El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

jueves, 30 de noviembre de 2017

ASUSTADOS E IMPOTENTES

*Por Eva Giberti

**Ella: “Sabés muy bien que estoy estudiando, no te hagas el boludo…” Frase que desató la furia del marido: “¡Siempre me insulta!” Ella: “No es un insulto. Es una frase común.” El: También el nene me llama boludo porque vos le das el ejemplo…”

El diálogo, con tonos subidos, lograba la vigencia de una típica discusión matrimonial delante de una profesional que era posicionada como testigo fértil para dilucidar quién tenía razón. 
Sin duda existe una violencia en la que se transgreden los límites que distinguen y diferencian a las personas entre sí, para organizar, en cambio, una mescolanza de gritos e insultos, donde arde la sinrazón y el odio. Aunque sea momentáneo. Que así son los odios entre las parejas que viven juntas y a veces también se aman.

Transgreden la frontera instaurada por la convivencia donde se cría y educa un niño que, según recomendamos los psicólogos, “precisa límites” para entender qué significa ser un hijo, en realidad, tener padres.
El punto de inflexión de estas parejas reside en un hijo que no titubea en consagrar la boludez de su padre mientras la madre lo identifica como tal y el varón acata la calificación reclamando modestamente.
La escena podría narrarla al revés, habiéndola escuchada con los papeles cambiados: el varón, conjuntamente con la hija, certifican que la madre es una boluda y ésta lo acepta como si el calificativo formase parte de su pastel de boda y lo digiere con naturalidad.

¿Dónde encuentro que las consultas cambiaron sus contenidos? Hace diez o quince años las consultas –además de las que encerraban “problemas de pareja”– mostraban claramente “problemas entre padres e hijos”. En la actualidad, esos problemas ocupan un lugar fenomenal, pero surgen encubiertos por violencias de género, es decir, negando que un niño no puede insultar a su padre o a su madre mientras cualquiera de ellos permanece pasivo como si se tratase de “algo que hacen todos los chicos”. De donde, tirando de este hilo, nos encontramos con que el consultorio retorna a los conflictos que durante décadas expuse en Escuela para Padres, pero con otros padres y con otros niños. Y asomando en superficie, claramente, el grave problema de la autoridad en el ámbito familiar, que resulta de quien cada persona sea, como lo diría Bordieu “La autoridad siempre es percibida como una propiedad de la persona.”
Los chicos actuales padecen una dolorosa carencia de autoridad parental. Sus padres son boludos y boludas y los hijos deben tolerar esa minusvalía que aquellos les certifican con su tolerancia y con el miedo que les tienen. Miedo de que los hijos se enojen, miedo de ser injustos, miedo de no tener razón. Miedo de ser autoritarios, prefieren el insulto canchero y amical, confundiéndose y pensando que mejor es ser amigo de sus hijos.

Si bien la palabra boludo tiene raigambre histórica (eran quienes agitaban las boleadoras que se usaban en la guerra de la Independencia) su vigencia social indica torpeza y bordea el insulto; aunque su uso se ha familiarizado está muy lejos de indicar un elogio. Vivimos en la naturalización de boludo-boluda como latiguillo que acompaña cualquier frase cotidiana, pero en boca del hijo hacia el padre o la madre indica insulto, desvalorización y la vivencia del hijo de una cierta superioridad moral del niño respecto del progenitor descalificado porque asume el epíteto como algo lógico. 

La pareja consulta creyendo que padecen violencia de género (que sin duda utilizan) pero aplican una violencia previa, la generacional: la generación de los adultos carece de la autoridad necesaria para que los hijos crezcan tranquilos. Los chicos los clasifican como boludos esperando que dejen de serlo, es decir, que no toleren ser insultados. Lo cual arrastra otras  limitaciones necesarias  que son imprescindibles para convivir y que exceden el lenguaje.
Las consultas relacionadas con violencia familiar existen y es prioritario trabajar con ella ya que privilegia la violencia contra la mujer y no corresponde utilizarla para silenciar la impotencia ante los hijos. 

Las consultas ocultan su verdad al oficializar una violencia de género que es una socialización de la vida de la pareja para llevarla a la consulta pero, escamotean su propia verdad. Es la que los hijos ponen a prueba cuando con sus conductas evidencian que son dependientes de una autoridad  de la que no pueden prescindir. La reclaman con sus desafíos y su búsqueda permanente de límites, esos que los padres borran entre ellos cuando se boludean recíprocamente. El orden social que se solicita cuando se asiste a una consulta –esa es la razón del consultar, restaurar un orden social resquebrajado– es el que precisamos para convivir del mejor modo posible.

En la consulta, ¿escuchamos a padres muy cansados, agotados, frustrados? La paternidad y la maternidad ¿se han transformado en tareas insalubres? Ser padres, ¿todavía nos gratifica narcisísticamente? ¿Los hijos habrán aprendido –no sabemos con quién– a demandar sin esperanzas de ser escuchados?


Las violencias de género que nos ayudan a defendernos de los horrores del maltrato y de la opresión son específicas, y obligatorias sus denuncias. Pueden coexistir con la ausencia de criterios adultos para solventar a los hijos; por eso para la convivencia familiar también es peligroso, como la violencia de género, no darse cuenta que los chicos eligen un insulto para llamar a los padres por su nombre. Así están, asustados e impotentes por lo que pueden hacer.


*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias 

**Publicado en Página/12 el día jueves 30 de noviembre del 2017

lunes, 25 de septiembre de 2017

HAY QUE SACAR EL TEMA DE LA PENUMBRA




* Por Eva Giberti
**El silencio siempre apagó el conocimiento de los hechos. Los adultos desconocían o negaban aquello que podían sospechar y los niños, temerosos, a veces avergonzados, no hablaban. De este modo el abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes ha permanecido en la penumbra durante décadas.
En oportunidades la confidencia surge desde un adulto que en sus sesiones de psicoterapia, repentinamente, comienza contar lo que le sucedió cuando tenía seis o siete años. No entendía cuál era su responsabilidad en lo que le sucedía. El abusador le comentaba que "eso que hacían" era "un juego entre ellos y que debía permanecer en secreto".
La intimidad entre el abusador y su víctima resulta de la relación entre ellos. Las estadísticas internacionales son explícitas: el mayor porcentaje de abusos sexuales la producen familiares cercanos, prioritariamente el padre. De allí, el tormento que para el menor significa asumir que la figura tutelar, que también puede ser un abuelo o un tío, figuras que se instituyen como modelos y protectores, sean aquellas que se anudan a prácticas delictivas.
Si el silencio es la clave que impide intervenir para detener la tortura que padecen tantos niños y niñas, se trata entonces de hablar. Esta ha sido una decisión del Ministerio de Justicia de la Nación, mediante su Programa Las Víctimas contra las Violencias que desde noviembre del año 2016 ha instalado un número nacional, el 0800-222-1717, para recibir llamados que solicitan orientación. El teléfono es atendido por un equipo de profesionales, psicólogas, trabajadoras sociales, asesorado por abogadas. ¿Qué es lo que nos llega? Voces de adultos que refieren su conocimiento de una criatura abusada o bien que narran sus propias historias de infancia. Todos ellos necesitan una escucha.
Se identifica a quien se comunica y se le sugiere que recurra al organismo de Protección de la Niñez de su zona, cuya dirección aportamos. Y se hace un seguimiento de cada caso.
* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias. ** Publicado en el diario La Nación el día 23 de septiembre del 2017
   

martes, 4 de julio de 2017

LAS VICTIMAS CON SU LEY

*Por Eva Giberti

**Las personas víctimas son tema de estudio, de atención, de preocupación y sobre todo de comentarios. Pero ha sido necesario que persistiesen como presencias repetitivas, cansadoras, extenuantes y corajudas en los ámbitos legislativos para lograr una legislación que las amparase; por fin “en votación unánime, la Cámara Baja sancionó el proyecto…”

La idea de víctima, en tanto conceptualización, se instituyó paulatinamente en el pensamiento moderno, articulada con el surgimiento del concepto de violencia. Tanto las víctimas cuanto las violencias están asociadas con los cambios que se produjeron en la concepción de “la fuerza”. Todo dependía de dónde se cobijaba esa fuerza y cómo se expresaba y así transcurrieron los siglos y las discusiones de la Modernidad tardía hasta que llegamos a hablar de violencias, por extensión, de víctimas. Las víctimas constituyen una existencia real e inevitable, dice Dussel “que son las que sufren los efectos negativos no-intencionales, las imperfecciones, las injusticias de las instituciones empíricas, o perfectas, finitas de los sistemas existentes”.
Y el autor se pregunta “¿Quiénes son las víctimas? ¿Por qué son víctimas, en qué circunstancias fácticas  lo son...?”

En realidad, la víctima implica una contradicción ante las instituciones que se ocupan de evitar el dolor y la muerte. Los desarrollos teóricos de Dussel son intensos y certeros, particularmente cuando afirma que la víctima es un viviente humano y tiene exigencias propias no cumplidas en la reproducción de la vida en el sistema. Es el destituido que aún no alcanza a ponerse de pie y éste es el punto que demanda criterios morales para la aplicación de cualquier legislación o reglamentación que pretenda defender y acompañar a la víctima del delito.

Será preciso que todos aquellos que se acerquen a la víctima ahora protegida hayan tomado conciencia de las violencias que han asolado a la víctima. Ella no es “un alguien” en quien se aplicará una ley, sino un viviente humano en quien han fracasado los sistemas que pretendían o declaraban protegerlo.

Los riesgos que se corren en las aplicaciones de leyes y reglamentos residen en la confusión que suele surgir cuando se trabaja con víctimas que caminan como nómades de un juzgado a otro, de una comisaría a una fiscalía e inevitablemente terminan ahogándose sumergidas en la búsqueda de papeles que confirmen su identidad, su existencia y sus derechos. O sea, cuando la “fuerza” de la ley se transforma en violencia al aplicar la ley. Parecería inevitable que sucediese de ese modo porque estamos ante una nueva norma y las normas se nutren con papeles y timbrados que se transformarán en documentos definidos a posteriori como imprescindibles para salvaguardar el ordenamiento y clasificación de las que han sido reconocidas como víctimas del delito.

Ha sido posible atender el derecho de las víctimas del delito. Un logro que demencialmente tardó muchos años en reconocerse como necesario. Pero esa tardanza es parte del mismo sistema en el que ahora está inserta la nueva norma. Ya no se tratará de legisladores sino de otros oficiantes que cursan tradiciones antiguas y monolíticas y que viven en los sistemas y se reconocen entre sí como necesarios y aun imprescindibles. Que no distinguen al viviente humano como tal sino al demandante que aguarda se le reconozcan sus derechos como la nueva norma lo indica, esperando su turno en una cola interminable.


Más allá de las tradiciones burocráticas –que históricamente fueron inventadas para evitar postergaciones–, esperamos la acogida luminosa, inquieta, ágil que torne menos contradictoria la realidad de los sistemas, ante la presencia de las víctimas del delito que han sido reconocidas, miradas y clasificadas como personas destituidas que ahora podrán ponerse de pie.

* Coordinadora del Programa Las Vícitmas Contra Las Violencias.
**Publicado en el diario Página/12 el día 4 de Julio del 2017