El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

lunes, 6 de febrero de 2017

EL ACONTECIMIENTO

Por Eva Giberti*
**La obediencia y la subordinación que históricamente debían formar parte de la “personalidad femenina” constituían valores para las mujeres,  eran los recursos que el patriarcado fogoneaba para disponer de esclavas dispuestas a reproducirse según los mandatos del varón y a satisfacerlo en todos los niveles posibles. En los imposibles también, ya que el femicidio constituye la vulneración de la posibilidad de vida.
El imaginario social confirmaba –aún persiste– los prejuicios acerca de “la complejidad del psiquismo de las mujeres” mediante frases típicas: “Nadie entiende a las mujeres”, “¿que querrá una mujer?”, “con las mujeres no hay manera de entenderse”.
Los años de lucha de aquellas en busca de sus derechos, enfrentando obstáculos y sobreviviendo a violencias múltiples, fermentaron musitando resignaciones que constituían una modalidad que nunca se hizo carne auténticamente en las mujeres. En paralelo, las frustraciones y las humillaciones generaron hostilidades que si bien eran necesarias como reacciones defensivas podían expresarse mínimamente, exceptuando rebeliones míticas e históricas.
Empezamos por Lisistrata, episodio narrado, según Aristófanes, 411 años antes de nuestra era en la cual las mujeres se negaron a copular con sus maridos para impedir que siguieran combatiendo en la guerra del Peloponeso: hasta que los hombres dejasen las armas no habría sexo entre las parejas. Ganaron. Entre nosotros, la primera huelga docente en Argentina en 1881 fue encabezadas por las maestras de San Luis debido al atraso en el pago de sus sueldos y en contra de los recortes de los sueldos y despidos de los empleados públicos (decisión de Avellaneda por la crisis de 1874). En ambas circunstancias ejercieron hostilidad, sentimiento riesgoso por su capacidad destructiva y por la posibilidad de ser derrotadas en el enfrentamiento si el contrincante es imbatible.
El psicoanálisis nos aportó la idea de deseo hostil como transformación de la hostilidad, el cual logra generar matices al promover el deseo de saber y el anhelo de poder; se diferencia de la brusca e indiscriminada reacción afectiva que habitualmente existe en la hostilidad. Al mismo tiempo, perfecciona el juicio crítico capaz de reconocer las injusticias y produce acciones decididas, intenta nuevos logros y encuentra nuevos intereses siempre dentro del deseo de obtener un triunfo sobre la frustración. En la construcción de deseos hostiles resultan fundamentales las actitudes hacia la obediencia como injusticia cuando ésta busca el sometimiento, la subordinación y el silencio de quienes aspiran a sublevarse. Estos deseos, para surgir, elaborarse y concretarse, precisan una progresiva capacidad de abstracción que permita matizar las situaciones y reconocer el momento en el cual deberán expresarse. O sea, se trata de un intenso procedimiento de índole política que se desarrolla en el tiempo a medida que se comprenden las circunstancias de la propia vida y se revisan las relaciones con quienes nos rodean y con aquellos que pretenden dirigirnos.
Introducir la idea de deseo hostil resultaría exagerado si pretendiese que los movimientos de mujeres que hoy han sacudido la historia del mundo surgieron modulados por ellos. El deseo hostil es un recurso que el psicoanálisis nos ofrece para pensar en términos personales y no en sacudones históricos. Pero la asociación puede permitírseme si recuerdo las escenas de las primeras sufragistas huyendo de la policía por las calles de Londres y la notoria diferencia con las actuales organizaciones de mujeres que, entrenadas durante siglos para tolerar frustraciones, hoy se organizan mostrándole al mundo cómo es posible cambiar los cánones de la obediencia impuesta como sometimiento. Hoy convive la hostilidad con el deseo hostil y el juicio crítico: las calles sostienen las consignas (que son texto), los gritos y las proclamas.
Fue preciso que las mujeres se opusieran a todo aquello que se les había atribuido como evidencia de sus imperfecciones e imbecilidades y paulatinamente construyeran juicios críticos que resquebrajaran las definiciones patriarcales. Había que mostrar el poder que tienen los pensamientos reflexivos, críticos y revolucionarios para sustituir la razonable hostilidad inicial por nuevos hechos históricamente inesperados e imprevisibles. Hechos que, desde la lógica hegemónica no deberían existir pero que no obstante surgen, se revelan de manera súbita e impredecible. Así lo definiría Badiou cuando se refiere a la aparición del acontecimiento que subvierte el sistema de creencias. La densidad de la obra de Badiou no merece este recorte banal, pero su idea de acontecimiento –mucho más compleja que mi reducción– permite nominar esta aparición del movimiento de mujeres que nos prometemos internacional.
Acontecimiento que importa reconocer porque proviene de una mayoría estadística: las mujeres somos el 52 por ciento de la población universal, circunstancia que inscribe nuestros movimientos en los hechos inesperados e imprevisibles.
También sabemos de la dificultad de quienes siendo mujeres quedaban encapsuladas en los mandatos que los varones imponen y no podían gestar ni hostilidades ni pensamiento hostil. Pero “el tiempo (que no) debe detenerse”, aliado de las mujeres, expertas en todas clase de esperas, ha ingresado en nuestras vidas como una variable que marca la oportunidad y convoca al acontecimiento.

* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Publicado en Página/12 el día 6 de febrero del 2017

miércoles, 14 de diciembre de 2016

FEMICIDIO ¿CONTAGIOSO?

Por Eva Giberti*
**Si nos proponemos una búsqueda rigurosa referida a la utilización de  ciertas palabras, encontraremos que existen rachas lingüísticas, épocas en las que repentinamente un singular universo de ciudadanos se pregunta con y por las mismas palabras: “Este asunto de matar mujeres, ¿qué pasa? ¿Es contagio? ¿Será imitación? Y la pregunta implacable: “¿Ahora hay más o están más visibilizadas?” Digo implacable porque no falta en las entrevistas cuando sabemos muy bien que recién actualmente empezamos a contar con estadísticas oficiales. Y que por lo tanto la comparación no es posible.
Veamos: contagio proviene del latín contagium derivado de tangere; se refería a tocar en Medicina del siglo XVIII. Contacto, influencia, contagio. Ovidio lo mencionaba como la influencia de un alma enferma (corrompida) y Lucrecio hablaba de contagio del delito. Por lo tanto, para aquellos latinos cabría hablar de contagio. Pero actualmente se lo aplica hablando de virus.
Los diccionarios acotan: “Transmisión o adquisición de una enfermedad por contacto con el germen o virus que la produce y también  transmisión de sentimientos, actitudes, simpatías, etc.” Y además, inoculación, infestación. De modo figurativo; influencia perniciosa, complicidad, relación, correspondencia,
La explicación se busca por medio de la “imitación” o copia y no falta quien remite a la identificación. Un sujeto que se identifica con el homicida y mediante el proceso identificatorio, procedería del mismo modo.
¿Cuáles serían las relaciones entre el contagio y el homicidio de mujeres? Los varones violentos ¿se contagian entre sí diseñando un circuito de sujetos contagiosos que se recortarían en el universo masculino para copiarse entre ellos y decidirse por el homicidio de mujeres? Porque si hablamos de contagio, identificaciones, imitaciones y copias tendremos que enlazar a unos con otros y suponer que el homicida Juan se identificó con los homicidas Pedro y Javier (uno u otro según lo que hubiese leído en el diario o mirado en tevé). O quizá sólo le alcanzó con informarse de otros homicidios para ser arrastrado por el mecanismo identificatorio que actuaría más allá de su voluntad; sería una conducta no del todo consciente, y podría ser inconsciente. Por otra parte, si se “contagiaran” de conductas homicidas, el contagio no sería voluntario; es evidente que el verbo contagiar precisa de una tercera instancia que es el factor contagiante, un virus o una mala influencia, siempre de un tercero. Alivio para la responsabilidad del sujeto, constituye una estrategia para concluir que “algo le pasó” al homicida, es una víctima de contagio o de los malos ejemplos. Una joya semántica para neutralizar su responsabilidad.
Para cualquiera de estas palabras la cuestión reside en dejar de lado la decisión autónoma y concreta del varón violento cuando decidió matar. O el virus o la pésima influencia de un tercero que pesaría en el ánimo vulnerable del homicida expuesto o al contagio o a la terceridad. De este modo el femicida queda al margen de lo que constituye el eje de su decisión, que es su deseo de matar que no se le contagia de otros ni lo posiciona como un imitador. 
Mata en tanto y cuando dispone de su deseo de matar, que Freud  analizó en Totem y Tabú: primero existe ese deseo y luego su racionalización. No es el objeto lo que hace –conduce– al deseo de matar, no es esa mujer, sino es el deseo de matar el que encuentra a la mujer que lo pondrá en marcha. No forma parte de la vida instintiva del sujeto, lo adquiere en su vida social en busca de poder, una forma de adquirirlo y gozarlo. Dicho sea de manera simplista y elemental, como intento de lateralizar las asociaciones entre contagios, imitaciones y copias que han puesto en evidencia lo intolerable que resulta asumir lo impredecible, incontrolable, el no saber qué hacer, la infinita dificultad para regular la violencia machista.
Un pensamiento colonizado y determinista insiste en buscar la causa de los femicidios sin que sea posible tranquilizarnos diciendo “¡Ah! ¡era por eso!”
Nuestras víctimas, como las de Ciudad Juárez en México y las de otras latitudes, sostienen las pautas de la necropolítica en la dimensión específica de los géneros, en este caso de las mujeres. Foucault ya había hablado del biopoder y las situaciones de los Estados que pierden  o disminuyen la gestión de la sociabilidad, que hoy en día Mbembe analiza como fenómeno africano y que incluye el poder coactivo cuya médula se enraiza en el deseo de matar. Si bien la comparación puede resultar una extensión ilícita de la necropolítica, la selectividad de estos femicidios la tornan asociable a las persecusiones que se ejecutan en determinados Estados ya que no se trata de homicidios habituales sino  enlazados con la condición genérica de las mujeres.

Las sobrevivientes

Escribí reiteradamente en PáginaI12 contando cómo trabajamos en el Programa Las Víctimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. La víctima o un vecino nos llama al número 137 y concurrimos a buscarla (un policía, una trabajadora social y una psicóloga) a su domicilio o donde se encuentre y la conducimos a realizar la denuncia por la violencia padecida. Hace diez años escuchamos, durante horas, las narraciones de víctimas de violencia familiar. Expongo entonces, uno de los historiales que sirve para pensar si se puede hablar de contagio o equivalentes o empezar a pensar desde otros ángulos el proceso machista que tenemos delante. Reproduzco –con alguna modificación por discreción profesional– los dichos de una mujer. Que no es única, sino que la selecciono por su redundancia: “Me pegó con un arma en la cabeza, me seguía gritando… quiso ahorcarme… le grité al nene (seis años) que corriese a buscar ayuda… Entonces él me disparó en el estómago pero no salió el tiro… volvió a tirar, se le trabó el arma y yo me escapé… Lo que pasa es que le prohiben que vuelva, lo excluyen por la denuncia, pero siempre  vuelve.”  
Más allá de todo cuanto se podría pensar acerca de estos historiales, este sujeto ¿es un femicida? No, porque no la mató. ¿Disponía de deseo de matar? Sí, dos veces gatilló el arma y la bala no respondió. Continuará viviendo con esta mujer o con otra, según sea su condena (lo que se logre). Así se organizará su nueva vida como parte de una necropolítica que, para superarse, precisaría pautas sociopolíticas, estatales, ejercicio de la justicia y la protección integral de la víctima destinada a prever lo que como podemos verificar ha sido anticipado.
Inútil es la indignación de quien lea. Sucede de este modo y no es el tema del artículo, sino la pregunta : ¿cómo se contagian estos violentos? ¿De quién? ¿Con quién se identifica cuando gatilla dos veces sobre su víctima? ¿A quién imita? 
Si entendemos cómo funciona en algunas oportunidades el prefemicidio, habremos comprendido hasta dónde es pertinente pensar en contagios, o imitaciones: escuchar a las víctimas nos torna furiosas contra lo repetido, y nos reclama prudencia al buscar las causas y nombres para aquello que nos aplasta por ser impredecible, quizá meticulosamente anunciado.

**Publicado en Página/12 el día 14/12/2016

martes, 23 de agosto de 2016

DIFUNDIR LA VIOLACIÓN

Por Eva Giberti*
**Es posible celebrar la veloz y eficaz reacción que la comunidad, en especial los medios de comunicación, produjo con motivo de las declaraciones de un cantante rockero que “bajó línea” en relación con la violación de mujeres. De su inmundicia –el texto fue nutrido con condimentos psicopatológicos– cabe mencionar como detalle el haber utilizado la cátedra de una Escuela de Periodismo para expresarse. Pero en este oportunidad el texto aberrante –que sin duda comparten innumerables varones– tuvo su correlato fecundo: la comunidad se mostró sensible y encendió la alarma. Lo cual conduce a reflexionar acerca de la dimensión antagónica de lo que habitualmente sucede: la insensibilidad y acostumbramiento de las poblaciones ante los horrores que los medios fotografían, exponen y describen cada día, así como ante las expresiones de autoridades que vulneran los derechos de las mujeres utilizando su lugar de poder. La brutalidad de las expresiones que utilizó este cantante coloca en superficie el horror que se siente ante las historias de violación, a pesar de su cotidiana aparición.
El acostumbramiento a lo que constituye el horror puede tambalear sin embargo cuando se fotografía el cadáver de un niño sirio, Aylan Kurdi, recogido en una playa turca; entonces la sensibilidad doméstica se altera; pero hizo falta esa escena que mostró cómo las olas depositaban el cuerpito en la arena. Mientras tanto miles de refugiados son perseguidos y otros tantos mueren ahogados a veces despertando lejana indignación y también rechazos porque: “no corresponde que inunden los países de otra gente”.
Inútil enunciar escenas horrorosas que denuncian el hambre en el mundo, porque resultaría interminable. Aquello que es preciso poner en evidencia es el acostumbramiento al espanto de aquellos desastres que convocan a millares de víctimas, entre ellas las catástrofes por doquier y las víctimas de episodios sangrientos. Todo mostrado cotidianamente de forma tal que la sensibilidad queda atorada; entonces empezamos a descubrir que la insensibilidad, precisa recurrir al mecanismo de la negación para no reconocer el horror que impide asumir lo que se está viendo o escuchando. De este modo, gracias a la insensibilidad se pierde la posibilidad de reflexión mental y el significado simbólico de aquello que se presencia o se conoce. Insensibilidad que no es ajena al consumo de sustancias “tranquilizantes”, “equilibrantes” y estimulantes que se ha disparado en el mundo occidental, una de cuyas funciones reside en impedir que determinadas emociones rocen la sensibilidad personal, asociada fuertemente con los pensamientos, conclusiones y reacciones de índole moral que podemos poner en juego.
Stanley Kohen habla de la fatiga de la compasión y se pregunta si “¿estamos hablando de una reacción frente a una crisis particular o de una disminución más general de la sensibilidad moral?” Introduce la idea de compasión como una vivencia que debe ser aprendida y enseñada y que al mismo tiempo podría ser una reacción “natural” ante determinadas situaciones desencadenada por el sufrimiento de los otros.
Los sufrimientos que ordenan los paisajes cotidianos mediatizados y que se repiten de manera intrascendente coadyuvan en la insensibilidad y el vacío de compasión pero en realidad no alcanzarían para la respuesta visceral de cada quien; precisan la convivencia con situaciones dolorosas que se resuelven pensando “siempre ha sido así”. El imaginario social está poblado de estas frases que justifican la negación del sufrimiento de otros, y, en oportunidades, como lo protagonizó ese cantante de rock, apelando a la posible histeria de alguna mujer que “precisaría” la violación. Cualquier argumento histórico o pretendidamente psicológico para recurrir al mecanismo de negación que nos conduce al embrutecimiento de los sentidos y a la pérdida de la capacidad simbólica que ayuda a pensar: ¿qué les sucede a esas personas que son victimizadas y su historia nos sirve como espectáculo?
Cuando celebro la reacción comunitaria en este caso de atropello divista (en boca de un cantante considerado divo) lo hago como contraejemplo de la insensibilidad mental que se patentiza cada día ante los cuadros dolorosos que podrían comprometernos y no obstante son recibidos mediante el mecanismo de la negación. Más aún celebro que no se haya formado –todavía– un club de varones dedicado a localizar mujeres histéricas para violarlas. Porque podrían ser innumerables aquellos que se mantuviesen ajenos a esta celebración y mantuviesen la insensibilidad cotidianamente adquirida y el embrutecimiento que los desplantes morales inducen.

*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Artículo publicado  en el diario Página/12 el 19 de Agosto de 2016