El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Femicidio, ¿contagioso?

Por Eva Giberti*
**Si nos proponemos una búsqueda rigurosa referida a la utilización de  ciertas palabras, encontraremos que existen rachas lingüísticas, épocas en las que repentinamente un singular universo de ciudadanos se pregunta con y por las mismas palabras: “Este asunto de matar mujeres, ¿qué pasa? ¿Es contagio? ¿Será imitación? Y la pregunta implacable: “¿Ahora hay más o están más visibilizadas?” Digo implacable porque no falta en las entrevistas cuando sabemos muy bien que recién actualmente empezamos a contar con estadísticas oficiales. Y que por lo tanto la comparación no es posible.
Veamos: contagio proviene del latín contagium derivado de tangere; se refería a tocar en Medicina del siglo XVIII. Contacto, influencia, contagio. Ovidio lo mencionaba como la influencia de un alma enferma (corrompida) y Lucrecio hablaba de contagio del delito. Por lo tanto, para aquellos latinos cabría hablar de contagio. Pero actualmente se lo aplica hablando de virus.
Los diccionarios acotan: “Transmisión o adquisición de una enfermedad por contacto con el germen o virus que la produce y también  transmisión de sentimientos, actitudes, simpatías, etc.” Y además, inoculación, infestación. De modo figurativo; influencia perniciosa, complicidad, relación, correspondencia,
La explicación se busca por medio de la “imitación” o copia y no falta quien remite a la identificación. Un sujeto que se identifica con el homicida y mediante el proceso identificatorio, procedería del mismo modo.
¿Cuáles serían las relaciones entre el contagio y el homicidio de mujeres? Los varones violentos ¿se contagian entre sí diseñando un circuito de sujetos contagiosos que se recortarían en el universo masculino para copiarse entre ellos y decidirse por el homicidio de mujeres? Porque si hablamos de contagio, identificaciones, imitaciones y copias tendremos que enlazar a unos con otros y suponer que el homicida Juan se identificó con los homicidas Pedro y Javier (uno u otro según lo que hubiese leído en el diario o mirado en tevé). O quizá sólo le alcanzó con informarse de otros homicidios para ser arrastrado por el mecanismo identificatorio que actuaría más allá de su voluntad; sería una conducta no del todo consciente, y podría ser inconsciente. Por otra parte, si se “contagiaran” de conductas homicidas, el contagio no sería voluntario; es evidente que el verbo contagiar precisa de una tercera instancia que es el factor contagiante, un virus o una mala influencia, siempre de un tercero. Alivio para la responsabilidad del sujeto, constituye una estrategia para concluir que “algo le pasó” al homicida, es una víctima de contagio o de los malos ejemplos. Una joya semántica para neutralizar su responsabilidad.
Para cualquiera de estas palabras la cuestión reside en dejar de lado la decisión autónoma y concreta del varón violento cuando decidió matar. O el virus o la pésima influencia de un tercero que pesaría en el ánimo vulnerable del homicida expuesto o al contagio o a la terceridad. De este modo el femicida queda al margen de lo que constituye el eje de su decisión, que es su deseo de matar que no se le contagia de otros ni lo posiciona como un imitador. 
Mata en tanto y cuando dispone de su deseo de matar, que Freud  analizó en Totem y Tabú: primero existe ese deseo y luego su racionalización. No es el objeto lo que hace –conduce– al deseo de matar, no es esa mujer, sino es el deseo de matar el que encuentra a la mujer que lo pondrá en marcha. No forma parte de la vida instintiva del sujeto, lo adquiere en su vida social en busca de poder, una forma de adquirirlo y gozarlo. Dicho sea de manera simplista y elemental, como intento de lateralizar las asociaciones entre contagios, imitaciones y copias que han puesto en evidencia lo intolerable que resulta asumir lo impredecible, incontrolable, el no saber qué hacer, la infinita dificultad para regular la violencia machista.
Un pensamiento colonizado y determinista insiste en buscar la causa de los femicidios sin que sea posible tranquilizarnos diciendo “¡Ah! ¡era por eso!”
Nuestras víctimas, como las de Ciudad Juárez en México y las de otras latitudes, sostienen las pautas de la necropolítica en la dimensión específica de los géneros, en este caso de las mujeres. Foucault ya había hablado del biopoder y las situaciones de los Estados que pierden  o disminuyen la gestión de la sociabilidad, que hoy en día Mbembe analiza como fenómeno africano y que incluye el poder coactivo cuya médula se enraiza en el deseo de matar. Si bien la comparación puede resultar una extensión ilícita de la necropolítica, la selectividad de estos femicidios la tornan asociable a las persecusiones que se ejecutan en determinados Estados ya que no se trata de homicidios habituales sino  enlazados con la condición genérica de las mujeres.

Las sobrevivientes

Escribí reiteradamente en PáginaI12 contando cómo trabajamos en el Programa Las Víctimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. La víctima o un vecino nos llama al número 137 y concurrimos a buscarla (un policía, una trabajadora social y una psicóloga) a su domicilio o donde se encuentre y la conducimos a realizar la denuncia por la violencia padecida. Hace diez años escuchamos, durante horas, las narraciones de víctimas de violencia familiar. Expongo entonces, uno de los historiales que sirve para pensar si se puede hablar de contagio o equivalentes o empezar a pensar desde otros ángulos el proceso machista que tenemos delante. Reproduzco –con alguna modificación por discreción profesional– los dichos de una mujer. Que no es única, sino que la selecciono por su redundancia: “Me pegó con un arma en la cabeza, me seguía gritando… quiso ahorcarme… le grité al nene (seis años) que corriese a buscar ayuda… Entonces él me disparó en el estómago pero no salió el tiro… volvió a tirar, se le trabó el arma y yo me escapé… Lo que pasa es que le prohiben que vuelva, lo excluyen por la denuncia, pero siempre  vuelve.”  
Más allá de todo cuanto se podría pensar acerca de estos historiales, este sujeto ¿es un femicida? No, porque no la mató. ¿Disponía de deseo de matar? Sí, dos veces gatilló el arma y la bala no respondió. Continuará viviendo con esta mujer o con otra, según sea su condena (lo que se logre). Así se organizará su nueva vida como parte de una necropolítica que, para superarse, precisaría pautas sociopolíticas, estatales, ejercicio de la justicia y la protección integral de la víctima destinada a prever lo que como podemos verificar ha sido anticipado.
Inútil es la indignación de quien lea. Sucede de este modo y no es el tema del artículo, sino la pregunta : ¿cómo se contagian estos violentos? ¿De quién? ¿Con quién se identifica cuando gatilla dos veces sobre su víctima? ¿A quién imita? 
Si entendemos cómo funciona en algunas oportunidades el prefemicidio, habremos comprendido hasta dónde es pertinente pensar en contagios, o imitaciones: escuchar a las víctimas nos torna furiosas contra lo repetido, y nos reclama prudencia al buscar las causas y nombres para aquello que nos aplasta por ser impredecible, quizá meticulosamente anunciado.

**Publicado en Página/12 el día 14/12/2016

martes, 23 de agosto de 2016

DIFUNDIR LA VIOLACIÓN

Por Eva Giberti*
**Es posible celebrar la veloz y eficaz reacción que la comunidad, en especial los medios de comunicación, produjo con motivo de las declaraciones de un cantante rockero que “bajó línea” en relación con la violación de mujeres. De su inmundicia –el texto fue nutrido con condimentos psicopatológicos– cabe mencionar como detalle el haber utilizado la cátedra de una Escuela de Periodismo para expresarse. Pero en este oportunidad el texto aberrante –que sin duda comparten innumerables varones– tuvo su correlato fecundo: la comunidad se mostró sensible y encendió la alarma. Lo cual conduce a reflexionar acerca de la dimensión antagónica de lo que habitualmente sucede: la insensibilidad y acostumbramiento de las poblaciones ante los horrores que los medios fotografían, exponen y describen cada día, así como ante las expresiones de autoridades que vulneran los derechos de las mujeres utilizando su lugar de poder. La brutalidad de las expresiones que utilizó este cantante coloca en superficie el horror que se siente ante las historias de violación, a pesar de su cotidiana aparición.
El acostumbramiento a lo que constituye el horror puede tambalear sin embargo cuando se fotografía el cadáver de un niño sirio, Aylan Kurdi, recogido en una playa turca; entonces la sensibilidad doméstica se altera; pero hizo falta esa escena que mostró cómo las olas depositaban el cuerpito en la arena. Mientras tanto miles de refugiados son perseguidos y otros tantos mueren ahogados a veces despertando lejana indignación y también rechazos porque: “no corresponde que inunden los países de otra gente”.
Inútil enunciar escenas horrorosas que denuncian el hambre en el mundo, porque resultaría interminable. Aquello que es preciso poner en evidencia es el acostumbramiento al espanto de aquellos desastres que convocan a millares de víctimas, entre ellas las catástrofes por doquier y las víctimas de episodios sangrientos. Todo mostrado cotidianamente de forma tal que la sensibilidad queda atorada; entonces empezamos a descubrir que la insensibilidad, precisa recurrir al mecanismo de la negación para no reconocer el horror que impide asumir lo que se está viendo o escuchando. De este modo, gracias a la insensibilidad se pierde la posibilidad de reflexión mental y el significado simbólico de aquello que se presencia o se conoce. Insensibilidad que no es ajena al consumo de sustancias “tranquilizantes”, “equilibrantes” y estimulantes que se ha disparado en el mundo occidental, una de cuyas funciones reside en impedir que determinadas emociones rocen la sensibilidad personal, asociada fuertemente con los pensamientos, conclusiones y reacciones de índole moral que podemos poner en juego.
Stanley Kohen habla de la fatiga de la compasión y se pregunta si “¿estamos hablando de una reacción frente a una crisis particular o de una disminución más general de la sensibilidad moral?” Introduce la idea de compasión como una vivencia que debe ser aprendida y enseñada y que al mismo tiempo podría ser una reacción “natural” ante determinadas situaciones desencadenada por el sufrimiento de los otros.
Los sufrimientos que ordenan los paisajes cotidianos mediatizados y que se repiten de manera intrascendente coadyuvan en la insensibilidad y el vacío de compasión pero en realidad no alcanzarían para la respuesta visceral de cada quien; precisan la convivencia con situaciones dolorosas que se resuelven pensando “siempre ha sido así”. El imaginario social está poblado de estas frases que justifican la negación del sufrimiento de otros, y, en oportunidades, como lo protagonizó ese cantante de rock, apelando a la posible histeria de alguna mujer que “precisaría” la violación. Cualquier argumento histórico o pretendidamente psicológico para recurrir al mecanismo de negación que nos conduce al embrutecimiento de los sentidos y a la pérdida de la capacidad simbólica que ayuda a pensar: ¿qué les sucede a esas personas que son victimizadas y su historia nos sirve como espectáculo?
Cuando celebro la reacción comunitaria en este caso de atropello divista (en boca de un cantante considerado divo) lo hago como contraejemplo de la insensibilidad mental que se patentiza cada día ante los cuadros dolorosos que podrían comprometernos y no obstante son recibidos mediante el mecanismo de la negación. Más aún celebro que no se haya formado –todavía– un club de varones dedicado a localizar mujeres histéricas para violarlas. Porque podrían ser innumerables aquellos que se mantuviesen ajenos a esta celebración y mantuviesen la insensibilidad cotidianamente adquirida y el embrutecimiento que los desplantes morales inducen.

*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Artículo publicado  en el diario Página/12 el 19 de Agosto de 2016

lunes, 25 de julio de 2016

LA PALABRA SANADORA

*Por Eva Giberti
**Si hablásemos de palabra terapéutica nos referiríamos a aquella que emite el profesional; pero la accción terapéutica no solo puede desatarse porque la universidad garantizó el decir, sino, en oportunidades una persona que habla, repara momentáneamente a quien está devorado por la angustia, entusiasma al bajoneado, o limita al desbocado.
Fue Platón quien creó la psicoterapia verbal mediante el “logos”, o sea la palabra, eludiendo los ensalmos y las impetraciones a los dioses que regulaban las creencias de aquellos griegos fundacionales. Esquilo, en su obra Las Coéforas, escribía lo suyo: “Una palabra puede tener la fuerza de una flecha y penetrar hasta lo más profundo del alma de quien la escucha”. Y Sófocles, en Edipo en Colona: “Los discursos bien compuestos, ya encanten, ya irriten o enternezcan otorgan prestada voz al silencioso”.
Los antiguos griegos nos dejaron palabras, filosofías y también fueron respetuosos y otras tantas veces desafiantes con sus dioses. Los historiadores nos contaron sus avatares cuando guerreaban y los traductores actuales inventan ciclos inexistentes: el guionista del film Troya modificó el lugar tradicional de los hechos para darle a Brad Pitt, que jugaba a ser Aquiles, la oportunidad de morir frente a la cámara. Las palabras de Homero son tan potentes como para sobrellevar deslizamientos olímpicos.
Las palabras que cumplen una labor sanadora disponen de múltiples oportunidades para expresarse, sobre todo cuando se hacen cargo de desentrañar secretos. Así como la ausencia de palabra esclarecedora puede envolver la existencia de miles de personas porque lo no dicho, el silencio que amputa el conocimiento de una historia de vida puede erigirse en sufrimiento futuro, en malestar permanente. Allí donde hace falta la palabra sanadora que aclare, informando y serenando.
El comentario surge porque el número de consultantes que han sido “adoptados” durante su niñez, e inscriptos como hijos propios de determinadas matrimonios, aumenta considerablemente. Quizás no tanto porque persista la malévola práctica de traficar niños sino porque se trata de adultos de 50 años y más que han llegado a una edad en la que no logran conformarse con “saber” que son “adoptivos”, cuando en realidad no lo son, sino víctimas de sustitución de identidad. O sea, han transcurrido su vida engañados sistemáticamente. Si hay adopción es porque es legal, de lo contrario se trata de sustitución de identidad, de apropiación de esa criatura. Así se procedía en décadas anteriores. Esos bebes crecieron y padecen el secreto de la palabra silenciada, de “la verdad oculta” que ningún miembro de la familia puede aclarar, porque transcurieron muchos años; y los que estuvieron entonces, cuando se realizó aquel “trámite” ya no están. Eran quienes podían emitir la palabra sanadora, contando, descubriendo, recordando, o, lo que es más grave aún, pueden decir: “Yo sé que te trajeron a casa de tus padres pero ellos nunca contaron nada”. O bien: “Sabemos que te fueron a buscar a casa de una mujer que se ocupaba de atender muchachas que no querían quedarse con el hijo y entonces ella los entregaba a distintas familias…Yo no sé cuánto les cobraría…”
La palabra sanadora de los parientes que podrían hablar se enturbia cuando recuerdan aquellas andanzas que se tramitaron 50 años antes, pero suele ser lo único que escuchan estas personas que anhelan encontrar un punto de sostén para poder registrar “algo” de su historia personal. Anhelan una palabra capaz de esclarecer, mínimamente, pero aun así sanadora cuando alguien cercano aporta una pista.
Es notable la reiteración de los pedidos de estas personas que solicitan “si tan solo tuviese una palabra como guía…”; momento en el que se comprende esa función sanadora de la palabra que informa.
Aun viven algunos de aquellos que disponen de esa palabra sanadora, y quizás no imaginan hasta dónde podrían aliviar, pronunciándola. Las palabras sanadoras cuentan con horizontes múltiples, pero en esta oportunidad, el desasosiego y la permanente desazón de este universo de seres apropiados siendo niños para la satisfacción de los adultos que no imaginaron cuánto daño podrían producir, clama a quienes insisten en “guardar el secreto”.
Moralmente los convoca la obligación de pronunciar la palabra sanadora que ingrese en lo “más profundo del alma de quien escucha”, de aquellos a quienes les asiste el derecho de saber, aunque sólo se trate de una mínima referencia al origen de su historia de vida.
*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
**Publicado en Página/12 el 20 de julio del 2016