El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

martes, 23 de agosto de 2016

DIFUNDIR LA VIOLACIÓN

Por Eva Giberti*
**Es posible celebrar la veloz y eficaz reacción que la comunidad, en especial los medios de comunicación, produjo con motivo de las declaraciones de un cantante rockero que “bajó línea” en relación con la violación de mujeres. De su inmundicia –el texto fue nutrido con condimentos psicopatológicos– cabe mencionar como detalle el haber utilizado la cátedra de una Escuela de Periodismo para expresarse. Pero en este oportunidad el texto aberrante –que sin duda comparten innumerables varones– tuvo su correlato fecundo: la comunidad se mostró sensible y encendió la alarma. Lo cual conduce a reflexionar acerca de la dimensión antagónica de lo que habitualmente sucede: la insensibilidad y acostumbramiento de las poblaciones ante los horrores que los medios fotografían, exponen y describen cada día, así como ante las expresiones de autoridades que vulneran los derechos de las mujeres utilizando su lugar de poder. La brutalidad de las expresiones que utilizó este cantante coloca en superficie el horror que se siente ante las historias de violación, a pesar de su cotidiana aparición.
El acostumbramiento a lo que constituye el horror puede tambalear sin embargo cuando se fotografía el cadáver de un niño sirio, Aylan Kurdi, recogido en una playa turca; entonces la sensibilidad doméstica se altera; pero hizo falta esa escena que mostró cómo las olas depositaban el cuerpito en la arena. Mientras tanto miles de refugiados son perseguidos y otros tantos mueren ahogados a veces despertando lejana indignación y también rechazos porque: “no corresponde que inunden los países de otra gente”.
Inútil enunciar escenas horrorosas que denuncian el hambre en el mundo, porque resultaría interminable. Aquello que es preciso poner en evidencia es el acostumbramiento al espanto de aquellos desastres que convocan a millares de víctimas, entre ellas las catástrofes por doquier y las víctimas de episodios sangrientos. Todo mostrado cotidianamente de forma tal que la sensibilidad queda atorada; entonces empezamos a descubrir que la insensibilidad, precisa recurrir al mecanismo de la negación para no reconocer el horror que impide asumir lo que se está viendo o escuchando. De este modo, gracias a la insensibilidad se pierde la posibilidad de reflexión mental y el significado simbólico de aquello que se presencia o se conoce. Insensibilidad que no es ajena al consumo de sustancias “tranquilizantes”, “equilibrantes” y estimulantes que se ha disparado en el mundo occidental, una de cuyas funciones reside en impedir que determinadas emociones rocen la sensibilidad personal, asociada fuertemente con los pensamientos, conclusiones y reacciones de índole moral que podemos poner en juego.
Stanley Kohen habla de la fatiga de la compasión y se pregunta si “¿estamos hablando de una reacción frente a una crisis particular o de una disminución más general de la sensibilidad moral?” Introduce la idea de compasión como una vivencia que debe ser aprendida y enseñada y que al mismo tiempo podría ser una reacción “natural” ante determinadas situaciones desencadenada por el sufrimiento de los otros.
Los sufrimientos que ordenan los paisajes cotidianos mediatizados y que se repiten de manera intrascendente coadyuvan en la insensibilidad y el vacío de compasión pero en realidad no alcanzarían para la respuesta visceral de cada quien; precisan la convivencia con situaciones dolorosas que se resuelven pensando “siempre ha sido así”. El imaginario social está poblado de estas frases que justifican la negación del sufrimiento de otros, y, en oportunidades, como lo protagonizó ese cantante de rock, apelando a la posible histeria de alguna mujer que “precisaría” la violación. Cualquier argumento histórico o pretendidamente psicológico para recurrir al mecanismo de negación que nos conduce al embrutecimiento de los sentidos y a la pérdida de la capacidad simbólica que ayuda a pensar: ¿qué les sucede a esas personas que son victimizadas y su historia nos sirve como espectáculo?
Cuando celebro la reacción comunitaria en este caso de atropello divista (en boca de un cantante considerado divo) lo hago como contraejemplo de la insensibilidad mental que se patentiza cada día ante los cuadros dolorosos que podrían comprometernos y no obstante son recibidos mediante el mecanismo de la negación. Más aún celebro que no se haya formado –todavía– un club de varones dedicado a localizar mujeres histéricas para violarlas. Porque podrían ser innumerables aquellos que se mantuviesen ajenos a esta celebración y mantuviesen la insensibilidad cotidianamente adquirida y el embrutecimiento que los desplantes morales inducen.

*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Artículo publicado  en el diario Página/12 el 19 de Agosto de 2016

lunes, 25 de julio de 2016

LA PALABRA SANADORA

*Por Eva Giberti
**Si hablásemos de palabra terapéutica nos referiríamos a aquella que emite el profesional; pero la accción terapéutica no solo puede desatarse porque la universidad garantizó el decir, sino, en oportunidades una persona que habla, repara momentáneamente a quien está devorado por la angustia, entusiasma al bajoneado, o limita al desbocado.
Fue Platón quien creó la psicoterapia verbal mediante el “logos”, o sea la palabra, eludiendo los ensalmos y las impetraciones a los dioses que regulaban las creencias de aquellos griegos fundacionales. Esquilo, en su obra Las Coéforas, escribía lo suyo: “Una palabra puede tener la fuerza de una flecha y penetrar hasta lo más profundo del alma de quien la escucha”. Y Sófocles, en Edipo en Colona: “Los discursos bien compuestos, ya encanten, ya irriten o enternezcan otorgan prestada voz al silencioso”.
Los antiguos griegos nos dejaron palabras, filosofías y también fueron respetuosos y otras tantas veces desafiantes con sus dioses. Los historiadores nos contaron sus avatares cuando guerreaban y los traductores actuales inventan ciclos inexistentes: el guionista del film Troya modificó el lugar tradicional de los hechos para darle a Brad Pitt, que jugaba a ser Aquiles, la oportunidad de morir frente a la cámara. Las palabras de Homero son tan potentes como para sobrellevar deslizamientos olímpicos.
Las palabras que cumplen una labor sanadora disponen de múltiples oportunidades para expresarse, sobre todo cuando se hacen cargo de desentrañar secretos. Así como la ausencia de palabra esclarecedora puede envolver la existencia de miles de personas porque lo no dicho, el silencio que amputa el conocimiento de una historia de vida puede erigirse en sufrimiento futuro, en malestar permanente. Allí donde hace falta la palabra sanadora que aclare, informando y serenando.
El comentario surge porque el número de consultantes que han sido “adoptados” durante su niñez, e inscriptos como hijos propios de determinadas matrimonios, aumenta considerablemente. Quizás no tanto porque persista la malévola práctica de traficar niños sino porque se trata de adultos de 50 años y más que han llegado a una edad en la que no logran conformarse con “saber” que son “adoptivos”, cuando en realidad no lo son, sino víctimas de sustitución de identidad. O sea, han transcurrido su vida engañados sistemáticamente. Si hay adopción es porque es legal, de lo contrario se trata de sustitución de identidad, de apropiación de esa criatura. Así se procedía en décadas anteriores. Esos bebes crecieron y padecen el secreto de la palabra silenciada, de “la verdad oculta” que ningún miembro de la familia puede aclarar, porque transcurieron muchos años; y los que estuvieron entonces, cuando se realizó aquel “trámite” ya no están. Eran quienes podían emitir la palabra sanadora, contando, descubriendo, recordando, o, lo que es más grave aún, pueden decir: “Yo sé que te trajeron a casa de tus padres pero ellos nunca contaron nada”. O bien: “Sabemos que te fueron a buscar a casa de una mujer que se ocupaba de atender muchachas que no querían quedarse con el hijo y entonces ella los entregaba a distintas familias…Yo no sé cuánto les cobraría…”
La palabra sanadora de los parientes que podrían hablar se enturbia cuando recuerdan aquellas andanzas que se tramitaron 50 años antes, pero suele ser lo único que escuchan estas personas que anhelan encontrar un punto de sostén para poder registrar “algo” de su historia personal. Anhelan una palabra capaz de esclarecer, mínimamente, pero aun así sanadora cuando alguien cercano aporta una pista.
Es notable la reiteración de los pedidos de estas personas que solicitan “si tan solo tuviese una palabra como guía…”; momento en el que se comprende esa función sanadora de la palabra que informa.
Aun viven algunos de aquellos que disponen de esa palabra sanadora, y quizás no imaginan hasta dónde podrían aliviar, pronunciándola. Las palabras sanadoras cuentan con horizontes múltiples, pero en esta oportunidad, el desasosiego y la permanente desazón de este universo de seres apropiados siendo niños para la satisfacción de los adultos que no imaginaron cuánto daño podrían producir, clama a quienes insisten en “guardar el secreto”.
Moralmente los convoca la obligación de pronunciar la palabra sanadora que ingrese en lo “más profundo del alma de quien escucha”, de aquellos a quienes les asiste el derecho de saber, aunque sólo se trate de una mínima referencia al origen de su historia de vida.
*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
**Publicado en Página/12 el 20 de julio del 2016

martes, 7 de junio de 2016

ALGUIEN SE EQUIVOCA

Por Eva Giberti*
**Alguien se equivoca si piensa que el 3 de junio del año 2015 fue un brote de furia organizado por mujeres enardecidas. Las acompañaron algunos varones esclarecidos y otros tantos oscuros y oportunistas. Fue una furia cotidiana que quedó a la vista, la estridencia visual de los cuerpos que mostraban las cicatrices y los carteles: “A mí me quiso quemar viva…”
Alguien se equivoca si piensa que vamos a contar cuántas calles se ocuparán este 3 de junio del año 2016, porque la política no se mide con la vara de las estadísticas sino que se la reconoce cuando se hace presente allí donde hace falta. Y NiUnaMenos es la política.
Una comunidad de mujeres en la que cada cual puede decir lo que quiere, lo que piensa, lo que le pasó. Una comunidad de comunicación, en comunicación para transformar lo que se creía individual en un manifiesto donde se denuncia a los homicidas, a los golpeadores, a los jueces, a los violentos, a los policías, a los gendarmes y a cualquier fuerza de seguridad.
Unidas en una unidad que, asombrosamente, se define “afuera” de las mujeres, en el espacio que les había sido históricamente limitado, la calle. Están unidas desde adentro, desde la reunión que las convoca, pero no es allí donde recala la energía sino en la sonoridad de los gritos que la calle recoge, como palabras que se desatan en un “afuera” que ellas expropian. Es desde ese “afuera”, ahora ganado masivamente, como una calle que antiguamente se recorría con breves carteles pidiendo por el derecho al voto, es desde ese lugar de donde parten los contraproyectos que intentan torcer y silenciar los movimientos de mujeres. Ahí donde se debe atender con energía porque de allí provienen las impunidades, las indiferencias, las negligencias y la permanente autorización social para tolerar la violencia contra las mujeres.
En ese “afuera” se asientan los que juegan con la violencia que ahora llaman de género para disimular la violencia patriarcal, y digo que juegan porque la exhiben en los medios como territorio de disputa para opinadores e ideólogos apostando al mayor rating posible. Comparten los espacios con las mujeres que, hace años ya, decidieron mostrarse ante una cámara y desnudar las señales que la quemazón y los tajos marcaron para su memoria, también enseñanza para que otras aprendan a no desobedecer al varón.
En ese “afuera” se arriesga el secuestro de las distintas formas de violencias contra las mujeres al confundir la tremenda posibilidad de hablar y denunciar que hemos ganado en las luchas cotidianas con el chiste de doble sentido de los denominados “humoristas” de los medios que no pueden eludir la violencia machista de sus decires, los locutores y los conductores que hablan de la víctima de violación porque “regresaba tarde a su casa” y entonces claro… Exculpando al violador porque la autodeterminación de la víctima la condujo a elegir su hora de regreso.
También el riesgo de secuestro de lo que se ha ganado en materia de esclarecimiento acerca de violencia contra las mujeres reside en el intento sostenido de impedir que nos autolegislemos, tomemos las palabras por nosotras, para nosotras y regulemos aquello que nos corresponde regular. Y en NiUnaMenos está muy claro que el varón se ha aposentado como contendiente perdurable, que se nos acerca para complejizar el espectáculo de los encuentros multitudinarios mostrando que nos apoyan pero desde sus estrados y sillones de potestad juegan a otro juego. También desde la domesticidad de la violencia familiar, doméstica, siempre patriarcal, siempre contra las mujeres. De eso hablamos en NiUnaMenos, entonces no se retuerzan los masculinos solicitando ecuanimidades porque nosotras tendríamos que saber que no todos los varones son violentos… Nosotras hablamos desde NiUnaMenos, donde nos falta UNA. Desde ese lugar, que es el de la política, localizamos a los femicidas que pretenden argumentar accidentes, advertimos que las estadísticas crecen y alzamos los textos de la ley.
*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación
** Publicado en el Diario Página/12 el Miercoles 1 de Junio de 2016