El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

lunes, 8 de enero de 2018

AMORES INESPERADOS*

Eva Giberti* 


**Las desilusiones y los arrebatos son múltiples. Las quejas interminables y los razonamientos inservibles: “Hace veinte años que estamos casados y nunca me di cuenta de nada… nunca tuvo un conducta que me hiciera sospechar y ahora aparece diciendo que es homosexual, que tiene un compañero varón y  me pide el divorcio para irse a vivir con él…” Además la mujer añade: “Yo creo que está loco… le pedí que consultase al médico pero me explica que es así, que siempre fue homosexual pero que estaba confundido… Que igual me quiere pero no quiere ser mi marido… Y tenemos dos hijos… “
Efectivamente, no sólo este hombre no está “loco”, por el contrario forma parte de la innumerable corriente de varones que, convivientes en un matrimonio de varios años, deciden aclarar su situación y poner a la vista su  condición de varones homosexuales que ocultaron durante años mediante un matrimonio que se consideró “normal”.

La afirmación se repite: “Mi marido siempre fue un hombre normal, no puede haberse vuelto homosexual de repente…” Lo cierto es que al ser homosexual, continúa siendo normal. Es probable que haya sido siempre una persona homosexual y que las articulaciones de la vida cultural, de la época y de su familia lo hayan orientado momentáneamente hacia la heterosexualidad.
Los prejuicios que cargan las esposas las conducen a transformar a sus compañeros en sujetos monstruosos y deformados, que además construyeron un matrimonio sobre una mentira, cuando en realidad ha habido años de sufrimiento y dolorosa confusión en el ánimo del varón dudando acerca de sí mismo y de su relación con su compañera a la que no ha pretendido dañar. Su vida se le ha presentado de ese modo.

La contracara de este razonamiento lo aportan quienes defienden el orden familiar y niegan toda posibilidad de separación de estas parejas o del derecho a la homosexualidad del varón una vez que ha sido constituido el hogar familiar que por razones sociales y religiosas debe mantenerse como productor de hijos. 
Es de tal calibre la cantidad de parejas en las que estalla esta situación que la consulta se ha tornado obligatoria para aquellas mujeres que alternan nuestras opiniones con recorridas religiosas, consultando a sacerdotes a quienes piden consuelo y explicaciones. Por lo general, son derivadas a grupos de apoyo coordinados por otro sacerdote o bien un profesional convencido de que debe intentar ordenar la vida de ese varón conduciéndolo al retorno de su vida familiar, mediante la convicción de “no saber que les pasa”.

La presencia de estas mujeres en la consulta se orienta de formas diversas, tímidamente o bien exponiendo el problema con claridad desde el comienzo, pero siempre con la variable del engaño: “Yo no me casé con un homosexual, él me engañó, no me dijo que le gustaban los hombres…” Algunas sugieren que lo sospecharon cuando los sorprendieron mirando con entusiasmo a determinados amigos o cuando los veían muy preocupados por sus ropas (en ninguno de ambas circunstancias el dato podía registrarse como indicador de homosexualidad), pero siempre brota la vivencia del engaño como un ataque del cual la mujer ha sido víctima.

¿Ha habido intención de engañar por parte del varón? Difícil saberlo, pero es fácil inferir cuales serían las condiciones psicológicas del sujeto que debía asumir silenciosamente su homosexualidad pulsante mientras demostraba vivir como un sujeto heterosexual casado con mujer e hijos; probablemente hubiese escaso tiempo y espacio para trampear a su compañera, ocupado como estaba en engañarse a sí mismo.

La victimización  es el lugar común de las mujeres que atraviesan esta situación que por cierto es enervante y apuesta diversas salidas: quienes deciden mantenerse unidos, mientras el marido cede su espacio y promete no tener relaciones con otros hombre, concurriendo a médicos, psicólogos y grupos de autoayuda donde él dice que lo ayudan, o bien mantienen la pareja sin que existan promesas por parte del varón y entonces ella permanentemente lo acusa por su elección de vida, es decir, la convivencia se convierte en el infierno, hasta que decidan separarse.

Cuando se separan comienza otra batalla: ella le impide ver a los hijos “porque él vive con un tipo”. Lo gravísimo de esta situación –y ya ha sido preciso intervenir técnicamente– reside en que el juez también estuvo de acuerdo con que los niños no podían visitar al padre porque vivía con un hombre y fue necesario recordarle cuáles eran los Derechos del Niño más allá de lo que el juez (fundamentalista) opinase.  

Acaso ¿solo hay que comprender al varón, que, sin proponérselo inicialmente desbarató una familia y produjo sinsabores múltiples quizás irreparables? No se trata de comprender, los hechos suceden de este modo. La época ha marcado esta realidad.

El dolor de esas mujeres –las que conocí– es oscuro y asfixiante, como si hubiesen sido emboscadas, trampeadas, por “no haberse dado cuenta desde el principio”. Entonces, después de la ira, aparece la furia contra ellas mismas. 

Cada día quedan al descubierto las presiones de las pulsiones sexuales y las maneras de desear de los sujetos, así como sus decisiones de asumirlas en plenitud, más allá de sus compromisos sociales. Las decisiones que antaño regían el orden social  han sido vulneradas y una correntada de deseos que fueron considerados degenerados y anormales, avanza buscando su legitimidad sobre los ordenamientos familiares.  

La consulta nos muestra la inevitable desesperación de las mujeres ante  el varón que ha decidido sustituirla por un compañero masculino. El varón podrá quedarse a su lado porque no se atreva a marcharse,y a vivir su homosexualidad o porque existen compromisos que lo sujetan y porque la fuerza de la costumbre le permite amarla como amiga; o bien podrá marcharse  amando a otro hombre. 
La certeza de los hechos es arrasante y cotidiana: “Mi marido está enamorado de un varón y yo no sé qué hacer”.

Las amigas y la madre a veces le aconsejan: “Ya se le va a pasar, puede ser momentáneo, no le des importancia…”

Así opinaban hace décadas, ignorando cuánto pesa la elección de un otro, pero actualmente las pulsiones han soltado amarras y han superado los  obstáculos que antaño las atajaban. Así nos encontramos con separaciones que no responden a la canónica tradicional: “él mi engañaba con otra”, o bien “dejamos de amarnos y nos separamos porque era lo mejor”. Un amor inesperado ha ocupado un lugar en las parejas que ya no se pueden representar como un hombre y una mujer, solamente. 

* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias 
**Publicado en Página/12 el día 3 de enero de 2018

jueves, 30 de noviembre de 2017

ASUSTADOS E IMPOTENTES

*Por Eva Giberti

**Ella: “Sabés muy bien que estoy estudiando, no te hagas el boludo…” Frase que desató la furia del marido: “¡Siempre me insulta!” Ella: “No es un insulto. Es una frase común.” El: También el nene me llama boludo porque vos le das el ejemplo…”

El diálogo, con tonos subidos, lograba la vigencia de una típica discusión matrimonial delante de una profesional que era posicionada como testigo fértil para dilucidar quién tenía razón. 
Sin duda existe una violencia en la que se transgreden los límites que distinguen y diferencian a las personas entre sí, para organizar, en cambio, una mescolanza de gritos e insultos, donde arde la sinrazón y el odio. Aunque sea momentáneo. Que así son los odios entre las parejas que viven juntas y a veces también se aman.

Transgreden la frontera instaurada por la convivencia donde se cría y educa un niño que, según recomendamos los psicólogos, “precisa límites” para entender qué significa ser un hijo, en realidad, tener padres.
El punto de inflexión de estas parejas reside en un hijo que no titubea en consagrar la boludez de su padre mientras la madre lo identifica como tal y el varón acata la calificación reclamando modestamente.
La escena podría narrarla al revés, habiéndola escuchada con los papeles cambiados: el varón, conjuntamente con la hija, certifican que la madre es una boluda y ésta lo acepta como si el calificativo formase parte de su pastel de boda y lo digiere con naturalidad.

¿Dónde encuentro que las consultas cambiaron sus contenidos? Hace diez o quince años las consultas –además de las que encerraban “problemas de pareja”– mostraban claramente “problemas entre padres e hijos”. En la actualidad, esos problemas ocupan un lugar fenomenal, pero surgen encubiertos por violencias de género, es decir, negando que un niño no puede insultar a su padre o a su madre mientras cualquiera de ellos permanece pasivo como si se tratase de “algo que hacen todos los chicos”. De donde, tirando de este hilo, nos encontramos con que el consultorio retorna a los conflictos que durante décadas expuse en Escuela para Padres, pero con otros padres y con otros niños. Y asomando en superficie, claramente, el grave problema de la autoridad en el ámbito familiar, que resulta de quien cada persona sea, como lo diría Bordieu “La autoridad siempre es percibida como una propiedad de la persona.”
Los chicos actuales padecen una dolorosa carencia de autoridad parental. Sus padres son boludos y boludas y los hijos deben tolerar esa minusvalía que aquellos les certifican con su tolerancia y con el miedo que les tienen. Miedo de que los hijos se enojen, miedo de ser injustos, miedo de no tener razón. Miedo de ser autoritarios, prefieren el insulto canchero y amical, confundiéndose y pensando que mejor es ser amigo de sus hijos.

Si bien la palabra boludo tiene raigambre histórica (eran quienes agitaban las boleadoras que se usaban en la guerra de la Independencia) su vigencia social indica torpeza y bordea el insulto; aunque su uso se ha familiarizado está muy lejos de indicar un elogio. Vivimos en la naturalización de boludo-boluda como latiguillo que acompaña cualquier frase cotidiana, pero en boca del hijo hacia el padre o la madre indica insulto, desvalorización y la vivencia del hijo de una cierta superioridad moral del niño respecto del progenitor descalificado porque asume el epíteto como algo lógico. 

La pareja consulta creyendo que padecen violencia de género (que sin duda utilizan) pero aplican una violencia previa, la generacional: la generación de los adultos carece de la autoridad necesaria para que los hijos crezcan tranquilos. Los chicos los clasifican como boludos esperando que dejen de serlo, es decir, que no toleren ser insultados. Lo cual arrastra otras  limitaciones necesarias  que son imprescindibles para convivir y que exceden el lenguaje.
Las consultas relacionadas con violencia familiar existen y es prioritario trabajar con ella ya que privilegia la violencia contra la mujer y no corresponde utilizarla para silenciar la impotencia ante los hijos. 

Las consultas ocultan su verdad al oficializar una violencia de género que es una socialización de la vida de la pareja para llevarla a la consulta pero, escamotean su propia verdad. Es la que los hijos ponen a prueba cuando con sus conductas evidencian que son dependientes de una autoridad  de la que no pueden prescindir. La reclaman con sus desafíos y su búsqueda permanente de límites, esos que los padres borran entre ellos cuando se boludean recíprocamente. El orden social que se solicita cuando se asiste a una consulta –esa es la razón del consultar, restaurar un orden social resquebrajado– es el que precisamos para convivir del mejor modo posible.

En la consulta, ¿escuchamos a padres muy cansados, agotados, frustrados? La paternidad y la maternidad ¿se han transformado en tareas insalubres? Ser padres, ¿todavía nos gratifica narcisísticamente? ¿Los hijos habrán aprendido –no sabemos con quién– a demandar sin esperanzas de ser escuchados?


Las violencias de género que nos ayudan a defendernos de los horrores del maltrato y de la opresión son específicas, y obligatorias sus denuncias. Pueden coexistir con la ausencia de criterios adultos para solventar a los hijos; por eso para la convivencia familiar también es peligroso, como la violencia de género, no darse cuenta que los chicos eligen un insulto para llamar a los padres por su nombre. Así están, asustados e impotentes por lo que pueden hacer.


*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias 

**Publicado en Página/12 el día jueves 30 de noviembre del 2017

lunes, 25 de septiembre de 2017

HAY QUE SACAR EL TEMA DE LA PENUMBRA




* Por Eva Giberti
**El silencio siempre apagó el conocimiento de los hechos. Los adultos desconocían o negaban aquello que podían sospechar y los niños, temerosos, a veces avergonzados, no hablaban. De este modo el abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes ha permanecido en la penumbra durante décadas.
En oportunidades la confidencia surge desde un adulto que en sus sesiones de psicoterapia, repentinamente, comienza contar lo que le sucedió cuando tenía seis o siete años. No entendía cuál era su responsabilidad en lo que le sucedía. El abusador le comentaba que "eso que hacían" era "un juego entre ellos y que debía permanecer en secreto".
La intimidad entre el abusador y su víctima resulta de la relación entre ellos. Las estadísticas internacionales son explícitas: el mayor porcentaje de abusos sexuales la producen familiares cercanos, prioritariamente el padre. De allí, el tormento que para el menor significa asumir que la figura tutelar, que también puede ser un abuelo o un tío, figuras que se instituyen como modelos y protectores, sean aquellas que se anudan a prácticas delictivas.
Si el silencio es la clave que impide intervenir para detener la tortura que padecen tantos niños y niñas, se trata entonces de hablar. Esta ha sido una decisión del Ministerio de Justicia de la Nación, mediante su Programa Las Víctimas contra las Violencias que desde noviembre del año 2016 ha instalado un número nacional, el 0800-222-1717, para recibir llamados que solicitan orientación. El teléfono es atendido por un equipo de profesionales, psicólogas, trabajadoras sociales, asesorado por abogadas. ¿Qué es lo que nos llega? Voces de adultos que refieren su conocimiento de una criatura abusada o bien que narran sus propias historias de infancia. Todos ellos necesitan una escucha.
Se identifica a quien se comunica y se le sugiere que recurra al organismo de Protección de la Niñez de su zona, cuya dirección aportamos. Y se hace un seguimiento de cada caso.
* Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias. ** Publicado en el diario La Nación el día 23 de septiembre del 2017