El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

martes, 14 de marzo de 2017

UNA VIDA DESPATRIARCALIZANDO

A los 88 años ha visto casi todo. Menos un paro internacional de mujeres de 50 países. Sin embargo, no le produce asombro ni desconcierto. Tiene una gran expectativa. Para Eva Giberti, este acontecimiento “es la celebración de algo que se ha alcanzado con una gran preparación y que seguramente genera malestar. Cuando se está en una etapa revolucionaria no se puede menos que generar malestar. Pero no le tememos. Entiendo que para muchos puede ser un hecho desconocido, por eso está puesto bajo sospecha, porque viene de las mujeres que se rebelan contra este patriarcado feroz que regula toda América Latina y el mundo entero”.
Maestra de generaciones de mujeres, trabajadora social, psicóloga, psicoanalista, pionera en la divulgación de los temas de género, Giberti cree que el paro –aún simbólico- “es revolucionario porque cambia el orden establecido. Se espera que estemos calladas y sumisas bancando la que venga, las injusticias, asumiendo las violencias, los femicidios. Y nosotras rompemos con ese ordenamiento, porque en realidad debe ser con  los derechos humanos de las mujeres a la cabeza”. 
“¿Cómo sería un mundo sin mujeres? Esta es la pregunta que subyace a este 8 de marzo. Porque no somos solo un 52 por ciento de la población sino que somos un 52 por ciento muy activo, muy inteligente en las estrategias que utilizamos para sobrevivir, para que la gente sepa lo que hacemos”, dice esta mujer que sabe de supervivencias, con un hijo preso durante la dictadura y un Falcon verde en la puerta de su casa que controló cada uno de sus movimientos.
Empezó en el año 1956 y desde allí no paró nunca en su tarea de defensa de los Derechos Humanos. Es que Giberti dice que llegó al feminismo cansada del autoritarismo, lo que la llevó a escribir “Escuela para Padres”, un clásico que sigue abriendo cabezas. De ahí a comprender cómo funciona el patriarcado, hubo un solo paso. Ahora, “contenta por lo que estamos viviendo”, dice que “el mundo tiembla bajo nuestros pies, no porque se vaya a venir abajo, sino porque hacemos mucho ruido. El patriarcado es muy poderoso, pero estamos en vías de hacerlo tambalear. Hay que tener conciencia de quién es el enemigo y para eso aun falta cambiar las cabezas de muchos profesionales –médicos, psicólogos abogados, jueces, periodistas-. En realidad, el enemigo viene desde el mismo momento en que para parir pedimos ayuda a un médico para que nos saque al chico. Y allí, donde deberíamos ser las señoras reinas, nos someten a sus órdenes. El parto vertical es la manera más natural de romper con esa sumisión: así nació Vita, mi hija". 
Le gusta citar a mujeres que hicieron historia. Empieza por Lisístrata, que se animó a una huelga sexual. “En la obra de Aristófanes, fue la primera que se juntó con otras mujeres para decir no vamos a tener sexo con los varones hasta que no terminen la guerra. No tenían otras herramientas y usaron la cama como recurso”. Otra de las mujeres que la inspiran es Mariquita Sánchez de Thompson, el símbolo de la “resistencia parental”.
“No se enseña en las escuelas, pero Marquita tenía 14 años cuando se rebeló porque su padre no la dejaba casar con el hombre que ella había elegido y le escribió una carta al virrey”, cuenta Giberti y recita: “Excelentísimo Señor... así me es preciso defender mis derechos, para dar mi última resolución, o siendo ésta la de casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen. Nuestra causa es demasiado justa, según comprendo, para que Vuestra Excelencia nos dispense justicia, protección y favor”.
La lista de rupturistas, como las llama, incluye a Eva Perón, a Alicia Moreau de Justo, que fue su inspiración cuando era muy joven y escuchaba las conferencias en la sede del Partido Socialista, y cientos de otras muchas que son las que recorren la historia de nuestro país. Ella misma está en ese ranking, aunque, claro, no se incluye.
“Tenemos una larga tradición en Argentina y en el mundo. De hecho, no es nuevo que las mujeres hagan paro, es enorme la lucha de las mujeres huelguistas. La gran diferencia es que este paro involucra a 50 países. Los movimientos de mujeres siempre existieron pero no tenían la difusión que hoy tienen a través de los medios y las redes sociales, un soporte para que varones y mujeres puedan ir escuchando estas voces. Y eso es lo que permitió el colectivo Ni una Menos: sumar mujeres que no eran militantes, pero que se unieron para decir somos las que nos dimos cuenta y aquí estamos”.
Se percibe una avanzada implacable para descalificar al feminismo de este siglo XXI, Giberti interpreta que no se tolera “porque fémina es mujer y entonces es como decir mujerismo. La resistencia al feminismo es una resistencia que instala el patriarcado, que tiene una fuerza simbólica enorme, y  la carga de prejuicios: las feministas queremos matar a los varones, no queremos tener sexo, queremos ser lesbianas, queremos un mundo comandado por mujeres. En realidad lo que molesta son nuestras razones, nuestros sólidos argumentos, porque la lucha que estamos dando es ante la evidente desigualdad de los géneros. Esa es nuestra bandera”.
Por eso, razona, el patriarcado está “furioso, soliviantado, molesto” y denuncia que está vivito y coleando, “bien puro”, en la justicia. “Se lo ve muy bien en el trabajo que vengo desarrollando en el programa de abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes. Para la justicia, los chicos mienten, cuando en realidad lo que hay que decir es que el 80 por ciento de los violadores son los padres y padrastros. Esto es una estadística real que sale de nuestro trabajo en el Ministerio de Justicia. ¿Y por qué se resisten a sancionar a un abusador? Porque es un hombre como ellos. Entonces, invocan a la familia. Porque, además, es un patriarcado familiero, que no ve que la familia ya está destruida". 

Compromiso y militancia 

Giberti se refiere al programa “Las víctimas contra las violencias”, con atención telefónica en el número 137 y un equipo de cien personas, que tratan desde hace diez años casos de violencia intrafamiliar en el momento de la urgencia y la emergencia. Y también está a cargo del equipo de “Violencia Sexual”, que es el que se encarga de acompañar a la víctima desde la comisaría, donde radicó la denuncia, al hospital. “La policía no la puede interrogar –recuerda Giberti-. Por eso nuestro trabajo es estar junto a la víctima hasta que terminen todos los procesos de revisión y así evitar que tenga más de un interrogatorio. El médico de guardia y el médico legista la entrevistan al mismo momento, con nuestra presencia. Y eso fue un logro que conseguimos con la jueza Carmen Argibay”. A esa tarea sumó el programa de “Hablemos de Abuso sexual infantil”, un equipo que comenzó a funcionar el 19 de noviembre pasado, con la línea telefónica 0-800-222-1717.
Un poco por este compromiso a tiempo completo y mucho por su trabajo académico a lo largo de 60 años, en 2016 fue reconocida con el Konex de Platino en la categoría “Estudios de Género”. “Fue una sorpresa absoluta y pensé que acaso no era yo sola la que lo merecía, porque hubo mucha gente que trabajó conmigo. La única verdad de esto es que yo soy una de las más viejas, pero también es cierto que soy muy combativa y que tengo una gran facilidad para escribir, lo que me permitió acceder a los medios y difundir toda esta temática. Pero, además, que un jurado incorporara nuestra disciplina al lado de otras ciencias fue y es de una enorme importancia”.
Autora de “Abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes”, “Incesto paterno/filial”, “La familia a pesar de todo”, entre otros títulos y cientos de artículos periodísticos y ensayos, Giberti dice que hay argentinas que son insoslayables a la hora de leer: “Mabel Burin, Irene Meler, Diana Maffía, María Luisa Femenías, por nombrar algunas teóricas feministas que tienen una producción muy importante y hay que estudiar con atención. Desde un lugar más militante, Marta Dillon”.
No recuerda el momento en que se reconoció feminista, aunque en su ya emblemática obra “Escuela para padres”, hay artículos que hablan de esta corriente ideológica. “En realidad para mí esto tiene otro ADN que es mi resistencia al autoritarismo. Ese libro fue una lucha contra el paternalismo y el patriarcado, pero aún no le había puesto el rótulo de feminismo. Además, en esa época, estaba en la práctica plena del psicoanálisis, que es netamente patriarcal; así que estuve entre las primeras revisionistas en cuanto a las relaciones de género. Éramos -y somos- mujeres formadas en el psicoanálisis pero que no podíamos digerir una cantidad de trabajos de Freud; entonces había que pasarlo por un cedazo, hacer una investigación sobre eso y decir hasta aquí lo seguimos, pero esto no. Masoquismo femenino, no. La conciencia moral de la mujer es inferior a la del varón, tampoco. Entonces lo que hicimos fue tomar la teoría y darla vuelta”.

Rebelde con muchas causas, Giberti no deja de pensar. Regularmente escribe en el diario Página 12, cosas como éstas:
La comunidad está satisfecha. Con la conciencia tranquila. Se encontró la frase que encubre la violencia contra las mujeres protagonizada por varones: violencia de género. No se sabe a cuál género se refiere. De ese modo queda en la penumbra la violencia patriarcal, la violencia machista, los ataques asesinos, las torturas, las impunidades, las complicidades, mientras las víctimas exhiben sus historias en los medios de comunicación.
O esta otra:
¿Cuáles serían las relaciones entre el contagio y el homicidio de mujeres? Los varones violentos ¿se contagian entre sí diseñando un circuito de sujetos contagiosos que se recortarían en el universo masculino para copiarse entre ellos y decidirse por el homicidio de mujeres? Porque si hablamos de contagio, identificaciones, imitaciones y copias tendremos que enlazar a unos con otros y suponer que el homicida Juan se identificó con los homicidas Pedro y Javier (uno u otro según lo que hubiese leído en el diario o mirado en tevé). O quizá sólo le alcanzó con informarse de otros homicidios para ser arrastrado por el mecanismo identificatorio que actuaría más allá de su voluntad; sería una conducta no del todo consciente, y podría ser inconsciente. Por otra parte, si se “contagiaran” de conductas homicidas, el contagio no sería voluntario.

 “No claro que no es contagioso –refuerza a la Haroldo-. Yo prefiero hablar de inspiración. Hay alguien que les muestra algo que para su imaginario es muy rico, muy poderoso. Qué fácil agarro alcohol y le tiro un fósforo. No arriesga nada. Ese ejemplo de Wanda Taddei (asesinada por su esposo, Eduardo Vázquez en 2010) les muestra a otros hombres lo que se puede hacer. Si no lo tenía pensado, píenselo”. Y entonces aparece la pregunta repetida miles de veces: ¿Mostramos los femicidios? “Sí. Hay que contarlo, pero hay que hacerlo bien, con la ética que corresponde. No hay otra alternativa que contarlo. Yo misma me encargo de informarlos en mi Facebook, que parece una agencia de noticias policiales, pero es el modo que tenemos de decir que no queremos que nos sigan matando. Un mero grito. Pero ¿y? Para conseguir que otra gente que no está tan compenetrada se compenetre. Y eso sí es poderoso. Porque es lograr el acercamiento con la mujeres y los hombres”.
Para que quede claro, Giberti dice que los hombres que matan no son psicopátas. “Alguno habrá, pero el deseo de matar de un hombre está fogoneado por la cultura. No es por odio. No es un instinto natural: responde a un proceso cultural patriarcal, de no tolerar que su mujer no sea su servidora. No puede verla como otro, como un par, se le torna intolerable y tiene que terminar con ella. Esto puede sonar paradojal, pero es una forma del poder simbólico que tiene la mujer. Es una víctima, pero es una víctima que el victimario necesita. Es esa necesidad lo que a él se le torna insoportable. Este es un aspecto que no está muy trabajado, yo incluso debería trabajarlo más. Pero la idea es que el hombre se tiene que apropiar de ella hasta el último sangrado. El último sangrado es mio”.

* Entrevista realizada por la revista Haroldo a la Dra. Eva Giberti, coordinadora del Programa Las Vícitmas Contra Las Violencias, publicada el día 8 de marzo del 2017.

lunes, 6 de febrero de 2017

EL ACONTECIMIENTO

Por Eva Giberti*
**La obediencia y la subordinación que históricamente debían formar parte de la “personalidad femenina” constituían valores para las mujeres,  eran los recursos que el patriarcado fogoneaba para disponer de esclavas dispuestas a reproducirse según los mandatos del varón y a satisfacerlo en todos los niveles posibles. En los imposibles también, ya que el femicidio constituye la vulneración de la posibilidad de vida.
El imaginario social confirmaba –aún persiste– los prejuicios acerca de “la complejidad del psiquismo de las mujeres” mediante frases típicas: “Nadie entiende a las mujeres”, “¿que querrá una mujer?”, “con las mujeres no hay manera de entenderse”.
Los años de lucha de aquellas en busca de sus derechos, enfrentando obstáculos y sobreviviendo a violencias múltiples, fermentaron musitando resignaciones que constituían una modalidad que nunca se hizo carne auténticamente en las mujeres. En paralelo, las frustraciones y las humillaciones generaron hostilidades que si bien eran necesarias como reacciones defensivas podían expresarse mínimamente, exceptuando rebeliones míticas e históricas.
Empezamos por Lisistrata, episodio narrado, según Aristófanes, 411 años antes de nuestra era en la cual las mujeres se negaron a copular con sus maridos para impedir que siguieran combatiendo en la guerra del Peloponeso: hasta que los hombres dejasen las armas no habría sexo entre las parejas. Ganaron. Entre nosotros, la primera huelga docente en Argentina en 1881 fue encabezadas por las maestras de San Luis debido al atraso en el pago de sus sueldos y en contra de los recortes de los sueldos y despidos de los empleados públicos (decisión de Avellaneda por la crisis de 1874). En ambas circunstancias ejercieron hostilidad, sentimiento riesgoso por su capacidad destructiva y por la posibilidad de ser derrotadas en el enfrentamiento si el contrincante es imbatible.
El psicoanálisis nos aportó la idea de deseo hostil como transformación de la hostilidad, el cual logra generar matices al promover el deseo de saber y el anhelo de poder; se diferencia de la brusca e indiscriminada reacción afectiva que habitualmente existe en la hostilidad. Al mismo tiempo, perfecciona el juicio crítico capaz de reconocer las injusticias y produce acciones decididas, intenta nuevos logros y encuentra nuevos intereses siempre dentro del deseo de obtener un triunfo sobre la frustración. En la construcción de deseos hostiles resultan fundamentales las actitudes hacia la obediencia como injusticia cuando ésta busca el sometimiento, la subordinación y el silencio de quienes aspiran a sublevarse. Estos deseos, para surgir, elaborarse y concretarse, precisan una progresiva capacidad de abstracción que permita matizar las situaciones y reconocer el momento en el cual deberán expresarse. O sea, se trata de un intenso procedimiento de índole política que se desarrolla en el tiempo a medida que se comprenden las circunstancias de la propia vida y se revisan las relaciones con quienes nos rodean y con aquellos que pretenden dirigirnos.
Introducir la idea de deseo hostil resultaría exagerado si pretendiese que los movimientos de mujeres que hoy han sacudido la historia del mundo surgieron modulados por ellos. El deseo hostil es un recurso que el psicoanálisis nos ofrece para pensar en términos personales y no en sacudones históricos. Pero la asociación puede permitírseme si recuerdo las escenas de las primeras sufragistas huyendo de la policía por las calles de Londres y la notoria diferencia con las actuales organizaciones de mujeres que, entrenadas durante siglos para tolerar frustraciones, hoy se organizan mostrándole al mundo cómo es posible cambiar los cánones de la obediencia impuesta como sometimiento. Hoy convive la hostilidad con el deseo hostil y el juicio crítico: las calles sostienen las consignas (que son texto), los gritos y las proclamas.
Fue preciso que las mujeres se opusieran a todo aquello que se les había atribuido como evidencia de sus imperfecciones e imbecilidades y paulatinamente construyeran juicios críticos que resquebrajaran las definiciones patriarcales. Había que mostrar el poder que tienen los pensamientos reflexivos, críticos y revolucionarios para sustituir la razonable hostilidad inicial por nuevos hechos históricamente inesperados e imprevisibles. Hechos que, desde la lógica hegemónica no deberían existir pero que no obstante surgen, se revelan de manera súbita e impredecible. Así lo definiría Badiou cuando se refiere a la aparición del acontecimiento que subvierte el sistema de creencias. La densidad de la obra de Badiou no merece este recorte banal, pero su idea de acontecimiento –mucho más compleja que mi reducción– permite nominar esta aparición del movimiento de mujeres que nos prometemos internacional.
Acontecimiento que importa reconocer porque proviene de una mayoría estadística: las mujeres somos el 52 por ciento de la población universal, circunstancia que inscribe nuestros movimientos en los hechos inesperados e imprevisibles.
También sabemos de la dificultad de quienes siendo mujeres quedaban encapsuladas en los mandatos que los varones imponen y no podían gestar ni hostilidades ni pensamiento hostil. Pero “el tiempo (que no) debe detenerse”, aliado de las mujeres, expertas en todas clase de esperas, ha ingresado en nuestras vidas como una variable que marca la oportunidad y convoca al acontecimiento.

* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Publicado en Página/12 el día 6 de febrero del 2017

miércoles, 14 de diciembre de 2016

FEMICIDIO ¿CONTAGIOSO?

Por Eva Giberti*
**Si nos proponemos una búsqueda rigurosa referida a la utilización de  ciertas palabras, encontraremos que existen rachas lingüísticas, épocas en las que repentinamente un singular universo de ciudadanos se pregunta con y por las mismas palabras: “Este asunto de matar mujeres, ¿qué pasa? ¿Es contagio? ¿Será imitación? Y la pregunta implacable: “¿Ahora hay más o están más visibilizadas?” Digo implacable porque no falta en las entrevistas cuando sabemos muy bien que recién actualmente empezamos a contar con estadísticas oficiales. Y que por lo tanto la comparación no es posible.
Veamos: contagio proviene del latín contagium derivado de tangere; se refería a tocar en Medicina del siglo XVIII. Contacto, influencia, contagio. Ovidio lo mencionaba como la influencia de un alma enferma (corrompida) y Lucrecio hablaba de contagio del delito. Por lo tanto, para aquellos latinos cabría hablar de contagio. Pero actualmente se lo aplica hablando de virus.
Los diccionarios acotan: “Transmisión o adquisición de una enfermedad por contacto con el germen o virus que la produce y también  transmisión de sentimientos, actitudes, simpatías, etc.” Y además, inoculación, infestación. De modo figurativo; influencia perniciosa, complicidad, relación, correspondencia,
La explicación se busca por medio de la “imitación” o copia y no falta quien remite a la identificación. Un sujeto que se identifica con el homicida y mediante el proceso identificatorio, procedería del mismo modo.
¿Cuáles serían las relaciones entre el contagio y el homicidio de mujeres? Los varones violentos ¿se contagian entre sí diseñando un circuito de sujetos contagiosos que se recortarían en el universo masculino para copiarse entre ellos y decidirse por el homicidio de mujeres? Porque si hablamos de contagio, identificaciones, imitaciones y copias tendremos que enlazar a unos con otros y suponer que el homicida Juan se identificó con los homicidas Pedro y Javier (uno u otro según lo que hubiese leído en el diario o mirado en tevé). O quizá sólo le alcanzó con informarse de otros homicidios para ser arrastrado por el mecanismo identificatorio que actuaría más allá de su voluntad; sería una conducta no del todo consciente, y podría ser inconsciente. Por otra parte, si se “contagiaran” de conductas homicidas, el contagio no sería voluntario; es evidente que el verbo contagiar precisa de una tercera instancia que es el factor contagiante, un virus o una mala influencia, siempre de un tercero. Alivio para la responsabilidad del sujeto, constituye una estrategia para concluir que “algo le pasó” al homicida, es una víctima de contagio o de los malos ejemplos. Una joya semántica para neutralizar su responsabilidad.
Para cualquiera de estas palabras la cuestión reside en dejar de lado la decisión autónoma y concreta del varón violento cuando decidió matar. O el virus o la pésima influencia de un tercero que pesaría en el ánimo vulnerable del homicida expuesto o al contagio o a la terceridad. De este modo el femicida queda al margen de lo que constituye el eje de su decisión, que es su deseo de matar que no se le contagia de otros ni lo posiciona como un imitador. 
Mata en tanto y cuando dispone de su deseo de matar, que Freud  analizó en Totem y Tabú: primero existe ese deseo y luego su racionalización. No es el objeto lo que hace –conduce– al deseo de matar, no es esa mujer, sino es el deseo de matar el que encuentra a la mujer que lo pondrá en marcha. No forma parte de la vida instintiva del sujeto, lo adquiere en su vida social en busca de poder, una forma de adquirirlo y gozarlo. Dicho sea de manera simplista y elemental, como intento de lateralizar las asociaciones entre contagios, imitaciones y copias que han puesto en evidencia lo intolerable que resulta asumir lo impredecible, incontrolable, el no saber qué hacer, la infinita dificultad para regular la violencia machista.
Un pensamiento colonizado y determinista insiste en buscar la causa de los femicidios sin que sea posible tranquilizarnos diciendo “¡Ah! ¡era por eso!”
Nuestras víctimas, como las de Ciudad Juárez en México y las de otras latitudes, sostienen las pautas de la necropolítica en la dimensión específica de los géneros, en este caso de las mujeres. Foucault ya había hablado del biopoder y las situaciones de los Estados que pierden  o disminuyen la gestión de la sociabilidad, que hoy en día Mbembe analiza como fenómeno africano y que incluye el poder coactivo cuya médula se enraiza en el deseo de matar. Si bien la comparación puede resultar una extensión ilícita de la necropolítica, la selectividad de estos femicidios la tornan asociable a las persecusiones que se ejecutan en determinados Estados ya que no se trata de homicidios habituales sino  enlazados con la condición genérica de las mujeres.

Las sobrevivientes

Escribí reiteradamente en PáginaI12 contando cómo trabajamos en el Programa Las Víctimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. La víctima o un vecino nos llama al número 137 y concurrimos a buscarla (un policía, una trabajadora social y una psicóloga) a su domicilio o donde se encuentre y la conducimos a realizar la denuncia por la violencia padecida. Hace diez años escuchamos, durante horas, las narraciones de víctimas de violencia familiar. Expongo entonces, uno de los historiales que sirve para pensar si se puede hablar de contagio o equivalentes o empezar a pensar desde otros ángulos el proceso machista que tenemos delante. Reproduzco –con alguna modificación por discreción profesional– los dichos de una mujer. Que no es única, sino que la selecciono por su redundancia: “Me pegó con un arma en la cabeza, me seguía gritando… quiso ahorcarme… le grité al nene (seis años) que corriese a buscar ayuda… Entonces él me disparó en el estómago pero no salió el tiro… volvió a tirar, se le trabó el arma y yo me escapé… Lo que pasa es que le prohiben que vuelva, lo excluyen por la denuncia, pero siempre  vuelve.”  
Más allá de todo cuanto se podría pensar acerca de estos historiales, este sujeto ¿es un femicida? No, porque no la mató. ¿Disponía de deseo de matar? Sí, dos veces gatilló el arma y la bala no respondió. Continuará viviendo con esta mujer o con otra, según sea su condena (lo que se logre). Así se organizará su nueva vida como parte de una necropolítica que, para superarse, precisaría pautas sociopolíticas, estatales, ejercicio de la justicia y la protección integral de la víctima destinada a prever lo que como podemos verificar ha sido anticipado.
Inútil es la indignación de quien lea. Sucede de este modo y no es el tema del artículo, sino la pregunta : ¿cómo se contagian estos violentos? ¿De quién? ¿Con quién se identifica cuando gatilla dos veces sobre su víctima? ¿A quién imita? 
Si entendemos cómo funciona en algunas oportunidades el prefemicidio, habremos comprendido hasta dónde es pertinente pensar en contagios, o imitaciones: escuchar a las víctimas nos torna furiosas contra lo repetido, y nos reclama prudencia al buscar las causas y nombres para aquello que nos aplasta por ser impredecible, quizá meticulosamente anunciado.

**Publicado en Página/12 el día 14/12/2016