El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

lunes, 27 de julio de 2015

Adopción y géneros

        Por Eva Giberti

Adoptar a un niño no es lo mismo que adoptar a una niña. Si bien durante los primeros años de vida parecería que se trata de “los chicos” como una universalización de los hijos, a medida que transcurren los años los géneros aportan algunas características propias.
Como una circunstancia no necesaria, pero que atraviesa la historia de las familias adoptantes, con una hija/niña puede instalarse, coyunturalmente, un embarazo de la hija adolescente, no deseado por los padres.
La idea y la fantasía de hija adoptiva embarazada en un futuro –al margen del proyecto parental– existe desde el comienzo de la adopción y aun antes, cuando adoptar es solo necesidad y/o deseo. La relación madre/hijo/varón adquiere características propias, subjetivas de cada vínculo sin que necesariamente se introduzca un embarazo posible como irrupción en la vida de quien fue adoptada.
La relación hija/madre en adopción está marcada, signada (en tanto constituye un signo que la identifica) por el avance imaginario, fantasioso, de la madre de origen que forma parte de los pensamientos, sensaciones e imágenes de la adoptante como caudal consciente o no.
La sospecha, el temor, la fantasía, en relación con un embarazo “antes de tiempo”, en tanto garante de la fecundidad de esa hija adoptiva, forma parte del horizonte familiar cuando se adopta una niña. En oportunidades se alcanza a comentar como temor de la madre adoptiva al incorporar una posición sospechante o sospechadora: “ Y... no sé... quizás resulte que la hija siga los pasos de su madre biológica y quede embarazada cuando no debería... Cuando veo a la nena con tantos chicos alrededor me da miedo...”
Lo cual advierte acerca de las características posibles en la relación madre/hija adoptiva que añade un suspenso en la que tradicionalmente y como fenómeno general fue estudiada como “devastadora” relación entre madres e hijas que Lacan clasificó como “estrago” y que Freud anticipó en uno de sus textos. Como si fuera muy difícil que pudiera existir paz entre ellas, más allá de las exitosas, excelentes relaciones que las lectoras pudiesen reconocer en ese vínculo.
La “devastación” y el “estrago” son conclusiones a las que se accede mediante experiencias psicoanalíticas, pero en el campo de las adopciones, esta relación tiene características que la diferencian de la adopción de niños varones: de allí la necesidad de distinguir, cuando se piensa en adoptar y cuando se trabaja con las familias adoptantes, las múltiples significaciones de la diferencia mujer y varón.
Esta advertencia suele rechazarse en los momentos iniciales de los trámites y en la preparación para adoptar: “Nosotros queremos un hijo... No nos importa si es una nena o un varón, como sea, lo vamos a querer como un hijo...”. Efectivamente, así sucede; pero a los hijos y a las hijas se los ama sin desconocer su género. E incorporar a una hija mujer, que introduce en la familia adoptante la posibilidad de un embarazo temprano, ajena a las expectativas de los padres, implica una relación que tramita la presencia de la madre de origen compartiendo el grupo familiar como figura ausente e ineludible.
Las madres adoptantes suelen afirmar que cuidan a sus hijas/niñas, las advierten mediante una educación sexual cuidadosa, enhorabuena.
En paralelo la hijas adoptivas son quienes elaboran su relación con esa madre adoptiva y la comparan con la de origen, de quien provienen. Y ese diálogo imaginario es –habitualmente– ajeno a los intercambios con la madre adoptante. Forma parte de las posesiones de la adolescente como capital segregado de la familia adoptante, y también de sus derechos personalísimos.
El diálogo imaginario de esa púber o adolescente con quien la engendró posiciona a la madre adoptiva al margen de esas escenas: ella no podría hablar de los embarazos a partir de su experiencia.
Algunas hijas adoptivas adolescentes eligen frases crueles para enfrentar el tema:
“Ella –la adoptiva– es falsa porque no sabe lo que es ser madre, no me tuvo a mí, me crió solamente...” Afirmación en la que se arriesga infiltrar una posible identificación, un “ser como la otra” (la de origen), que fue madre “de veras” porque pudo parirla a ella. Son avatares que se deslizan silenciosamente en las intimidades de madres e hijas, sin intercambiarse verbalmente aunque en alguna oportunidad surge la confidencia adolescente y borda la trama de los amores maternos y filiales.
Estas observaciones, recortadas de entrevistas con familias adoptivas que puedo reconocer como históricas conducen a la necesaria actualización de otros niveles de análisis que durante décadas se presentaron en la consulta y hoy proponen otras realidades.
En la actualidad, las clásicas alternativas entre padres adoptantes e hijos/as se encuentran amarradas a la comprensión y conocimiento de aquello que denominamos género. Cuando, hace algunos años, un padre adoptivo, furioso, me dijo: “Yo no adopté a mi hijo varón para que se me haga homosexual”, incorporaba una variable semejante a la que en otra oportunidad, también a cargo de un padre, se afirmara: “Ahora resulta que a mi hija le gusta más estar con otra mujer en lugar de tener novio... No lo vamos a tolerar...”
Ambas circunstancias –diálogos en consultorio– dejaban al descubierto el asombro indignado de estos padres coincidente con una intolerante visión de los deseos y posibilidades de sus hijos y un reconocimiento de su opción por una hija mujer/mujer y de un varón/varón. No habían adoptado “anormales” sino niños y niñas sujetados a sus posiciones anatómicas y socialmente “ordenadas”.
Es decir, si adopto una niña, tendrá que comportarse como una mujer, lo mismo si adopto un varón. El género en la relación con los hijos adoptivos, si bien se asemeja a lo que podría suceder con quienes no son adoptivos, se diferencia porque en la adopción esa criatura no llegó por “cuenta propia” y como resultado de un engendramiento de la pareja, sino ha sido tercerizada por la ley de adopción, por un juez, a quienes habría que reclamarles por el desorden de sexos que el deseo de los hijos e hijas produciría al avanzar con perspectivas de género que no coinciden con las convenciones “normalizadoras”.
Las perspectivas de género se han introducido en los ámbitos de la adopción con la potencia propia de los derechos humanos y de las diversidades.
A la tradicional complejidad entre la madre adoptante y la hija adolescente, que más tarde será una mujer que quizás pretenda engendrar y que siendo adolescente podría suponer una incógnita para la adoptante, se añade la imperiosa realidad de las diversidades que no necesariamente fueron previstas en los trámites e ilusiones del adoptar.
Adopción y géneros: todavía mucho por comprender entre madres e hijas adoptivas; mucho por aprender en las familias adoptantes cuyos hijos e hijas declaran su autonomía de género.

*Publicado en el diario Página/12 el día viernes 24 de julio del 2015

miércoles, 3 de junio de 2015

Una piensa que...

 Por Eva Giberti

Algunas frases del decir popular clamaban, entre críticas y desconcertadas: “¿Todo este barullo porque mataron a varias mujeres? ¡Matan a tantos hombres todos los días! Y nadie hace nada. Ahora está de moda hablar de violencia de género, o familiar... Siempre pasaron estas cosas... Ahora es para hacer política...”

En las bares, boliches y espacios históricamente masculinos se bate el parche contra la Convocatoria de hoy, con la que tropieza el patriarcado despótico.
También en alguna sesión psicoterapéutica se infiltra el fastidio y la queja de aquellos varones sobrepasados por el escándalo que el este encuentro significa. El escándalo no es la muerte de las mujeres, sino la vida de ellas, como siempre, pero más que siempre, levantando la voz... Voces insoportables cuando definimos que se mata a las mujeres porque son mujeres, cuando se elige el alarido para hacerse oír, se desbaratan los silencios impuestos y se transitan las calles promoviendo los caminos del reclamo y la denuncia.

“¡Pero esto es pura agitación!... A las suegras dan ganas de matarlas, a las putas hay que explotarlas, a las minitas hay que acosarlas, porque siempre fue así y ahora no pretendan cambiar lo que ya se sabe cómo funciona.”
A tales principios falta añadirle: “Y yo con mi hija/niña hago lo que quiero y a mi empleada le pago menos que al varón”.

No obstante, en ese clima cotidiano –desde las mujeres– brotó la indignación ante los femicidios; un clima que está impregnado por los chistes denigrantes hacia la mujer, por los programas de tevé que fogonean el machismo y las emisiones radiales donde las locutoras están obligadas (¿?) a reírse permanentemente festejando no se sabe qué, siempre aportando una imagen de complacencia con el conductor. (No me digan que también hay mujeres asesinas, porque la frase es parte del clima que aloja a los homicidas.)

En ese clima la Convocatoria dibuja un horizonte donde la palabra es un recurso que habilita el pensamiento e impulsa la acción que se instala en las calles. Se impone el nombre mayúsculo: ni UNA menos, para que de una buena vez las mujeres, cuando hablemos de nosotras mismas no digamos UNO, sino UNA como corresponde: “Una piensa que...” Y propone un universo donde todas estemos presentes, ni UNA menos.

Así sucede en compañía de los varones que acompañen, aprendiendo a pensar cómo modificar ese clima en el que crecieron y muchos propiciaron, hasta ahora. El horizonte separa, Convocatoria mediante, la vida de la muerte. Horizonte que las mujeres estamos diseñando desde el principio de los tiempos, sin retroceder, actualmente proponiendo una acertada consigna que denuncia la crueldad como hábito, las impunes libertades de los violentos y rescata las voces de las mujeres presentes en la ausencia de sus muertes.

*Publicado en Pagina/12-el día 3/6/2015

martes, 26 de mayo de 2015

Violencia, ¿de género?

 Por Eva Giberti


La comunidad está satisfecha. Con la conciencia tranquila. Se encontró la frase que encubre la violencia contra las mujeres protagonizada por varones: violencia de género. No se sabe a cuál género se refiere. De ese modo queda en la penumbra la violencia patriarcal, la violencia machista, los ataques asesinos, las torturas, las impunidades, las complicidades, mientras las víctimas exhiben sus historias en los medios de comunicación.
Lo cual tranquiliza más aún las buenas conciencias de quienes miran y escuchan los avatares y penurias de esas mujeres golpeadas y se sienten aliviadas porque ahora “por lo menos se puede hablar del tema”.

Se habla y se averigua si hay más o menos violencia que “antes” o si se trata de una mayor difusión del tema. Se habla de las víctimas y de las posibilidades de prevención, se reconoce que “algo se ha avanzado” (menos aquellos rabiosos/as que insisten en que “no se hace nada”, negando las múltiples prácticas con las que se ha avanzado durante los últimos años); se habla de todo pero mucho menos de los varones violentos que ejercen poder.

En oportunidades se ilumina un pantallazo en tevé mostrando la cara de Fulano que debía cumplir prisión por “lesiones graves” pero que está en libertad, o se escucha el nombre del que se escapó después de intentar matar a una adolescente, pero las discusiones e intercambios entre oyentes, profesionales expertos, conductores de programas, editorialistas y comentaristas promueven la idea de género que, como sabemos, incluye a todos los géneros posibles.

La nueva trampa, destinada a silenciar la violencia de los varones, cumple la función de tranquilizar a quienes podrían preguntarse si el compañero con el cual conviven y tiene “carácter fuerte” será un posible golpeador u homicida. Hasta el momento solamente se trataba de un insulto diario o una descalificación permanente, cotidianidades que tapizaban los diálogos con la mujer, sin que ella advirtiera que así comienzan los futuros golpeadores. El tema abre la posibilidad de advertir a quienes aún dudan acerca de los modales e intenciones del compañero.
Importantes textos y programas en los medios ilustrados por profesionales conocedores del tema, con participación o testimonios de víctimas y testigos, difunden las noticias, las imágenes y las consecuencias de estas violencias. Sin embargo, se mantiene pendiente instalar el alerta para aquellas mujeres que conviven tolerando malos tratos como el preludio de una violencia mayor. Empezando por las adolescentes que en sus celulares sobrellevan los múltiples llamados del muchachito con el cual “salen” y piensan que esos contactos, cada hora, son producto del amor cuando en realidad se trata de una forma de control para saber dónde y con quién está.

Al hablar de violencia de género –frase que ganó el fervor popular– no sólo se mantiene oculta la expresión violencia contra las mujeres que inevitablemente compromete a los varones, también se los protege al impedir que la imagen masculina ilustre el imaginario social como sujeto al que es preciso educar superando los cánones del patriarcado destructor. De este modo, el varón queda aislado de la idea de violencia y de responsabilidad personal y social. Al no oponer la preposición “contra”, asociada a mujer (violencia contra las mujeres), el actor de dicha violencia queda fuera de la escena y en su lugar la palabra género asume un falso protagonismo.

Más allá de la trascendencia filosófica y social que implica la inserción de la idea de género en la convivencia y en los ordenamientos y aperturas sociales –que debemos agradecer a los movimientos de mujeres y al feminismo que no cesa de discutirlo– su aplicación en el área de las violencias autoriza a preguntarse los motivos del éxito de “violencia de género”.

Uno de ellos, ignorar la existencia de la ley 26.485, de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los Ambitos en que Desarrollen sus Relaciones Interpersonales, texto encabezado de acuerdo con aquello que los hechos y la historia significan. La difusión de la idea de género –aplicada en lugar de violencia contra las mujeres– actúa como una barredora, como una ola gigante que se traga y deglute esta violencia que determinados varones promueven. La expresión fue elegida por la comunidad como expresión válida y certera de sus intereses. Permanece como expresión del escándalo que las muertes y las golpizas representan. Enhorabuena se avanza, se piensa y se interviene en la situación de las víctimas; la noticia emigró de la sección Policiales de los periódicos para ingresar en el ámbito de Sociedad y como encabezamiento de los noticieros. No obstante, cabe preguntarse ¿qué sucede para que se omita hablar de violencia contra las mujeres de acuerdo con el texto de la ley?

*Publicado en Página/12 el día 14 de Mayo del 2015