El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

lunes, 25 de julio de 2016

“LA PALABRA SANADORA”

*Por Eva Giberti
**Si hablásemos de palabra terapéutica nos referiríamos a aquella que emite el profesional; pero la accción terapéutica no solo puede desatarse porque la universidad garantizó el decir, sino, en oportunidades una persona que habla, repara momentáneamente a quien está devorado por la angustia, entusiasma al bajoneado, o limita al desbocado.
Fue Platón quien creó la psicoterapia verbal mediante el “logos”, o sea la palabra, eludiendo los ensalmos y las impetraciones a los dioses que regulaban las creencias de aquellos griegos fundacionales. Esquilo, en su obra Las Coéforas, escribía lo suyo: “Una palabra puede tener la fuerza de una flecha y penetrar hasta lo más profundo del alma de quien la escucha”. Y Sófocles, en Edipo en Colona: “Los discursos bien compuestos, ya encanten, ya irriten o enternezcan otorgan prestada voz al silencioso”.
Los antiguos griegos nos dejaron palabras, filosofías y también fueron respetuosos y otras tantas veces desafiantes con sus dioses. Los historiadores nos contaron sus avatares cuando guerreaban y los traductores actuales inventan ciclos inexistentes: el guionista del film Troya modificó el lugar tradicional de los hechos para darle a Brad Pitt, que jugaba a ser Aquiles, la oportunidad de morir frente a la cámara. Las palabras de Homero son tan potentes como para sobrellevar deslizamientos olímpicos.
Las palabras que cumplen una labor sanadora disponen de múltiples oportunidades para expresarse, sobre todo cuando se hacen cargo de desentrañar secretos. Así como la ausencia de palabra esclarecedora puede envolver la existencia de miles de personas porque lo no dicho, el silencio que amputa el conocimiento de una historia de vida puede erigirse en sufrimiento futuro, en malestar permanente. Allí donde hace falta la palabra sanadora que aclare, informando y serenando.
El comentario surge porque el número de consultantes que han sido “adoptados” durante su niñez, e inscriptos como hijos propios de determinadas matrimonios, aumenta considerablemente. Quizás no tanto porque persista la malévola práctica de traficar niños sino porque se trata de adultos de 50 años y más que han llegado a una edad en la que no logran conformarse con “saber” que son “adoptivos”, cuando en realidad no lo son, sino víctimas de sustitución de identidad. O sea, han transcurrido su vida engañados sistemáticamente. Si hay adopción es porque es legal, de lo contrario se trata de sustitución de identidad, de apropiación de esa criatura. Así se procedía en décadas anteriores. Esos bebes crecieron y padecen el secreto de la palabra silenciada, de “la verdad oculta” que ningún miembro de la familia puede aclarar, porque transcurieron muchos años; y los que estuvieron entonces, cuando se realizó aquel “trámite” ya no están. Eran quienes podían emitir la palabra sanadora, contando, descubriendo, recordando, o, lo que es más grave aún, pueden decir: “Yo sé que te trajeron a casa de tus padres pero ellos nunca contaron nada”. O bien: “Sabemos que te fueron a buscar a casa de una mujer que se ocupaba de atender muchachas que no querían quedarse con el hijo y entonces ella los entregaba a distintas familias…Yo no sé cuánto les cobraría…”
La palabra sanadora de los parientes que podrían hablar se enturbia cuando recuerdan aquellas andanzas que se tramitaron 50 años antes, pero suele ser lo único que escuchan estas personas que anhelan encontrar un punto de sostén para poder registrar “algo” de su historia personal. Anhelan una palabra capaz de esclarecer, mínimamente, pero aun así sanadora cuando alguien cercano aporta una pista.
Es notable la reiteración de los pedidos de estas personas que solicitan “si tan solo tuviese una palabra como guía…”; momento en el que se comprende esa función sanadora de la palabra que informa.
Aun viven algunos de aquellos que disponen de esa palabra sanadora, y quizás no imaginan hasta dónde podrían aliviar, pronunciándola. Las palabras sanadoras cuentan con horizontes múltiples, pero en esta oportunidad, el desasosiego y la permanente desazón de este universo de seres apropiados siendo niños para la satisfacción de los adultos que no imaginaron cuánto daño podrían producir, clama a quienes insisten en “guardar el secreto”.

Moralmente los convoca la obligación de pronunciar la palabra sanadora que ingrese en lo “más profundo del alma de quien escucha”, de aquellos a quienes les asiste el derecho de saber, aunque sólo se trate de una mínima referencia al origen de su historia de vida.
*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
**Publicado en Página/12 el 20 de julio del 2016

martes, 7 de junio de 2016

ALGUIEN SE EQUIVOCA

Por Eva Giberti*
**Alguien se equivoca si piensa que el 3 de junio del año 2015 fue un brote de furia organizado por mujeres enardecidas. Las acompañaron algunos varones esclarecidos y otros tantos oscuros y oportunistas. Fue una furia cotidiana que quedó a la vista, la estridencia visual de los cuerpos que mostraban las cicatrices y los carteles: “A mí me quiso quemar viva…”
Alguien se equivoca si piensa que vamos a contar cuántas calles se ocuparán este 3 de junio del año 2016, porque la política no se mide con la vara de las estadísticas sino que se la reconoce cuando se hace presente allí donde hace falta. Y NiUnaMenos es la política.
Una comunidad de mujeres en la que cada cual puede decir lo que quiere, lo que piensa, lo que le pasó. Una comunidad de comunicación, en comunicación para transformar lo que se creía individual en un manifiesto donde se denuncia a los homicidas, a los golpeadores, a los jueces, a los violentos, a los policías, a los gendarmes y a cualquier fuerza de seguridad.
Unidas en una unidad que, asombrosamente, se define “afuera” de las mujeres, en el espacio que les había sido históricamente limitado, la calle. Están unidas desde adentro, desde la reunión que las convoca, pero no es allí donde recala la energía sino en la sonoridad de los gritos que la calle recoge, como palabras que se desatan en un “afuera” que ellas expropian. Es desde ese “afuera”, ahora ganado masivamente, como una calle que antiguamente se recorría con breves carteles pidiendo por el derecho al voto, es desde ese lugar de donde parten los contraproyectos que intentan torcer y silenciar los movimientos de mujeres. Ahí donde se debe atender con energía porque de allí provienen las impunidades, las indiferencias, las negligencias y la permanente autorización social para tolerar la violencia contra las mujeres.
En ese “afuera” se asientan los que juegan con la violencia que ahora llaman de género para disimular la violencia patriarcal, y digo que juegan porque la exhiben en los medios como territorio de disputa para opinadores e ideólogos apostando al mayor rating posible. Comparten los espacios con las mujeres que, hace años ya, decidieron mostrarse ante una cámara y desnudar las señales que la quemazón y los tajos marcaron para su memoria, también enseñanza para que otras aprendan a no desobedecer al varón.
En ese “afuera” se arriesga el secuestro de las distintas formas de violencias contra las mujeres al confundir la tremenda posibilidad de hablar y denunciar que hemos ganado en las luchas cotidianas con el chiste de doble sentido de los denominados “humoristas” de los medios que no pueden eludir la violencia machista de sus decires, los locutores y los conductores que hablan de la víctima de violación porque “regresaba tarde a su casa” y entonces claro… Exculpando al violador porque la autodeterminación de la víctima la condujo a elegir su hora de regreso.
También el riesgo de secuestro de lo que se ha ganado en materia de esclarecimiento acerca de violencia contra las mujeres reside en el intento sostenido de impedir que nos autolegislemos, tomemos las palabras por nosotras, para nosotras y regulemos aquello que nos corresponde regular. Y en NiUnaMenos está muy claro que el varón se ha aposentado como contendiente perdurable, que se nos acerca para complejizar el espectáculo de los encuentros multitudinarios mostrando que nos apoyan pero desde sus estrados y sillones de potestad juegan a otro juego. También desde la domesticidad de la violencia familiar, doméstica, siempre patriarcal, siempre contra las mujeres. De eso hablamos en NiUnaMenos, entonces no se retuerzan los masculinos solicitando ecuanimidades porque nosotras tendríamos que saber que no todos los varones son violentos… Nosotras hablamos desde NiUnaMenos, donde nos falta UNA. Desde ese lugar, que es el de la política, localizamos a los femicidas que pretenden argumentar accidentes, advertimos que las estadísticas crecen y alzamos los textos de la ley.
*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación
** Publicado en el Diario Página/12 el Miercoles 1 de Junio de 2016


martes, 3 de mayo de 2016

“¿LOS ABUELOS?”


Por Eva Giberti*

**Cuando es necesario aludir o mencionar a gente de la tercera edad, los viejos y las viejas, una singular tendencia determina que tanto en los medios de comunicación como en expresiones barriales sean denominados “abuelos”. Si se trata de un accidente, un automóvil atropelló a una abuela y si se describe un asalto “los abuelos fueron maniatados...” Pero sucede que estos “abuelos” jamás lo fueron: no existen tales nietos y en oportunidades, tampoco hijos. No obstante, cualquier comentario del diario vivir nos introduce al dulce nombre de abuelo como identidad asignada.
La abuelidad adquirió su vigencia merced a Perrault que diseñó una abuela solitaria, viviendo en una casita dentro de un bosque umbrío (por eso tenía las ventanas abiertas), y a merced de un lobo, animal que reiteradamente Animal Planet se empeña en mostrarnos con perfiles perrunos y convivenciales. En el cuento para niños ella es deglutida por la bestia (que recordemos no la mastica porque cuando, al final, el cazador abre la panza del cuadrúpedo la rescata entera y sin digerir –en la versión de los hermanos Grimm–). Es una abuela que atravesó los avatares de quien es tragado para luego exponerse a un rescate por el coraje de un cazador que, escopeta al hombro y cuchillo de carnicero para abrir panzas mediante, salvará la vida de la niña y de la abuela.
¿La abuela sabría que su nietecita la visitaría? Esa es una pregunta que suelen hacerse las abuelas a menudo, pensando en hijos y nietos. Las abuelas de verdad, porque las otras y los otros llamados abuelos sin serlo saben que no habrá ni hijos ni nietos, aunque la sonrisa almibarada de algunas sociedades los bautiza con la prepotencia semántica de quien se siente dueño del idioma.
“Pero Eva... Esa crítica es una exageración... Se los llama de ese modo porque es cariñoso, para hacerlos sentir acompañados, considerados... ¿qué importa si son abuelos de verdad?”
Por cierto, la verdad no es lo que más interesa ni averiguar cómo les resulta escuchar que se los llama “abuelos” a quienes no lo son. Identidad impuesta que al mismo tiempo crea una esencia, la abuelidad, en tiempos en los que las esencias se diluyen y las identidades se modifican de acuerdo a la voluntad de quien las transporta según los ritmos propios de la Modernidad tardía.
Identidad que en este caso excluye a los otros, a los viejos y viejas que no son abuelos, para colocarles en el oído la sonoridad de aquello que no les pertenece. Como toda identidad fulgurante (ésta es una de ellas por el modo y la oportunidad en la que se la utiliza) sirve para excluir a los otros, a los que no tuvieron ni tienen los nietos que la identidad impone.
Se adjudica y asigna esta abuelidad para dejar sentado que esos sujetos alguna vez han engendrado, han sido productivos; si se los menciona como ancianos, alguien puede darse cuenta de que no son sujetos que el mercado considere valiosos en cuanto a su capacidad productiva.
Otra historia y otro cantar con los viejos sabios de la tribu que aconsejaban a las nuevas generaciones sentados alrededor del fuego doméstico y que se consideraban modelos o ejemplos respetables; menos aun con el viejo Vizcacha, personaje poético y decidor de verdades: ahora es distinto. Tan distinto que resulta necesario –para todos los de la tercera edad– crearles una identidad “cariñosa” de modo que no aparezcan como sujetos solitarios, que apenas pueden caminar para salir de compras, que titubean con sus recuerdos o lo que es peor los usan para compararlos con la vida actual. ¿Ir de compras? Este es otro capítulo porque, como a la abuela de Caperucita, hay que surtirlos porque podrían perderse en el bosque (hoy en las avenidas) buscando el camino del supermercado.
Con cierta frecuencia la comunidad semantiza haciendo trampas, cuando algo inquieta su “buena conciencia”; por eso siempre la prostitución es “infantil” en lugar de hablar de niñas victimizadas por los adultos, el abuso sexual contra los niños también es caracterizado como infantil para disimular el delito parental y también los padres adoptantes, no son noble y sinceramente adoptantes, sino “padres del corazón”. La cuestión de fondo reside en enmascarar aquello que los hechos transparentan y empinan cuando quedan a la vista. Entonces se otorgan identidades que se organizan en cartografías que provean seguridad a quien se puede sentir sacudido por las palabras que aportan certezas quizás insoportables.
Las identidades, cada vez más cambiantes, avanzan en su movilidad a pesar de los intentos de buscar identidades fijas: “abuelo” es identidad fija desde tiempos bíblicos y ha sido elegida como garantía de permanencia.
Todavía sucede de este modo en épocas en las que la juventud, endiosada, constituye el paradigma de todas las esperanzas pero arrasa con la esperanza de aquellos que no esperan ver crecer a sus nietos. Pero a ellos también los bautizan mediante el rito de la palabra que pretende dulcificar aquello que el cuento había resuelto: el lobo se comió a la abuela pero se disfrazó de abuela para confundir a la niña. La tesis es impecable: hay que disfrazarse de abuela para esconder los hechos. Entonces llamemos “Abuelos” a todas esas personas que son ancianos, viejos, personas “mayores”, gente de la tercera edad.
Existen personas solteras, viudas, pero ¿cuál es el estatuto de quien es gente de la tercera edad y no tiene nietos? Parecería que el problema mayor reside en exceder los sesenta años ya que según la directora gerente del FMI, Cristina Lagarde, se corre el “riesgo de que la gente viva más de lo esperado” o sea “el “riesgo de la longevidad” sobre las finanzas públicas (abril 2012). Como sabemos, cuando se vive más de lo esperado el Estado debe comprometer los fondos públicos(!?) para jubilarlos... lo cual significa un alto costo nacional(!?).
Entonces, para ser cariñosos, por lo menos, concedámosles el título de Abuelos a todos, con o sin nietos, sin diferencias odiosas, sin advertir que la abuela vivía sola en una casita dentro de un bosque umbrío, con las ventanas abiertas y la puerta sin cerrojo, esperando que le llevasen algo para comer, enferma en la cama y a merced de un animal hambriento. Nunca sabremos si el lobo se la comió con el camisón y la cofia –según los dibujos que ilustran el cuento– o si la desvistió primero, para preservar la ropa del posterior disfraz. Pero que el disfraz del lobo, así como su diálogo con Caperucita intentando hacerse pasar por una abuela, constituyen una clave del cuento, no caben dudas. De eso se trata: hacerse pasar por abuela/abuelo mediante el disfraz que la palabra “abuelo” aporta. Pero dejémoslo claro: así puede suceder cuando se llega a viejo, o sea, cuando se vive más de lo esperable.

*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
**Nota Publicada en Página/12 el 20 de Abril del 2016