos con padres y madres hablando de la educación de los hijos. Fundé esa Escuela en el Hospital de Niños, previamente en mi consultorio, y por fin dependiente del decanato de la Facultad de Medicina. Página/12 la reprodujo en 20 capítulos editados en 1999, con singular éxito.

El libro, tres tomos, producido con los artículos semanales de aquel periódico, vendió 30 ediciones en Argentina.
El fenómeno duró desde fines de la década del 50 hasta fines del los ’70. En aquellos tiempos me inauguré en las listas negras religiosas porque el arzobispado de una provincia prohibió los libros por atentar contra las pautas de la familia cristiana: estaba dedicado a oponerse al autoritarismo en las familias y en las escuelas.

Cuando llegó el terrorismo de Estado las Fuerzas Armadas allanaron el Hospital de Niños, con tiradores apostados en los techos de las vecindades y uniformados revisando las salas del hospital, de y con niños y niñas, hasta apropiarse del fichero de la Escuela para Padres con los nombres de sus asistentes. Se llevaron la máquina de escribir y todo cuanto pudieron. No me encontraron porque ese día no había clases. No se pudo continuar en el hospital y durante breve tiempo mantuve grupos con madres. Después formé parte de las otras listas negras que en el 2013 se conmemoraron.

Eramos varios los docentes, pediatras, psicólogos, trabajadores sociales, odontólogos, sociólogos y psicoanalistas. Durante 18 años, fui la representante de la Fédèration International des Ecoles des Parents (Francia) y referente para el Cono Sur.
Miles de madres y padres a los que escuché me autorizan a contar qué sucedía con ellos en aquella época. ¿Por qué no se me ocurre repetir aquel modelo en la actualidad, no obstante los pedidos?

No era difícil compaginar esa conducción porque existía un público decidido a ocuparse de la educación de sus hijos. Había otra realidad: precisaban asistir a esas reuniones para contar qué les había sucedido a ellos siendo niños y niñas. Y dado que yo había comenzado la divulgación del psicoanálisis en los medios de comunicación (Plotkin –investigador– lo cuenta muy bien en su libro, originalmente en inglés, Psicoanálisis en las Pampas), estos padres que se suponían neuróticos “por culpa de sus padres” estaban dispuestos a acatar las recomendaciones y críticas que les llegaban desde quienes conjeturaban que sabíamos algunas cosas. (El éxito produce rarezas: hace algún tiempo apareció una señora con profesión que dice ser creadora de escuela para padres de Argentina (¿?!), y así se presenta donde la invitan además de dictar cursos. El error (¿??) por su parte es persistente.)

Los párrafos anteriores eran necesarios para introducir una actualización: las consultas de jóvenes madres actuales, muy distantes psicológicamente de las que poblaban Escuela para Padres de los años ’60 a ’80 y las de la década del 90 comprando los opúsculos de Página/12. Las actuales, con hijos bebés, niños de tres o cuatro años, aparecen desconcertadas, por momentos como si estuvieran arrinconadas por los chicos. Hablo de las que están consultando, muy diferente de los sustos, rabietas y desafueros de las madres de años anteriores. Lo que encuentro ahora es una singular relación con el tiempo cronológico. Son madres sin tiempo para sentirse madres. Quiero decir, no sólo no disponen de tiempo para estar-estando con sus hijos porque trabajan y estudian, tampoco se encuentran cómodas con lo que les ocurre; las madres de décadas anteriores también trabajaban y estudiaban, pero se registraba una clara convicción de estar siendo una mamá.

A esta altura debo aclarar: esta que describo es una circunstancia que encuentro en clases medias altas y clases altas. No en las madres cartoneras ni en las madres de las zonas inundadas del conurbano, donde dialogamos en otros términos y la “falta de tiempo” es crónica.

“Yo lo veo en terapia...”

La vivencia que las incomoda, como si algo les faltara en la relación con sus hijos, parecería estar asociada con un hecho común. Madre y padre trabajan, niños en la guardería desde la mañana hasta las 16 o 17. A esa hora los padres los retiran y los regresan a casa. Pero... hay días en los que la madre concurre a sus clases de inglés, otros días al gimnasio y se ausenta. El bebé, a cargo de una abuela o de una empleada de servicio doméstico, sin razones para sospechar que estará mal cuidado. El padre puede tener otras ocupaciones posteriores a su trabajo diario.

Impresiona como si, cuando estas madres retornan y toman contacto con sus hijos, se encontraran con un desconocido. Ellas dicen “yo lo extraño durante el día”. Sucede que la criatura es un extraño para ellas porque el contacto diario les resulta escaso. Y sentirse distante del hijo bebé o del niño pequeño genera un particular malestar, máxime si ellas han aprendido que la maternidad tiene determinadas obligaciones de presencia cotidiana. La primera respuesta materna es: “Yo lo veo en terapia, pero no lo resuelvo...” Entonces, había que sumar el horario de psicoterapia como ausencia. Cualquier improvisado podría interpretar: se siente con culpa, simplificando el proceso de manera lineal: madre poco tiempo presente luego madre culpable.

La confusión parte de la idea occidental que tenemos acerca del tiempo. La palabra tiempo abarca dimensiones que no se pueden reducir a ménsula horaria. Existe aquello que se llama disponibilidad, ajena a las concepciones morales y normativas de la época y de los cánones psicoterapéuticos, o sea, el marco teórico donde la instalamos.

La disponibilidad está conformada por momentos y no cae dentro de los límites horarios y de los parámetros de las exigencias, y esos momentos se tornan consistentes cuando se aceptan como están siendo y no cuando se toma la iniciativa de dirigirlos, cercarlos con obligaciones y proyectos de futuro: “Cuando vuelvo a casa y baño al nene y lo cambio y le doy de comer y le leo algo y le enciendo un ratito la tele y lo duermo...”, es decir, allí no hay un solo momento ni mucho menos disponibilidad. Hay proyecto mecanicista siguiendo las instrucciones de alguna publicación especializada.
No hay disponibilidad, sino un sujeto sujetado a quien le han dicho cómo debe ser una madre.

Los chicos tienen derecho para llorar

Dicho sea de paso, realmente los adultos le llevan poco el apunte a los bebés y a los chicos. No es sencillo explicar que la disponibilidad compagina momentos del escuchar las “bobadas” que los chicos dicen, mucho más inquietantes que las bobadas que podemos introducir los adultos cuando pretendemos enseñarles cosas.

Aprisionada por las leyes horarias de los trabajos, las guarderías, jardines de infantes y el comienzo de los programas de tevé, todo atorado con las compras y los turnos de los pediatras, además de los logros personales de estudios, gimnasios y terapias, coronado por algunas preparaciones culinarias de emergencia, la disponibilidad queda entrampada por los ciclos de cada una de estas actividades.

Es la dimensión flotante, la que se adecua a los diversos momentos que son intensivos a diferencia del tiempo cronológico que es extensivo y les devora la disponibilidad, cuyo grado de libertad no se reduce a mirar la hora para “llegar a tiempo”. La disponibilidad es un estado de ánimo que se les encoge a estas madres alteradas por no saber cómo “manejar” a los más chiquitos a los que empiezan por tolerarles todo, que no equivale a comprenderlos. Si lloran, se desesperan e intentan que no llore. Un chico es un ser con permiso para llorar y matar de irritación a quien lo escucha si carece de disponibilidad para entender el momento, que es el de llorar, así como el de retobarse y no obedecer. Porque hay tiempos para llorar y para reír, el Antiguo Testamento dijo algo parecido antes que yo; y de la disponibilidad Confucio sabía un montón, también los taoístas.

Como dice François Julien, la disponibilidad no es una categoría moral ni psicológica, por eso se nos escapa; nos “sabríamos” de un modo distinto del conocimiento.
Mal podríamos encarar una Escuela para Padres siguiendo el modelo de los hijos y los padres de los años ’60 a los ’80. Todos leyeron psicología y psicoanálisis y tienen la medida de sus efectos, diferentes para cada familia. Han visto cine y tevé hasta el cansancio y conocen de educación de los hijos y de los conflictos y de las nuevas técnicas reproductivas y de los cuerpos artificiales y de las sustancias que se consumen, de la tecnología y de las habilidades del Dr. Google para responder cualquier duda.

Si todavía pueden aprender por qué conviene retirar el chupete alrededor del año de vida, si el bebé inicialmente lo admitió, y agradecen la explicación, lo que se encuentra en estas madres no alcanza los lugares del saber sino del modo de estar siendo mujeres sin renunciamientos innecesarios y obedientes y, al mismo tiempo, adecuarse a la situación en el momento en que se está viviendo, en lugar de planificar milimétricamente un futuro cuya certeza es inexistente.
Es la apertura continua a lo que ocurre y allí está el hijo que es un ocurrir continuo en espera de disponibilidad, no dentro del atropello de los tiempos horarios, sino en la escucha de sus manos y sus miradas cuando se encuentran o se extrañan en cada momento. Lo cual tiene poco que ver con la educación de los hijos, sino con la apertura de la escucha de estas jóvenes madres crispadas y frustradas por el cumplimiento del deber.

Publicado en Página/12 
06/02/2014

jueves, 9 de enero de 2014

La quiebra fraudulenta de los hijos adoptados


Por Eva Giberti

El trabajo terapéutico con adolescentes adoptivos constituye una fuente de aprendizaje permanente: “Ella ¿no me pudo tener o no me quiso tener?” Pregunta que se viene repitiendo en los últimos años en boca de los adolescentes, que hace veinte o treinta aparecía en la edad adulta.

El jovencito, acostumbrado a las no-respuestas por mi parte cuando las preguntas tienen ese color, continuó: “Porque son dos cosas distintas”. Mantuvo la argumentación: “Porque yo ya sé que soy adoptado, que me fueron a buscar a Misiones, que ella tenía 16 años, que tengo hermanos, aunque no sé cuántos, que el tipo que estaba con ella se fue y la dejó sola con los más chicos... Pero conmigo, ¿qué le pasó? En el expediente, ¿dice por qué me tuvo y después me dio?”.

Empezó a fastidiarse porque yo no respondía, ensayó sacar el celular sabiendo que mientras dialogamos tiene que estar apagado. Muy seria, le dije: “Y... el celular está igual que yo, no contesta...”. Rápido me replicó: “Sí, pero le aprieto la señal y enciende”.
Me sumé al diálogo: “Porque está cargado...”.

Entendió muy bien: “¡Y claro que estoy cargado!... Pero vos también podrías estar cargada y saber algo para contestarme. ¿Por qué, qué le paso a ella que me dio a mí y se quedó con mis hermanos?”.
Llegábamos al punto de inflexión que innumerables adoptivos sobrevuelan con sus mejores defensas, negando la existencia de otros chicos en la misma familia de origen, los que se quedaron con la madre: “Yo no creo tener hermanos”. Otros, reflexionando: “Si tuvo otros hijos para mí no son mis hermanos”. Y los más lúcidos: “Sí, pero ¿quién sería el padre de los otros? Ella –la madre de origen– es la misma, pero ¿con cuántos tipos tuvo hijos?”.

La rajadura en la imagen de la madre de origen aparece, reiteradamente, de manera distinta de lo que sucedía hace décadas. Durante los años anteriores, la madre de origen se mencionaba, negando su interés por ella, o bien se la conmiseraba pensando que había sido una pobre mujer víctima de abandono, o bien se la salvaba como heroína que llevó adelante un embarazo sin apoyo y debió deshacerse de la criatura.

Ahora se atreven a pensar en “los tipos con los que se acostó” –pregunta que los hijos no-adoptivos suelen elevar a la fase de la duda o de la certeza–, pero en años anteriores suponían que padre y madre habían engendrado a un solo hijo y a sus hermanos, sin ningún otro atravesamiento amoroso. Por lo general se podía comentar las travesuras del padre, pero tocar a la madre era muy raro.
En los adoptivos la figura del supuesto padre, el real engendrador, suele quedar encapsulada, ajena a la palabra que podría crearlo.

Si en alguna instancia surge un sentimiento de vergüenza en la construcción subjetiva de haber sido adoptado, ese sentimiento queda orientado hacia el varón que contribuyó a engendrar. El silencio a su alrededor, hasta ahora, parecía asociarse con el abandono o la desatención hacia la madre de origen que se descuenta es responsabilidad masculina.
Circunstancia que conduciría a la aceptación de otros hombres en la vida de esa mujer. Suposición habitualmente certera.

Lo novedoso reside en el lenguaje con que estos hijos adoptivos abordan el tema, incluyendo la soltura de sus palabras, la “frescura” en el decir para referirse a la madre de origen mirada como una mujer que pudo haber asumido múltiples relaciones sexuales.

Un dato de la realidad, si bien no generalizable pero que muestra tendencia, reside en que los adoptivos derivan su adopción de la fase capitalista de su época, si nos referimos a países de Occidente. El niño en situación de adoptabilidad que una nutrida población latinoamericana adopta refugiándolo, no es el que habitualmente se menciona cuando de adopciones se trata. No es la población que depende de un abogado para llevar adelante un juicio por adopción. Avanza en la crianza del niño y cuando le resulta cívicamente necesario “mueve los papeles”. Son los fenómenos típicos en América latina. Pero, por lo general, los hijos e hijas adoptivos con quienes hablamos provienen de patrocinios legales jurídicamente iniciados, o legales e iniciados bajo cuerda, con criaturas “conseguidas” en provincia y luego administrativamente legalizadas.

Este parecería ser uno de los puntos que mantiene en un pretendido ordenamiento los avatares de la adopción: si se sacudiera el árbol de la vida se desprenderían frutas con distinto nivel de madurez y alguna en términos de maduración extrema o ya resecada por el paso del tiempo. Estos niveles son los que se mantienen ajenos a los senderos de la Justicia, de los abogados, de los tribunales: por milésima vez escribiré que de los adoptivos los profesionales del derecho sólo pueden hablar parcialmente; somos los psicólogos que los acompañamos durante años, y muchas veces los encontramos como adultos, quienes conocemos de qué se trata el denominado instituto de la adopción.

De la sombra estremecida que resulta de sacudir ese árbol seminal de la adopción, empieza a rescatarse el lenguaje que algunos adoptivos y adoptivas han integrado para hablar de la madre de origen, partiendo de la misteriosa panza para interrogarse por los hombres que con ella podrían haber cohabitado. Es la perspectiva del hijo, que siempre existió en lo referente a la pobreza: “Ella era pobre sin duda y no pudo criarme”. Muchos relatos hicieron pie en ese argumento, auténtico de toda autenticidad. Al margen del cual el interés interrogado sobre sí mismo gira en redondo y algunos adoptivos se miran, subjetivizados por la no-pobreza, todo lo contrario. Y ese “quizás era muy pobre y no podía cuidarme”, se elonga hacia otra figura: “Como era muy pobre tenía que tener varios hombres para que alguno la acompañara”. Realidad muy lejana a un invento o fantasía; tal cual sucede con las madres habitualmente pobrísimas que no ceden a sus criaturas en adopción y alternan sus vidas con compañeros que asumen como propios –o no– el capital humano que esa mujer transporta como la dote de su existencia.

Si no fuera ridículo decir que estos adoptivos ensayan una mirada “capitalista” sobre la figura de la madre de origen autorizándola a cambiar de compañeros por ser pobre, sería malvado. Y no lo es, simplemente, “es la economía, estúpido”, es la perspectiva de quienes no tuvieron que preocuparse por su sobrevida, ya que fueron adoptados por quienes los amaron y dispusieron de bienes para educarlos.

Es la palabra nueva, la expresión directa que no se estruja antes de pronunciarla: “Mi mamá de origen vaya a saber cómo vivió, y con quiénes, después de que me dio en adopción”.
En los 50 años que llevo escuchando adoptivos, adoptantes, niños y adultos, esta expresión recién la escuchaba cuando hablaba con una o un adulto, nunca en boca de un adolescente, que quizá lo pensaba. Pero ahora la inaugura, la crea y la organiza con el lenguaje que amontona y estructura el inconsciente para atravesar los puentes que la posición económica como adoptivo le autoriza, cuando quiere hablar de su origen.

¿Pero no será porque a esas edades el pensamiento, los procesos cognitivos se compaginan de otro modo, aparecen otras lucideces que no tienen que ver con la economía, con la perspectiva capitalista? El capitalismo no es una mala palabra como sabemos.

Y si un adolescente adoptivo muy pobre empuña la frase, la dice desde otro lugar, el que no es insignia de una diferencia con ella. En todo caso, es un “otro semejante” de aquella madre de origen porque conoce ese origen que el otro adoptivo nunca vivió porque no fue necesario.

Los adoptivos con los que habitualmente tratamos gestionaron sus vidas en un horizonte en que se valorizaba el rendimiento y el éxito como continuidades del proceso de adopción, proceso razonable por cierto. Lo que les sucede es que ahora registran su identidad en el borde de lo que cuentan los libros técnicos: siendo un hijo que alguien debió ceder para que otros lo acompañasen, la madre de origen quedó en situación de quien debe rehacerse después de una quiebra y claudicación por lo menos de un capital: ese hijo ahora adoptivo. Debe encontrar otros socios para que otro árbol de la vida la cobije, ya que sólo aprendió a parir hijos en la pobreza extrema que América latina no logra resolver. Este segundo punto no es el que tienen in mente estos hijos adoptivos, pero sí reconocer la necesidad de sobrevida de esta mujer, lo cual le impide al adoptado denigrarla porque “debe haber habido otros hombres después que me dio”.

Estos adoptivos, zarpados en el lenguaje de la connivencia habitual con nosotros, sintonizan con una sorprendente misericordia administrativa y verbal el relevo de los sucesivos compañeros de sus madres de origen porque la máquina capitalista les ofrece una alternativa para comprender sin juzgar ni sentirse avergonzados por “los hombres en la vida de mi madre. En todo caso, cretino el que la abandonó cuando se embarazó de mí”.

Alguna vez, hace años, me dijeron: “Si lo llegara a encontrar, le rompería el alma a patadas”. Tengo que esperar que esa frase aparezca en alguna consulta. Pero temo que el alma no cotice como para pretender rompérsela al sujeto que se fugó generando una quiebra fraudulenta.

Publicado en Página/12 
 9/1/2014

viernes, 3 de enero de 2014

La línea 137, un programa exitoso que afronta el desafío de ampliarse

El programa “Las Víctimas contra las Violencias”, que en la línea gratuita 137 recibe llamados de personas de Ciudad de Buenos Aires que sufren maltrato familiar y violaciones, es "exitosísimo", afirmó la psicóloga Eva Giberti.


"Nosotros somos un programa exitosísimo que desde su experiencia en Ciudad de Buenos Aires ha extendido el 137 a Chaco y Posadas, y tenemos un pedido concreto de instalarnos en 2014 en Salta", dijo a Télam Giberti, coordinadora del Programa que asiste y acompaña a las víctimas 24 horas los 365 días del año.


La brigada móvil contra la violencia familiar está formada por equipos de psicólogas y trabajadoras sociales acompañadas por dos suboficiales de la Policía Federal que se acercan inmediatamente a la escena de la violencia y acompañan a la víctima a la comisaría, y al hospital en caso de ser necesario.

“Las cosas no son fáciles porque necesitaríamos mucha más gente para atender más llamados telefónicos, no obstante, si bien un Programa no cambia una cultura, `Víctimas contra las Violencias` se asentó”, evaluó la experta, para quien "sí hemos logrado una conciencia, hay instrumentos y recursos: lo que ocurre es que hay que ir aumentándolos en proporción al fenómeno que se ha generado".

Giberti contó que uno de los objetivos del programa es "lograr detener a los violadores, a los que (antes) no se podía apresar porque la víctima dejaba caer la denuncia para no volver a vivir el trauma de pasar por preguntas inconvenientes".

Actualmente, cuando la víctima llega a la comisaría, “la deben sentar en un lugar recoleto, darle un vaso de agua y llamarnos para que la persona no declare si no estamos, y a partir de eso no la dejamos un minuto sola sea mujer, adulta, travesti, niño o niña".

"¿Cuál es el resultado? Que tenemos siete violadores seriales detenidos porque la víctima hasta el último momento tiene un profesional al lado", enfatizó.

Giberti consideró que "es todavía difícil llevar el Programa a las provincias porque hay que trabajar con el prejuicio de un país eminentemente patriarcal, y hay que entrenar a policías para que el cambio lo vean no digo ´mis nietos´ sino mis bisnietos". 

La psicóloga, psicoanalista y asistente social contó que “el  Programa existe por pedido de el expresidente Néstor Kirchner, quien me llamó con la idea de que fuera nacional y atendiera violencia familiar, sexual, niños prostituidos y yo introduje el tema trata de personas", que estaba pendiente.

Entonces Giberti trabajó con Aníbal Fernández, ministro de Interior en ese momento, y Cristina Zabala, secretaria de Seguridad Interior, con un plan claro centrado en Ciudad de Buenos Aires, donde se armaron los primeros equipos.    

"Con el 137 somos bomberos que vamos, le sacamos la víctima de las manos al victimario y la llevamos a hacer la denuncia”, indicó.

La ley 26.485 de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales creó la línea nacional 144 a nivel nacional, que pregunta a quien llama en qué dirección está, y si es en Ciudad, lo deriva al 137.

"Desde octubre del 2006 a fines de 2013 atendimos unas 20.000 víctimas mayores y unas 10.000 menores, y fuimos a la casa de infinidad de mujeres golpeadas por sus parejas, muchas de ellas tan aterrorizadas que ni se animan a pedir ayuda".

Además, "entre el 58 y el 60% de los abusadores o violadores son conocidos o miembros de la familia, y este delito abarca cualquier condición social", advirtió.

Giberti sostiene que "hay que entrenar a las mujeres para que no toleren golpes y se defiendan llamando para pedir auxilio a la línea 137, pero además enseñarle a los chicos, desde pequeños, que no se puede golpear a una mujer porque eso es delito".

El llamado al teléfono 137 lo puede hacer la víctima, un vecino o un familiar, y los profesionales de la Brigada cuentan con cuatro abogadas para consultar en caso de necesitar asesoría jurídica durante la intervención en la calle o en el domicilio.

El programa cuenta con un cuerpo interdisciplinario que analiza y evalúa los comportamientos familiares a través de entrevistas tanto con el golpeador como con sus parientes, de modo de lograr un diagnóstico de riesgo intrafamiliar.

Cuando se trata de una violación, se recomienda ir a la comisaría más cercana sin bañarse, para obtener pruebas que identifiquen al violador: las comisarías de la Ciudad tienen orden de llamar inmediatamente a la Brigada, que acompañará a la víctima a un hospital en el que le suministrarán medicamentos para prevenir enfermedades de transmisión sexual y la píldora del día después.

Nota realizada por la Agencia Télam.

 

Programa Las Víctimas Contra Las Violencia en Misiones

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Como consecuencia  de la implementación del Programa Las Victimas Contra Las Violencias en la provincia de Misiones, se celebró, el día 13 de diciembre, una conferencia de prensa en la que participaron el Ministro de Gobierno Jorge Daniel Franco, la Dra. Eva Giberti Coordinadora del Programa Las Victimas Contra Las Violencias, el Subsecretario de Seguridad y Justicia Dr. Julio Cesar Lenzken, la Presidenta del Superior Tribunal de Justicia Ramona Velázquez, Rosana Franco Subsecretaria Relaciones con la Comunidad, responsable de la Línea 137 en la provincia de Misiones, el Jefe de la Policía de Misiones, Crio. Gral. Jorge Héctor Munaretto y la Comisaria Marta Cervantes.