El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

martes, 3 de mayo de 2016

“¿LOS ABUELOS?”


Por Eva Giberti*

**Cuando es necesario aludir o mencionar a gente de la tercera edad, los viejos y las viejas, una singular tendencia determina que tanto en los medios de comunicación como en expresiones barriales sean denominados “abuelos”. Si se trata de un accidente, un automóvil atropelló a una abuela y si se describe un asalto “los abuelos fueron maniatados...” Pero sucede que estos “abuelos” jamás lo fueron: no existen tales nietos y en oportunidades, tampoco hijos. No obstante, cualquier comentario del diario vivir nos introduce al dulce nombre de abuelo como identidad asignada.
La abuelidad adquirió su vigencia merced a Perrault que diseñó una abuela solitaria, viviendo en una casita dentro de un bosque umbrío (por eso tenía las ventanas abiertas), y a merced de un lobo, animal que reiteradamente Animal Planet se empeña en mostrarnos con perfiles perrunos y convivenciales. En el cuento para niños ella es deglutida por la bestia (que recordemos no la mastica porque cuando, al final, el cazador abre la panza del cuadrúpedo la rescata entera y sin digerir –en la versión de los hermanos Grimm–). Es una abuela que atravesó los avatares de quien es tragado para luego exponerse a un rescate por el coraje de un cazador que, escopeta al hombro y cuchillo de carnicero para abrir panzas mediante, salvará la vida de la niña y de la abuela.
¿La abuela sabría que su nietecita la visitaría? Esa es una pregunta que suelen hacerse las abuelas a menudo, pensando en hijos y nietos. Las abuelas de verdad, porque las otras y los otros llamados abuelos sin serlo saben que no habrá ni hijos ni nietos, aunque la sonrisa almibarada de algunas sociedades los bautiza con la prepotencia semántica de quien se siente dueño del idioma.
“Pero Eva... Esa crítica es una exageración... Se los llama de ese modo porque es cariñoso, para hacerlos sentir acompañados, considerados... ¿qué importa si son abuelos de verdad?”
Por cierto, la verdad no es lo que más interesa ni averiguar cómo les resulta escuchar que se los llama “abuelos” a quienes no lo son. Identidad impuesta que al mismo tiempo crea una esencia, la abuelidad, en tiempos en los que las esencias se diluyen y las identidades se modifican de acuerdo a la voluntad de quien las transporta según los ritmos propios de la Modernidad tardía.
Identidad que en este caso excluye a los otros, a los viejos y viejas que no son abuelos, para colocarles en el oído la sonoridad de aquello que no les pertenece. Como toda identidad fulgurante (ésta es una de ellas por el modo y la oportunidad en la que se la utiliza) sirve para excluir a los otros, a los que no tuvieron ni tienen los nietos que la identidad impone.
Se adjudica y asigna esta abuelidad para dejar sentado que esos sujetos alguna vez han engendrado, han sido productivos; si se los menciona como ancianos, alguien puede darse cuenta de que no son sujetos que el mercado considere valiosos en cuanto a su capacidad productiva.
Otra historia y otro cantar con los viejos sabios de la tribu que aconsejaban a las nuevas generaciones sentados alrededor del fuego doméstico y que se consideraban modelos o ejemplos respetables; menos aun con el viejo Vizcacha, personaje poético y decidor de verdades: ahora es distinto. Tan distinto que resulta necesario –para todos los de la tercera edad– crearles una identidad “cariñosa” de modo que no aparezcan como sujetos solitarios, que apenas pueden caminar para salir de compras, que titubean con sus recuerdos o lo que es peor los usan para compararlos con la vida actual. ¿Ir de compras? Este es otro capítulo porque, como a la abuela de Caperucita, hay que surtirlos porque podrían perderse en el bosque (hoy en las avenidas) buscando el camino del supermercado.
Con cierta frecuencia la comunidad semantiza haciendo trampas, cuando algo inquieta su “buena conciencia”; por eso siempre la prostitución es “infantil” en lugar de hablar de niñas victimizadas por los adultos, el abuso sexual contra los niños también es caracterizado como infantil para disimular el delito parental y también los padres adoptantes, no son noble y sinceramente adoptantes, sino “padres del corazón”. La cuestión de fondo reside en enmascarar aquello que los hechos transparentan y empinan cuando quedan a la vista. Entonces se otorgan identidades que se organizan en cartografías que provean seguridad a quien se puede sentir sacudido por las palabras que aportan certezas quizás insoportables.
Las identidades, cada vez más cambiantes, avanzan en su movilidad a pesar de los intentos de buscar identidades fijas: “abuelo” es identidad fija desde tiempos bíblicos y ha sido elegida como garantía de permanencia.
Todavía sucede de este modo en épocas en las que la juventud, endiosada, constituye el paradigma de todas las esperanzas pero arrasa con la esperanza de aquellos que no esperan ver crecer a sus nietos. Pero a ellos también los bautizan mediante el rito de la palabra que pretende dulcificar aquello que el cuento había resuelto: el lobo se comió a la abuela pero se disfrazó de abuela para confundir a la niña. La tesis es impecable: hay que disfrazarse de abuela para esconder los hechos. Entonces llamemos “Abuelos” a todas esas personas que son ancianos, viejos, personas “mayores”, gente de la tercera edad.
Existen personas solteras, viudas, pero ¿cuál es el estatuto de quien es gente de la tercera edad y no tiene nietos? Parecería que el problema mayor reside en exceder los sesenta años ya que según la directora gerente del FMI, Cristina Lagarde, se corre el “riesgo de que la gente viva más de lo esperado” o sea “el “riesgo de la longevidad” sobre las finanzas públicas (abril 2012). Como sabemos, cuando se vive más de lo esperado el Estado debe comprometer los fondos públicos(!?) para jubilarlos... lo cual significa un alto costo nacional(!?).
Entonces, para ser cariñosos, por lo menos, concedámosles el título de Abuelos a todos, con o sin nietos, sin diferencias odiosas, sin advertir que la abuela vivía sola en una casita dentro de un bosque umbrío, con las ventanas abiertas y la puerta sin cerrojo, esperando que le llevasen algo para comer, enferma en la cama y a merced de un animal hambriento. Nunca sabremos si el lobo se la comió con el camisón y la cofia –según los dibujos que ilustran el cuento– o si la desvistió primero, para preservar la ropa del posterior disfraz. Pero que el disfraz del lobo, así como su diálogo con Caperucita intentando hacerse pasar por una abuela, constituyen una clave del cuento, no caben dudas. De eso se trata: hacerse pasar por abuela/abuelo mediante el disfraz que la palabra “abuelo” aporta. Pero dejémoslo claro: así puede suceder cuando se llega a viejo, o sea, cuando se vive más de lo esperable.

*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
**Nota Publicada en Página/12 el 20 de Abril del 2016


lunes, 7 de marzo de 2016

Los hermanos del adoptivo

La autora analiza las habituales fantasías de los hijos adoptivos sobre la eventualidad de tener “hermanos” que podrían desear comunicarse con ellos. El papel de la consanguinidad y los efectos de esas fantasías sobre la estructura familiar.







* Por Eva Giberti


**Los hijos adoptivos suelen fantasear que tienen hermanos que existirían en alguna parte, es decir, imaginan a otras criaturas que ellos denominan hermanos y piensan que tal vez –esos otros– desearían comunicarse con ellos. Como si esos hipotéticos hermanos tuviesen conocimiento de la existencia del adoptivo al que querrían conectar.
No es difícil suponer que el proceso es el opuesto: hijos adoptivos imaginando que tienen “hermanos” a los que desearían conocer. Fantasía que se incrementa durante la adolescencia cuando por ejemplo una adolescente en consulta me preguntó, afirmando: “Vos conocés mejor que yo la historia de mi adopción. Vos sabés si yo tengo hermanos, a mí no me lo quieren decir...”
¿Podríamos hablar de “hermanos” cuando el niño adoptivo fue cedido por su madre de origen poco tiempo después de nacer y, adopción plena mediante, no mantuvo ningún contacto con la familia adoptante?
¿Alcanzaría con la filiación consanguínea para decretar la fraternidad entre los hijos habidos anteriormente al nacimiento de la criatura que fue cedida en adopción? ¿Es suficiente la consanguinidad para hablar de “hermanos”? Para la fantasía y los deseos de los adoptivos parece ser suficiente porque se refieren a esas inexistentes personas –para ellos– como si realmente fuesen hermanos.
Los que estuvieron antes...
Comencemos entonces por algunas experiencias: ese otro niño, nacido de la misma madre, años antes de aquel que fuera cedido en adopción, quizás presenció el embarazo de esa mujer y se enteró que le había nacido un hermano. Quizás también acompañó a su madre al hospital. Pero poco tiempo después, ese bebé de pocos días o con seis o siete mese de edad dejó de formar parte de su cotidianidad: había sido cedido en adopción. No obstante él sabe que tuvo un hermano. Poco y nada se ha ocupado la Psicología de estos primeros niños que advienen a la categoría de desaparecidos para el hermano mayor quien un día cualquiera dejó de tener contacto con ese bebé. Para esos hermanos mayores existió un hermano que se perdió. Y así lo cuentan: “Un día mi mamá nos dijo que el más chiquito no volvería a vernos porque estaba con una familia que lo iba a criar...” Parecería que allí finalizasen estas historia. Dudo que así sea para esos hermanos mayores que, ellos sí, tuvieron contacto con ese niño que fue su semejante y su prójimo.
El semejante (simile) remite a quien se nos parece en tanto persona física inserta en lo social. Prójimo, cuya etimología se asocia con vecindad, cercanía, se asienta en una concepción topográfica: aquel que se encuentra cercano. Más tarde adquirió una significación relativa a la solidaridad que le debemos a ese prójimo. Si bien no están cercanos, es probable que exista semejanza física entre aquellos que existieron antes que el adoptivo que hoy los reclama o requiere, aunque provengan de padres diferentes: el sello de la madre de origen persiste en ambos. Además se trata de la semejanza entre seres humanos.
De pronto, ese otro hijo de aquella mujer adviene a la categoría de “hermano” que le otorga el hijo del que ella se desprendió.
¿Se podrá nominar como “hermanos” a aquellos que no se sabe si existen? Así lo nombra el adoptivo pensando que comparten consanguinidad (en realidad dice que “tuvieron la misma mamá”). Para el hijo adoptivo cuenta el deseo, el apetito y la necesidad de conocer aquel capítulo que está escondido en la maraña del origen. Entonces nomina como “hermano” al soporte humano de un misterio con quien quizá compartió cercanía, y aún contacto, pero sin saber que estaba enlazándose con un hermano, porque en ese entonces su estatuto era el de un bebé que no sabía de filiaciones. En algún momento la fratria inicial pudo haber compartido la consanguinidad y algún contacto corporal.
Extraña coyuntura que adquiere realce en su calidad de enigma doblemente apuntalado por la curiosidad actualizada del adoptivo y resignada ausencia por parte de los mayores que solo recuerdan, algunos de ellos. “Tuve un hermanito pero nunca supe de él...”

La pulsión de saber y el otro

El hijo adoptivo no sólo fantasea con hipotéticos hermanos, suele mencionarlo y su saber depende de lo que sus padres hayan obtenido como datos ciertos, y de su voluntad de informar. Lo verbalice o no, la pulsión de saber, de investigar y descubrir persiste latente, a veces de manera muy inquietante para la familia adoptiva. Cuando conocen la historia dudan si contarlo o no, y si no han sido informados –lo cual sería grave– la pulsión del hijo se torna reclamo doméstico en su afán de saber. Lo cual aparece de una manera desordenante en una familia que adoptó a una criatura sin hermanos, por lo menos en lo que al adoptar se refiere. No imaginan que ese misterio que el hijo incorpora puede significar un traumatismo para él. No necesariamente, pero si el adoptivo lo convierte en enigma –algo que no se puede comprender– la imaginada fratria se atraganta porque se instala como lo pendiente que genera una resignación hostil. “Nunca podré saber si por el mundo anda caminando alguien que se me parece...”, me decía una adoptiva adulta, más allá de las embestidas verbales de los adolescentes que en consulta imaginan a la terapeuta como aliada del secreto parental guardado. A veces disponemos de información pero son los padres quienes deben hacerse cargo de aquello que conocen.
Porque el hijo precisa corroborar la existencia de ese otro para que por fin sea otro. Sin que interese conocerlo personalmente. No es preciso que se emprenda ese viaje en busca del desconocido, alcanza, casi siempre, con saber que más allá de lo consanguíneo hay otro. Un otro diferente que transforma en alguien “distinto” al adoptivo, porque aceptar la existencia de ese otro si bien no genera una fratria, una hermandad, podría hacerlo si se realizara un encuentro. Es decir, ese otro hijo de la misma madre de origen se convertiría en otro trascendente para el hijo adoptivo. De allí que la fantasía de “Yo quiero saber si tengo hermanos...” abre un sendero que transforma a ese sujeto misterioso, que no existe en la cotidianidad familiar, en otra persona que incluye una rudimentaria forma de trascendencia en los monólogos del adoptivo cuando se cuenta a sí mismo las historias que habrían vivido –o podrían vivir– él o ella y sus hermanos. Que siempre se imaginan idealizados como simpáticos y fuertes, ya sean varones o mujeres. Fuertes en el sentido de “haber vivido experiencias distintas de las que pudo transitar el adoptivo”. Así describen a esos hipotéticos “hermanos” a los que suponen con historias de vida “interesantes”. No obstante, en algunas oportunidades, los adoptivos adolescentes fantasean con hermanos que podrían padecer necesidades y pobrezas. Así me lo comentaba un adolescente al referirse a la provincia donde había nacido, inundada en grandes zonas: “Si tengo hermanos seguramente estarán evacuados, deben precisar ayuda porque son pobres...” ya que la información acerca de su adopción se atribuyó a la pobreza de su madre de origen.
O sea, el caudal imaginativo que se acumula alrededor de estos hermanos –que suelen existir– configura una significativa riqueza en la construcción de la subjetividad de los adoptivos, varones y mujeres. Transcurrir cada día fantaseando, imaginando que en alguna parte existe otro que podría abrazarse fraternalmente, con el soporte que la genética autorizaría, no es una dimensión menor en la subjetividad de los adoptivos. Merece la atención de quien convive con ellos, por lo menos para suponer que ése podría ser uno de los secretos que los adoptivos transportan sin necesidad de conversarlo diariamente. O presionando fuertemente en busca de una información concreta. Que abre otro capítulo.
* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Nota publicada el 03/03/2016 en el diario Página/12

jueves, 21 de enero de 2016

¿Adultos mayores?

Una historia que se repite en las consultas de la gente de la tercera edad y arrecia en las fechas cercanas a las fiestas. Tiene que ver con la participación en las mesas familiares y la sensación creciente en que es imposible en ese contexto participar del diálogo generado. Cómo se vive esa situación de exclusión involuntaria.


*Por Eva Giberti

**Si el lector o la lectora tiene menos de 60 años este tema quizá no le pertenece porque, como decimos de entrecasa, se trata de los viejos, de los “abuelos” como la sensiblería tilinga de algunos conductores de los medios insiste en cotizarlos sin saber si ese adulto tiene o no nietos, si sufre por no tenerlos o si los tiene y es como si no existieran; la gente de la tercera edad, los ancianos, en fin, un guión que abarca los setenta años, los ochenta y más. Los de setenta años ni remotamente se sienten miembros de esa cohorte, pero las reiteradas visitas al médico les imponen una realidad.
Podemos sumar a quienes tienen más de ochenta años y también noventa si bien esos diez años de diferencia pueden marcar territorios disímiles. Sin embargo, comparten una situación que escucho narrar cada vez con más frecuencia, en consultas que aparentemente nos hablarían de depresión. Siempre es la misma historia, y arrecia en las fiestas de cumpleaños y en las festividades clásicas, navidades, finales de año. Mesa reunida con los hijos, nietos y amigos de los hijos. Conversaciones surtidas, entrecruzadas, donde todos y todas intervienen. Ameno encuentro, cordial, simpático sin la menor intención de excluir a alguien. Pero ese alguien, que participa en presencia, está sentado o sentada, escuchando sin que le sea posible intercalar un comentario. De repente ¿se volvió tonta o tonto? ¿Ha dejado de leer?¿De escuchar la radio? ¿Está obnubilado y en otro mundo, se comporta como un vegetal? No, nada de eso. Es la misma persona de siempre pero ha encallado en la edad que los otros comensales no alcanzaron aun y no imaginan que existe. Porque esa persona sentada con ellos, continúa siendo la misma en los afectos y el respeto que le tienen, pero ahora no es una tripulante de esa nave que los otros pilotean con sus ideas, sus opiniones, su tremebunda información y sus certezas adultas y juveniles. Todos conocen a esos nuevos grupos musicales, a esos actores que arrasan en la tevé, se han enterado de las últimas noticias políticas y lo comentan todo vertiginosamente, intercambiando comentarios, alguna discusión pero siempre entre ellos, construyendo un túnel invisible por donde transita la época actual. Donde no puede introducirse quien tiene ochenta años aunque le sobren comentarios y disponga de alguna información o punto de vista.
Involuntariamente queda excluido/a en un silencio de ausencia mortal que ninguno hubiese querido provocarle, pero esa persona está allí, inerte, repleta de palabras posibles pero que no interesan porque no cuajan en el ritmo vertiginoso de las idas y venidas entre los comensales. Pueden ser ideas interesantes pero no están en el contexto que los otros adultos, hijos, nietos, amigos comparten cotidianamente y al cual quien tiene 70, 80 o más no logra adherirse. Puede disponer de contenidos múltiples y valiosos, cosas para decir, pero se supone que hablará desde otra época, desde cuando era joven, y eso ya no funciona.
No existe el menor atisbo de discriminar a ese comensal, sencillamente se lo desconoce como sujeto dialogal y el diálogo es aquella sustancia que permite que las cosas aparezcan, se transparenten. El comensal sentado sin diálogo, por muy amado que sea en esa familia se endurece como si fuera una cosa porque la cosa no piensa ni dice. Los temas y problemas del ser se convierten en problemas del decir, que es lo que no atina a hacer el viejo o la vieja que además, no puede dejar de pensar en el pequeño dolor que lo aqueja en ese momento o recordar la pastilla que deberá ingerir dentro de media hora. No lo hace porque no hay pausa para escucharlo o preguntarle y entonces en la consulta dicen: “No les interesa lo que yo les diga, en realidad yo no les intereso, me invitan porque no quieren dejarme solo...” Las escenas de ese encuentro transcurren contra las expectativas del anciano invitado, los diversos sucesos se enuncian de manera imprevista si bien lógica para quienes hablan y ese imprevisto posiciona al adulto mayor como espectador de una puesta de teatro de la que no participa aunque es uno de los protagonistas. Ese invitado/espectador se encuentra adherido a su símismo como observador silencioso, posición que lo afecta y puede generar furia o desconsuelo. Ingresa en una peripecia, algo raro, que inicialmente lo asombra porque es desconocido y le sucede en medio de personas, cosas, circunstancias conocidas (su familia) a la que va acostumbrándose con los años (Aristóteles consideraba la peripecia una ironía del destino). Ha aprendido a estar callado donde siempre se lo escuchó o donde siempre se la consultó y ahora pasa inadvertido/a en la hora del diálogo, siempre bien atendido en su dieta o en el brindis general.
Como se trata de una situación aprendida, los jubilados crearon sus propios clubes superadores de los bancos de las plazas, sus propios viajes en conjuntos armoniosos restallantes de conversaciones acordes con quienes se reconocen como semejantes. Pero algunos no concurren a estas agrupaciones y esperan ser escuchados en sus familias, en sus mundos de siempre. Quizá, por ser lo más difícil, sea ésta la etapa en la que se inaugura el remanso, cuando el agua se mece a sí misma, se escucha a sí misma; los adultos mayores se dan cuenta que podrían decirle a los otros que ellos continúan fluyendo, que están allí, y no sólo para que los atiendan y acompañen al médico, sino para dialogar. No se atreven a rescatar la presencia simbólica que la palabra incluye. Porque quizá no se sientan seguros con su lenguaje, con la velocidad de sus ideas, con la articulación de sus palabras. Pero la palabra de los viejos y de las viejas está allí, omitirla en las invitaciones familiares y en la vida es una indiferencia que merece revisarse. La palabra humana que le escamoteamos al otro y la escucha saturada por lo innecesario de cada día que anula o posterga la presencia simbólica del otro, son amarga insignia de estos tiempos.
* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Nota publicada el 21/01/2015 en el diario Página/12