El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

lunes, 7 de marzo de 2016

Los hermanos del adoptivo

La autora analiza las habituales fantasías de los hijos adoptivos sobre la eventualidad de tener “hermanos” que podrían desear comunicarse con ellos. El papel de la consanguinidad y los efectos de esas fantasías sobre la estructura familiar.







* Por Eva Giberti


**Los hijos adoptivos suelen fantasear que tienen hermanos que existirían en alguna parte, es decir, imaginan a otras criaturas que ellos denominan hermanos y piensan que tal vez –esos otros– desearían comunicarse con ellos. Como si esos hipotéticos hermanos tuviesen conocimiento de la existencia del adoptivo al que querrían conectar.
No es difícil suponer que el proceso es el opuesto: hijos adoptivos imaginando que tienen “hermanos” a los que desearían conocer. Fantasía que se incrementa durante la adolescencia cuando por ejemplo una adolescente en consulta me preguntó, afirmando: “Vos conocés mejor que yo la historia de mi adopción. Vos sabés si yo tengo hermanos, a mí no me lo quieren decir...”
¿Podríamos hablar de “hermanos” cuando el niño adoptivo fue cedido por su madre de origen poco tiempo después de nacer y, adopción plena mediante, no mantuvo ningún contacto con la familia adoptante?
¿Alcanzaría con la filiación consanguínea para decretar la fraternidad entre los hijos habidos anteriormente al nacimiento de la criatura que fue cedida en adopción? ¿Es suficiente la consanguinidad para hablar de “hermanos”? Para la fantasía y los deseos de los adoptivos parece ser suficiente porque se refieren a esas inexistentes personas –para ellos– como si realmente fuesen hermanos.
Los que estuvieron antes...
Comencemos entonces por algunas experiencias: ese otro niño, nacido de la misma madre, años antes de aquel que fuera cedido en adopción, quizás presenció el embarazo de esa mujer y se enteró que le había nacido un hermano. Quizás también acompañó a su madre al hospital. Pero poco tiempo después, ese bebé de pocos días o con seis o siete mese de edad dejó de formar parte de su cotidianidad: había sido cedido en adopción. No obstante él sabe que tuvo un hermano. Poco y nada se ha ocupado la Psicología de estos primeros niños que advienen a la categoría de desaparecidos para el hermano mayor quien un día cualquiera dejó de tener contacto con ese bebé. Para esos hermanos mayores existió un hermano que se perdió. Y así lo cuentan: “Un día mi mamá nos dijo que el más chiquito no volvería a vernos porque estaba con una familia que lo iba a criar...” Parecería que allí finalizasen estas historia. Dudo que así sea para esos hermanos mayores que, ellos sí, tuvieron contacto con ese niño que fue su semejante y su prójimo.
El semejante (simile) remite a quien se nos parece en tanto persona física inserta en lo social. Prójimo, cuya etimología se asocia con vecindad, cercanía, se asienta en una concepción topográfica: aquel que se encuentra cercano. Más tarde adquirió una significación relativa a la solidaridad que le debemos a ese prójimo. Si bien no están cercanos, es probable que exista semejanza física entre aquellos que existieron antes que el adoptivo que hoy los reclama o requiere, aunque provengan de padres diferentes: el sello de la madre de origen persiste en ambos. Además se trata de la semejanza entre seres humanos.
De pronto, ese otro hijo de aquella mujer adviene a la categoría de “hermano” que le otorga el hijo del que ella se desprendió.
¿Se podrá nominar como “hermanos” a aquellos que no se sabe si existen? Así lo nombra el adoptivo pensando que comparten consanguinidad (en realidad dice que “tuvieron la misma mamá”). Para el hijo adoptivo cuenta el deseo, el apetito y la necesidad de conocer aquel capítulo que está escondido en la maraña del origen. Entonces nomina como “hermano” al soporte humano de un misterio con quien quizá compartió cercanía, y aún contacto, pero sin saber que estaba enlazándose con un hermano, porque en ese entonces su estatuto era el de un bebé que no sabía de filiaciones. En algún momento la fratria inicial pudo haber compartido la consanguinidad y algún contacto corporal.
Extraña coyuntura que adquiere realce en su calidad de enigma doblemente apuntalado por la curiosidad actualizada del adoptivo y resignada ausencia por parte de los mayores que solo recuerdan, algunos de ellos. “Tuve un hermanito pero nunca supe de él...”

La pulsión de saber y el otro

El hijo adoptivo no sólo fantasea con hipotéticos hermanos, suele mencionarlo y su saber depende de lo que sus padres hayan obtenido como datos ciertos, y de su voluntad de informar. Lo verbalice o no, la pulsión de saber, de investigar y descubrir persiste latente, a veces de manera muy inquietante para la familia adoptiva. Cuando conocen la historia dudan si contarlo o no, y si no han sido informados –lo cual sería grave– la pulsión del hijo se torna reclamo doméstico en su afán de saber. Lo cual aparece de una manera desordenante en una familia que adoptó a una criatura sin hermanos, por lo menos en lo que al adoptar se refiere. No imaginan que ese misterio que el hijo incorpora puede significar un traumatismo para él. No necesariamente, pero si el adoptivo lo convierte en enigma –algo que no se puede comprender– la imaginada fratria se atraganta porque se instala como lo pendiente que genera una resignación hostil. “Nunca podré saber si por el mundo anda caminando alguien que se me parece...”, me decía una adoptiva adulta, más allá de las embestidas verbales de los adolescentes que en consulta imaginan a la terapeuta como aliada del secreto parental guardado. A veces disponemos de información pero son los padres quienes deben hacerse cargo de aquello que conocen.
Porque el hijo precisa corroborar la existencia de ese otro para que por fin sea otro. Sin que interese conocerlo personalmente. No es preciso que se emprenda ese viaje en busca del desconocido, alcanza, casi siempre, con saber que más allá de lo consanguíneo hay otro. Un otro diferente que transforma en alguien “distinto” al adoptivo, porque aceptar la existencia de ese otro si bien no genera una fratria, una hermandad, podría hacerlo si se realizara un encuentro. Es decir, ese otro hijo de la misma madre de origen se convertiría en otro trascendente para el hijo adoptivo. De allí que la fantasía de “Yo quiero saber si tengo hermanos...” abre un sendero que transforma a ese sujeto misterioso, que no existe en la cotidianidad familiar, en otra persona que incluye una rudimentaria forma de trascendencia en los monólogos del adoptivo cuando se cuenta a sí mismo las historias que habrían vivido –o podrían vivir– él o ella y sus hermanos. Que siempre se imaginan idealizados como simpáticos y fuertes, ya sean varones o mujeres. Fuertes en el sentido de “haber vivido experiencias distintas de las que pudo transitar el adoptivo”. Así describen a esos hipotéticos “hermanos” a los que suponen con historias de vida “interesantes”. No obstante, en algunas oportunidades, los adoptivos adolescentes fantasean con hermanos que podrían padecer necesidades y pobrezas. Así me lo comentaba un adolescente al referirse a la provincia donde había nacido, inundada en grandes zonas: “Si tengo hermanos seguramente estarán evacuados, deben precisar ayuda porque son pobres...” ya que la información acerca de su adopción se atribuyó a la pobreza de su madre de origen.
O sea, el caudal imaginativo que se acumula alrededor de estos hermanos –que suelen existir– configura una significativa riqueza en la construcción de la subjetividad de los adoptivos, varones y mujeres. Transcurrir cada día fantaseando, imaginando que en alguna parte existe otro que podría abrazarse fraternalmente, con el soporte que la genética autorizaría, no es una dimensión menor en la subjetividad de los adoptivos. Merece la atención de quien convive con ellos, por lo menos para suponer que ése podría ser uno de los secretos que los adoptivos transportan sin necesidad de conversarlo diariamente. O presionando fuertemente en busca de una información concreta. Que abre otro capítulo.
* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Nota publicada el 03/03/2016 en el diario Página/12

jueves, 21 de enero de 2016

¿Adultos mayores?

Una historia que se repite en las consultas de la gente de la tercera edad y arrecia en las fechas cercanas a las fiestas. Tiene que ver con la participación en las mesas familiares y la sensación creciente en que es imposible en ese contexto participar del diálogo generado. Cómo se vive esa situación de exclusión involuntaria.


*Por Eva Giberti

**Si el lector o la lectora tiene menos de 60 años este tema quizá no le pertenece porque, como decimos de entrecasa, se trata de los viejos, de los “abuelos” como la sensiblería tilinga de algunos conductores de los medios insiste en cotizarlos sin saber si ese adulto tiene o no nietos, si sufre por no tenerlos o si los tiene y es como si no existieran; la gente de la tercera edad, los ancianos, en fin, un guión que abarca los setenta años, los ochenta y más. Los de setenta años ni remotamente se sienten miembros de esa cohorte, pero las reiteradas visitas al médico les imponen una realidad.
Podemos sumar a quienes tienen más de ochenta años y también noventa si bien esos diez años de diferencia pueden marcar territorios disímiles. Sin embargo, comparten una situación que escucho narrar cada vez con más frecuencia, en consultas que aparentemente nos hablarían de depresión. Siempre es la misma historia, y arrecia en las fiestas de cumpleaños y en las festividades clásicas, navidades, finales de año. Mesa reunida con los hijos, nietos y amigos de los hijos. Conversaciones surtidas, entrecruzadas, donde todos y todas intervienen. Ameno encuentro, cordial, simpático sin la menor intención de excluir a alguien. Pero ese alguien, que participa en presencia, está sentado o sentada, escuchando sin que le sea posible intercalar un comentario. De repente ¿se volvió tonta o tonto? ¿Ha dejado de leer?¿De escuchar la radio? ¿Está obnubilado y en otro mundo, se comporta como un vegetal? No, nada de eso. Es la misma persona de siempre pero ha encallado en la edad que los otros comensales no alcanzaron aun y no imaginan que existe. Porque esa persona sentada con ellos, continúa siendo la misma en los afectos y el respeto que le tienen, pero ahora no es una tripulante de esa nave que los otros pilotean con sus ideas, sus opiniones, su tremebunda información y sus certezas adultas y juveniles. Todos conocen a esos nuevos grupos musicales, a esos actores que arrasan en la tevé, se han enterado de las últimas noticias políticas y lo comentan todo vertiginosamente, intercambiando comentarios, alguna discusión pero siempre entre ellos, construyendo un túnel invisible por donde transita la época actual. Donde no puede introducirse quien tiene ochenta años aunque le sobren comentarios y disponga de alguna información o punto de vista.
Involuntariamente queda excluido/a en un silencio de ausencia mortal que ninguno hubiese querido provocarle, pero esa persona está allí, inerte, repleta de palabras posibles pero que no interesan porque no cuajan en el ritmo vertiginoso de las idas y venidas entre los comensales. Pueden ser ideas interesantes pero no están en el contexto que los otros adultos, hijos, nietos, amigos comparten cotidianamente y al cual quien tiene 70, 80 o más no logra adherirse. Puede disponer de contenidos múltiples y valiosos, cosas para decir, pero se supone que hablará desde otra época, desde cuando era joven, y eso ya no funciona.
No existe el menor atisbo de discriminar a ese comensal, sencillamente se lo desconoce como sujeto dialogal y el diálogo es aquella sustancia que permite que las cosas aparezcan, se transparenten. El comensal sentado sin diálogo, por muy amado que sea en esa familia se endurece como si fuera una cosa porque la cosa no piensa ni dice. Los temas y problemas del ser se convierten en problemas del decir, que es lo que no atina a hacer el viejo o la vieja que además, no puede dejar de pensar en el pequeño dolor que lo aqueja en ese momento o recordar la pastilla que deberá ingerir dentro de media hora. No lo hace porque no hay pausa para escucharlo o preguntarle y entonces en la consulta dicen: “No les interesa lo que yo les diga, en realidad yo no les intereso, me invitan porque no quieren dejarme solo...” Las escenas de ese encuentro transcurren contra las expectativas del anciano invitado, los diversos sucesos se enuncian de manera imprevista si bien lógica para quienes hablan y ese imprevisto posiciona al adulto mayor como espectador de una puesta de teatro de la que no participa aunque es uno de los protagonistas. Ese invitado/espectador se encuentra adherido a su símismo como observador silencioso, posición que lo afecta y puede generar furia o desconsuelo. Ingresa en una peripecia, algo raro, que inicialmente lo asombra porque es desconocido y le sucede en medio de personas, cosas, circunstancias conocidas (su familia) a la que va acostumbrándose con los años (Aristóteles consideraba la peripecia una ironía del destino). Ha aprendido a estar callado donde siempre se lo escuchó o donde siempre se la consultó y ahora pasa inadvertido/a en la hora del diálogo, siempre bien atendido en su dieta o en el brindis general.
Como se trata de una situación aprendida, los jubilados crearon sus propios clubes superadores de los bancos de las plazas, sus propios viajes en conjuntos armoniosos restallantes de conversaciones acordes con quienes se reconocen como semejantes. Pero algunos no concurren a estas agrupaciones y esperan ser escuchados en sus familias, en sus mundos de siempre. Quizá, por ser lo más difícil, sea ésta la etapa en la que se inaugura el remanso, cuando el agua se mece a sí misma, se escucha a sí misma; los adultos mayores se dan cuenta que podrían decirle a los otros que ellos continúan fluyendo, que están allí, y no sólo para que los atiendan y acompañen al médico, sino para dialogar. No se atreven a rescatar la presencia simbólica que la palabra incluye. Porque quizá no se sientan seguros con su lenguaje, con la velocidad de sus ideas, con la articulación de sus palabras. Pero la palabra de los viejos y de las viejas está allí, omitirla en las invitaciones familiares y en la vida es una indiferencia que merece revisarse. La palabra humana que le escamoteamos al otro y la escucha saturada por lo innecesario de cada día que anula o posterga la presencia simbólica del otro, son amarga insignia de estos tiempos.
* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Nota publicada el 21/01/2015 en el diario Página/12

jueves, 17 de diciembre de 2015

Un atajo nuevo en la trata de personas

*La especialista propone asomarse a los ejercicios de las niñas y de las púberes en el chat y en Facebook, donde ellas acumulan “experiencias” que precisan devorar, ingenuamente. Y al nuevo camino que intenta la trata de personas con fines prostituyentes, adhiriendo al éxito que los pedófilos logran mediante el grooming.

Por Eva Giberti *
“(...) vemos que en los siglos XII y XIII, en España fue perseguida la prostitución y es entonces cuando esta laceria social logra un desarrollo hasta ahora desconocido (trata de blancas). (...) Los auxiliares de las rameras ejercían de tal modo sus oficios de tercería, que en las Siete Partidas de Alfonso el Sabio se les dedicó una ley especial: De los alcahuetes (...) Son una manera de gente de quien viene mucho mal a la tierra; ya por sus palabras engañan a quienes le creen y las traen a pecado de lujuria (...)”.
Manuel Gil de Oto, (sin fecha de edición, quizá 1915), Barcelona; La prostitución en el siglo XX. Editorial La vida Literaria.

¿Por qué escribir otra vez mencionando la trata de personas? ¿Referirse nuevamente a este delito con finalidad prostituyente? ¿No está todo dicho, todo sabido? Sin embargo, podemos alumbrar otros paisajes si nos asomamos a los ejercicios de las niñas y de las púberes en el chat y en Facebook, zonas de recorrido cotidiano donde ellas acumulan “experiencias” que precisan devorar, ingenuamente. Es una ingenuidad impregnada por las expectativas prometedoras de conocimientos “interesantes” que esperan encontrar en un mundo que ellas mismas han creado a la vera de pedófilos y rufianes. Lo gestaron tipeando, creando documentos y reproduciendo números telefónicos y mensajes. Una cultura propia que tiene más fuerza que las que pudieron insertar su familia o la escuela, con una lógica de producción, distribución y consumo (entre compañeras de escuela por ejemplo) que las independiza de las preocupaciones y ocupaciones que históricamente se suponían eran las naturales y esperables en ese período vital.
La centralidad de sus intereses está regulada por estos medios masivos, redes, oportunidades dialogales con desconocidos y algunas, muchas, no sabemos cuántas de estas niñas y púberes omiten los que se suponen deberían ser sus intereses quinceañeros –novios, amigovios, ropa, vocación, fiestas– para sumergirse en el chat y en el Facebook durante horas tejiendo “amistades” con sujetos que a veces se presentan como si fueran otros jóvenes pero también como varones interesados en ellas, para “conversar de cosas nuestras”. Así comienza el recorrido que continúa con la conexión que ella establece con una amiga o compañera a la que invita y en oportunidades concurren juntas a una cita. Esa cita se les aparece como misteriosa, con un suspenso encantador, que no precisa encontrar una niña tonta, una púber estúpida, le alcanza con una adolescencia curiosa, tentada, erotizada por su necesidad de avanzar utilizando los recursos que posee mediante las redes y el chat; porque ese poder es erotizante.
Las ansiedades propias de esta etapa vital, asociadas a las vivencias de desamparo y alerta ante un cuerpo que se modifica constantemente, así como el displacer que estos cambios pueden suscitar, reclaman cierta tolerancia necesaria para poder construir un mundo simbólico con pensamientos y aprendizajes de distinto calibre. La necesidad de proyectar sus ansiedades en los adultos cercanos es característica y se potencia con el deseo de “saber”; entonces la curiosidad, como una pulsión pujante, configura un cuadro de la pubertad históricamente descripto pero que actualmente encuentra recursos poderosos mediante las nuevas tecnologías.
En el ejemplo que introduzco, protagonizado por púberes –y aun niñas– las hormonas volcadas en el circuito sanguíneo no son ajenas a la tentación por ingresar en el mundo que las “especiales” mujeres de la tevé promueven con sus mohines, sus siluetas y sus éxitos resonantes.
La tentación de aparecer en los medios, de modelar para iniciarse como profesionales, de ser fotografiadas y conocidas ganando dinero que se supone suculento y fácil constituye la apertura, el intersticio donde un varón, investido como “galán” promete contactos novedosos, también sentimentales, para acercarse a sus futuras víctimas. La estrategia es la que siempre se utilizó; la novedad reside en la edad que las niñas y púberes en busca de estas aventuras mediante la aplicación de Facebook y chat.
Es el nuevo camino que intenta la trata de personas con fines prostituyentes, adhiriendo al éxito que los pedófilos logran mediante el grooming.
Es la información que paulatinamente ingresa en el Programa las Víctimas contra las Violencias y que la Brigada Niñ@s asume para proceder y advertir. Históricamente los pasos para incorporar víctimas a la trata eran otros, ahora la tecnología impulsa el ingreso por captaciones tempranas facilitadas por las escolares cuyas fotos posteriormente aparecen en Facebook, pero también las publicadas por sus padres, solicitando su paradero: “Que sepamos no tenía novio... tampoco chicos amigos, solo las compañeras de la escuela”. En el diálogo con estas niñas, rescatadas a tiempo porque los medios de comunicación alborotan masivamente, alertados por los padres, escuchamos cuál es la maniobra para juntar a varias púberes en un mismo lugar y ofrecerles encuentros “interesantes”.
Tanto los encuentros como la necesidad de espiar, paradigmáticos de las curiosidades que forman parte del ADN de la especie y constituyen un mecanismo de subsistencia, ilustran mitos arcaicos, asociables con mujeres.
Podemos discutir si fue la curiosidad que impulsó a Eva, el afán por conocer acerca del bien y del mal (que se sintetiza en “conocer a una mujer sexualmente hablando) o la tentación de tener el poder de Yaveh su padre y creador. Así perdió el estado de gracia original y se introdujo en el pecado. Dicen que la serpiente la tentó (la serpiente no era tal sino un ángel caído y exiliado después de la gran batalla contra Yahveh por el poder en el mundo), se le habría aparecido a Eva en el Edén con propuestas y promesas seductoras que ella escuchó.
Por su parte, Pandora, creada por Hefesto cumpliendo la orden de Zeus, llegó al mundo de los humanos portando una caja que guardaba todos los males y enfermedades que el Olimpo había seleccionado para los mortales. Pandora tenía orden de no abrirla, pero atrapada por su curiosidad la destapó. Así, todos los males se desparramaron en el planeta. No obstante logró cerrarla antes de que la esperanza, acuchada en el fondo de la caja, también saliera volando. Es lo único que nos queda a los humanos.

Historias descuidadas

Durante décadas nuestro país se mantuvo al margen de una legislación pertinente y de decisiones políticas operativas; los jueces que debían intervenir alegaban falta de legislación, las policías y la Gendarmería parecían distraídas o bien compartían los “beneficios” de las “wiskerías” asentadas en las rutas. Los movimientos feministas y alguna ONG eran quienes, anualmente, informaban al Departamento de Estado de Estados Unidos cuando éste enviaba cuestionarios para monitorear (¡!) el estado de la trata entre nosotros. Cuando en el año 2006 fui convocada por el Ministerio del Interior de la Nación para crear un programa que se ocupase del tema violencia sugerí la necesidad de una ley que se legislara para avanzar contra este delito. Así se generó la actual ley –siempre necesitada de ajustes– que la ex diputada socialista Barbagelata había reclamado años antes. Desde Misiones, la Coalición contra la Trata de Personas, liderada por Claudia Lascano, exigía intervención judicial con la legislación penal existente y lograba algunas detenciones, mientras algunos jueces en Buenos Aires, haciendo uso de esa legislación penal, Cillerruelo, Mirta Guarino y alguna otra jueza, intervenían y detenían rufianes, sin contar con una ley federal pero con decisión ética.
En el año 2006, estalló un escándalo en la ciudad de Bell Ville, Córdoba, debido a la detención del rufián que administraba el local Puente de Fuego, conocido en la zona por sus actividades prostibularias. Una de sus víctimas había logrado escapar e iniciar la denuncia que informó a todo el país acerca de la trata de personas. Información que no constituía secreto alguno. En esa oportunidad y dada mi intervención en la promoción de una ley contra ese delito viajé a Bell Ville acompañada por profesionales del Ministerio del Interior para presenciar el juicio. Página/12 publicó una serie de artículos preparados por Marta Dillon que describió meticulosamente los detalles de la ignominiosa historia, en la cual las víctimas prestaban declaración en presencia del rufián y de su compañera (a cargo de las mujeres esclavizadas). Quedó al descubierto el funcionamiento de este segmento de la red, “la compra” de las mujeres, su pasaje de un prostíbulo a otro, las amenazas mediante las cuales las mantenían encerradas (recordándoles el nombre de algún hijo pequeño o de sus padres), los engaños mediante los cuales las introducían en el “trabajo”, las fuerzas de seguridad como clientes, los remiseros que transportaban a los clientes y el trato inhumano al que eran sometidas: estas mujeres estaban obligadas a “atender” a doce o quince hombres por día, entre otras atrocidades. Las víctimas rescatadas contaron con la colaboración de un grupo de mujeres que desde una militancia religiosa aportaron ayuda y acompañamiento mientras prestaban declaración y permanecían detenidas. El periodismo se ocupó de publicitar el desarrollo del juicio y reproducir las preguntas del fiscal y de los jueces que se encontraban en una situación extraña, con asistentes que llegaban desde el Ministerio del Interior y mujeres provenientes de ONG conocedoras del tema. Empezaba a escucharse ruido allí donde todo había sido silencio y complicidades.
Un Estado como el que existía hasta el momento en que se sancionó la ley era un Estado promotor de desvalimiento psíquico y social para quienes son víctimas y para la comunidad aferrada a imaginarios y simbólicas que legitiman la existencia de la trata. O sea, una corrupción de las pulsiones sociales que bordean la pulsión de muerte o la convocan. De este modo se produce el enlace entre este delito y la esclavitud.
Los pensadores que no pensaron en trata pero sí en esclavitud.
Si admitimos una interpretación libre de Hegel sabemos que el amo de buenas a primeras se ve reconocido por un esclavo, al que no le asigna ninguna dignidad. En El Seminario VII, “La Etica del Psicoanálisis” de Lacan se puede leer: “Encontramos en Hegel la desvalorización extrema de la posición del amo, pues hace de él, el gran chorlito, el cornudo magnífico de la evolución histórica...” Sobrevalora la posición del esclavo quien reconocería el valor de la autonomía y de la libertad en el Otro –esta es su ventaja–, ahora sólo le resta imponérsele y superarlo.
El esclavo reconoce al amo como tal y se hace reconocer por él como esclavo. En este proceso se puede observar el sometimiento y adiestramiento por parte del esclavo ya que es él quien crea lo que el otro va a incorporar. Es el esclavo el que podrá evolucionar voluntaria y activamente, es decir, humanamente. No sucede de este modo cuando la subjetivación de estas mujeres ha sido interferida por el consumo de sustancias –drogas– golpes y amenazas sistemáticas, además de las violaciones cotidianas que las instituyen como cloacas, vertederos de semen de diez o quince sujetos por día.
En el análisis que realiza Lacan de los textos hegelianos escribe, en “Función y Campo...”: “El esclavo sabe que es mortal, sabe también que el amo puede morir, puede aceptar trabajar para el amo y renunciar al gozo mientras tanto; y, en la incertidumbre en que se producirá la muerte, espera”. Añade: “... a partir de lo cual vivirá, pero en espera de lo cual se identifica a él pero muerto, y por medio de lo cual él mismo está ya muerto.” Que constituye una excelente descripción de lo que suelen expresar algunas víctimas cuando dicen que se sienten como muertas. Están muertas para el mundo debido a la invisibilización de su existencia. No hay registro hasta la actualidad, de su vida como víctimas. En todo caso se las reconoce como prostitutas por el que se supone el gusto de vivir del producto que les aporta su sexo. El discurso social habitual genera un linchamiento semántico separándola en segmentos corporales/sexuales. Les gusta el dinero que ganan, el servicio que prestan mediante su cuerpo. Es el pensamiento que habitualmente encontramos en la comunidad.
Pero no es ése el punto, sino el estar muertas por no poder transformar la situación en la que se encuentran. La ley de estas esclavas es no poder pensar seriamente en liberarse, aunque algunas crean que van a poder cambiar su vida cuando hayan terminado de pagar su “deuda”, pero esa deuda es inextinguible: jamás finalizan de pagarle al rufián aquello que él les impone; deben restituir el dinero que se utilizó para su traslado (o secuestro), su comida, su ropa (¡!), sus remedios (raramente cuentan con alguna atención médica). Por otra parte, no disponen de medios concretos (papel, lapicera) donde poder anotar las sumas que le corresponderían por su “trabajo”. Es decir, carecen de posibilidades concretas para huir del encierro o/y fantasear con la huida.
Es posible suponer en ellas estados de apatía aterrada asociable a ese “sentirse como muertas”; quizás sustituirían las vivencias de dolor como desarrollo de afecto, buscando obtener un enmudecimiento parcial de los afectos para paliar la actividad tóxica de cada día.

El cuerpo

El suyo es un cuerpo que a veces finge el deseo –según el cliente– y en oportunidades no niega el asco, desobedeciendo el mandato del patrón; también el cliente es patrón, procede en sucesión de carnes torpes o tumultuosas pero que siempre arrastran. Arrastrar es la investidura permanente de cada acto sexual destinado a abolir la postura vertical ganada por los humanos, las humanas que fueron erguidas, ahora privadas de cualquier decisión. Ellas carecen, por intoxicación o historia personal, de mediaciones psíquicas que las ayuden a soportar la situación que supera la pérfida relación social establecida entre ella, el cliente y el rufián.
La escena corrupta comienza al asumir el camastro que se ofrece cada día, interminable e inevitablemente. Es un indicador translingüístico que aporta el sentido clave de la trata y que define espacio “privado”, distinto del espacio público donde se ofrece prostitución urbanizada en la miríada de cartelitos pegados en los tachos de basura y en los postes de alumbrado callejero.
Ella ya ha sido subjetivada como puta, por oferta y por presencia: éste es uno de los trucos de la trata, colocar a la víctima en la jaula, extorsionada y disponible, borrada del entorno mediante la pulsión de muerte socializada que se expresa en el delito tolerado y promovido por el imaginario a veces, otras por el fantasma: “la mujer sirve para eso”, insignia mayor del patriarcado. Que se torna extensible para la travesti y aquellxs personas trans que han sido incluidos en el régimen de la trata.
* Publicado en Página/12 el día 17/12/2015 
*Psicoanalista- Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Vioelcias