El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

martes, 4 de julio de 2017

LAS VICTIMAS CON SU LEY

*Por Eva Giberti

**Las personas víctimas son tema de estudio, de atención, de preocupación y sobre todo de comentarios. Pero ha sido necesario que persistiesen como presencias repetitivas, cansadoras, extenuantes y corajudas en los ámbitos legislativos para lograr una legislación que las amparase; por fin “en votación unánime, la Cámara Baja sancionó el proyecto…”

La idea de víctima, en tanto conceptualización, se instituyó paulatinamente en el pensamiento moderno, articulada con el surgimiento del concepto de violencia. Tanto las víctimas cuanto las violencias están asociadas con los cambios que se produjeron en la concepción de “la fuerza”. Todo dependía de dónde se cobijaba esa fuerza y cómo se expresaba y así transcurrieron los siglos y las discusiones de la Modernidad tardía hasta que llegamos a hablar de violencias, por extensión, de víctimas. Las víctimas constituyen una existencia real e inevitable, dice Dussel “que son las que sufren los efectos negativos no-intencionales, las imperfecciones, las injusticias de las instituciones empíricas, o perfectas, finitas de los sistemas existentes”.
Y el autor se pregunta “¿Quiénes son las víctimas? ¿Por qué son víctimas, en qué circunstancias fácticas  lo son...?”

En realidad, la víctima implica una contradicción ante las instituciones que se ocupan de evitar el dolor y la muerte. Los desarrollos teóricos de Dussel son intensos y certeros, particularmente cuando afirma que la víctima es un viviente humano y tiene exigencias propias no cumplidas en la reproducción de la vida en el sistema. Es el destituido que aún no alcanza a ponerse de pie y éste es el punto que demanda criterios morales para la aplicación de cualquier legislación o reglamentación que pretenda defender y acompañar a la víctima del delito.

Será preciso que todos aquellos que se acerquen a la víctima ahora protegida hayan tomado conciencia de las violencias que han asolado a la víctima. Ella no es “un alguien” en quien se aplicará una ley, sino un viviente humano en quien han fracasado los sistemas que pretendían o declaraban protegerlo.

Los riesgos que se corren en las aplicaciones de leyes y reglamentos residen en la confusión que suele surgir cuando se trabaja con víctimas que caminan como nómades de un juzgado a otro, de una comisaría a una fiscalía e inevitablemente terminan ahogándose sumergidas en la búsqueda de papeles que confirmen su identidad, su existencia y sus derechos. O sea, cuando la “fuerza” de la ley se transforma en violencia al aplicar la ley. Parecería inevitable que sucediese de ese modo porque estamos ante una nueva norma y las normas se nutren con papeles y timbrados que se transformarán en documentos definidos a posteriori como imprescindibles para salvaguardar el ordenamiento y clasificación de las que han sido reconocidas como víctimas del delito.

Ha sido posible atender el derecho de las víctimas del delito. Un logro que demencialmente tardó muchos años en reconocerse como necesario. Pero esa tardanza es parte del mismo sistema en el que ahora está inserta la nueva norma. Ya no se tratará de legisladores sino de otros oficiantes que cursan tradiciones antiguas y monolíticas y que viven en los sistemas y se reconocen entre sí como necesarios y aun imprescindibles. Que no distinguen al viviente humano como tal sino al demandante que aguarda se le reconozcan sus derechos como la nueva norma lo indica, esperando su turno en una cola interminable.


Más allá de las tradiciones burocráticas –que históricamente fueron inventadas para evitar postergaciones–, esperamos la acogida luminosa, inquieta, ágil que torne menos contradictoria la realidad de los sistemas, ante la presencia de las víctimas del delito que han sido reconocidas, miradas y clasificadas como personas destituidas que ahora podrán ponerse de pie.

* Coordinadora del Programa Las Vícitmas Contra Las Violencias.
**Publicado en el diario Página/12 el día 4 de Julio del 2017

miércoles, 10 de mayo de 2017

Femicidios, NiUnaMenos, políticas de género

Por Eva Giberti*


**Qué  es lo que nos pasa? ¿Qué es esta violencia homicida de cada día localizada en las mujeres? Está sucediendo ahora, nunca se vio algo semejante, muertes todos los días, feminicidios por doquier, asaltos y violaciones contra niñas y adolescentes, sin mesura, con crueldades  infinitas… ¿por qué sucede esto, ¿qué nos esta sucediendo?

La pregunta viene calando fuerte en las entrevistas que promueven desde los medios de comunicación y el oído reconoce el acento cuando se produce la frase, qué nos pasa, el acento fuerte en el nos de manera que nadie quede afuera. Nos estaría pasado a todos. El nos es la primera variante pronominal del prononombre yo: nosotros, vosotros, él, ellos, para que no queden dudas,  se trata de algo que nos ocurriría a todos nosotros. Pero es una trampa, la trampa semántica. Porque la frase podría referirse a la vulnerabilidad personal: a cualquiera de nosotras podría ocurrirnos, que nos maten por ejemplo. Pero la pregunta trae una segunda intención: ¿por que esto “nos” está ocurriendo esto a nosotros, como comunidad? Algo nos sucede como si no tuviésemos que ver con los hechos que parecería que se nos vienen encima sorpresivamente.

La pregunta tiene un sentido escapista: mirar con aire embobado hacia los cielos y preguntarse con una aparente honradez que apenas disimula el costumbrismo ético:  pero ¿qué nos pasa? Nos estamos dando cuenta que nos sucede algo malo, por lo tanto tan malos no somos, ya que comprendemos, tenemos el “seso avivado y despierto” como decía el poeta… quizás algún maleficio… Presenciamos, impávidos, cómo el tsunami nos arrasa; es algo que “nos” sucede sin que tengamos algo que ver. Nosotros estábamos ahí, viviendo y de repente una tormenta de homicidas apareció no se sabe desde dónde ni cómo.

Los filósofos vienen hablando de la era de los posderechos humanos y de centurias que agitan la pérdida de valores, como descripción enunciativa de la multiplicidad de horrores que se suceden. 
Pero si escuchamos con cuidado la pregunta advertiremos que ese nos también abarca a los femicidas como segmento de la comunidad a la que pertenecen, igual que todos nosotros. Los femicidas están entre los que podrían preguntarse ¿qué nos pasa? porque nos es la primera persona del plural que los incluye. Sin embargo ellos son “los otros” ajenos al “nosotros” que ingenuamente pregunta por los hechos. Ellos desencadenan el tsunami cotidiano que pretenden surfear disimulados entre quienes integran el nos.    

A nosotras nos matan. Ellos son los que matan, no les cabe el nosotros. Pero quien propone la pregunta  “ingenuamente” los incluye.
La pregunta intenta decir que más allá de nosotros mismos algo nos sucede. Y que no tenemos que ver con lo que ocurre, se trata de algo que trasciende  más allá de nosotros. Esa es la trampa porque los hechos acaecen en este mundo y en esta sociedad que nosotros compaginamos. No se nos viene encima sin que tengamos algo que ver. Algunos femicidas ya habían atravesado sus días en las cárceles donde los jueces los alojaron, los jueces que emigraron de nuestras universidades, las que nosotros creamos.
Los derechos humanos de las mujeres se sumergen para dar lugar a la nueva época que no alcanzamos a reconocer como tal y que todavía nos plantea preguntas infantiles en lugar de admitir que con las violencias la cuestión es cuerpo a cuerpo, sin metáforas ni preguntas ingenuas. Se alteró el paradigma que habla del cuidado y de los derechos humanos, se ingresa en una época que convoca los avances del género mujer y los precios que “los otros” están dispuestos a cobrar. ¿O es casual que los reincidentes reincidan porque los avala una justicia que se origina en un “nosotros” legal? 

¿Qué nos pasa? es una pregunta idiota. Porque no distingue entre “nosotros” y los “otros” que son los femicidas sostenidos por quienes favorecen un clima perpetrador de las violencias contra el género. En ese clima crecen, entre otros socios, los programas televisivos y las publicidades, y se favorece la impunidad de quienes violentan al género mujer.

¿Resultará excesivamente complejo darse cuenta que efectivamente algo gravísimo sucede? Distinguiendo entre víctimas, victimarios y facilitadores. Los facilitadores entreverados entre todos nosotros señalan un punto de inflexión porque se sienten parte del nosotros pero en realidad están más cerca de “los otros” por su complicidad con las modalidades patriarcales que sostienen.
Es la época de los derechos humanos de las mujeres defendidos cada día y de los derechos humanos de las mujeres arrollados por los femicidios, las violaciones y el clima social que fermenta desde décadas anteriores  buscando establecerse en la actualidad. Epoca en la que se convive con un caudal de violencias cotidianas producto del deseo de matar por parte de los varones implicados que ya no disimulan ni limitan sus ataques. Deseo de matar que no es instintivo, sino un aprendizaje cultural fogoneado por los patriarcas y sus pichones de patriarcas.

La pregunta “¿qué nos pasa?” es una de las tantas trampas semánticas que  componemos para quedar bien con nosotros mismos, como si tomásemos conciencia del algo. La única conciencia que vale es la de reconocer que nuestra sociedad, la de nosotros donde habitan ellos y aquellos es la que está matando por placer, porque se modificó el paradigma y ahora la orden no es permanecer en el mundo sino morir según los códigos ancestrales del poder.

*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias
** Nota publicada el día 10 de Mayo del 2017 en el diario Página/12



lunes, 3 de abril de 2017

PROBAR ES NECESARIO

Por Eva Giberti*

“Lo que usted quiere por encima de todo
es evitar problemas antes que comprender.”

Jock Young

**Mundo joven: Deseos de aventuras, lo más lejos posible del hogar  familiar que para ellos es un campo minado de antigüedades y prejuicios. Reproduzco algunos comentarios de adolescentes que han empezado a usar distintas sustancias tóxicas y argumentan largamente: “La familia insiste con las advertencias contra las drogas, lo mismo que los médicos, especialistas y comunicadores sociales, todos igualmente aburridos y negativos. Los padres, que hablan de lo que no saben porque repiten lo que dice la tevé, nunca estudiaron el tema drogas, no lo conocen y no saben tampoco lo que es probar, porque hay que probar; hay que  esperar el mejor boliche y la oferta del compañero o del tipo mayor que sabe muy bien lo que vende, pero empieza ofreciéndotela gratis.  Los que están en otro mundo, no entienden, nosotros llegamos desde un tiempo más adelantado, ¿como vas a vivir sin probar? Probar es necesario. Cuando empiezan con que después no se puede salir... Nadie piensa en salir, solo nos interesa entrar en el estado perfecto de placer y del todo se puede que la Cosa te produce. Y si no probás… te vas a perder conocer qué se siente. La gente cree que hay que vivir sintiendo lo que ya se conoce. Pero esto es sentir lo que no sabemos hasta que probás. De eso no te van a hablar los padres porque sienten como se sentía antes y quieren explicarte que lo nuevo es malo. Además cuando quiero dejar, dejo, la corto.  O no la  corto y sigo, único problema es la plata que precisás, al final se consigue”. Continúan argumentando, convencidos. “Antes te presionaban con el sida, pero a mí no me va a pasar… Todos sabemos cómo queremos probar…”

La cuestión es ésa, “estar todos iguales”, la intolerancia a la diferencia entre pares, ninguno que se prive de probar, la búsqueda desesperada por incorporarse en el montón de “los que saben y se convidan con la sustancia  que comparten”. Aunque sientan miedo antes de probar, como a alguno le sucede, precisan igualarse sin distinciones. Buscan la diferencia con los adultos, sujetos despreciables y solamente existentes como surtidores de dinero para comprar la sustancia que precisan. Detrás de estos discursos, desolación. 

Las diferencias que aparentan en las ropas y en los cortes y teñidos de cabello definen pertenencia, otra manera de igualarse. Con lo cual reproducen la tradicional cultura de los adolescentes desde cuando todos se convirtieron en hippies y roqueros. Una desesperada fuga del mundo adulto, como históricamente les sucedió a los adolescentes. Es lo que parece no comprenderse cuando se intenta prevenir: advertirlos. Sin éxito mientras ellos levanten la causa del probar para saber cómo se siente cuando se siente lo nuevo.

Algunos de los que hablan y cuentan son aquellos que empiezan a asustarse cuando advierten que no pueden salirse de la trampa y que las intervenciones de los técnicos y de los padres que pudieron avanzar durante los primeros tiempos responden a una lógica. Se dan cuenta que  pueden respaldarse en ellos, aunque peleándose y desafiando. Aportan otra versión del “probar”: Nos cuentan, y lo describen en los medios de comunicación: “Yo solo quería probar… Ver cómo era, la primera vez no me gustó mucho, pero quise segur, para ver…” Probar es una forma de ensayar para encontrar una sensación nueva en sí mismo, descubrirse en ese ensayo que espera les traiga una respuesta nueva, que es lo que buscan. Respuestas nuevas encendidas dentro de ellos y de ellas.

Es necesario comprender que la búsqueda es la que  avanza hacia una nueva respuesta que no esperan encontrar “fuera de ellos” en el mundo adulto circundante. Aunque ellos mismos en oportunidades sean adultos de 20 o 24 años. En alguna parte debe haber algo más, la respuesta a una pregunta que no saben cómo formular pero que traduce el desasosiego de sentirse perdidos en un entorno, en un mundo, que no les contesta  lo que esperan, que tampoco saben qué es. Y la droga es una promesa que otros han capitalizado y cuentan cuán bien les va cuando “se dan” con determinadas dosis.


Recomendar, advertir, hablar, aconsejar, informar son los recursos con los que contamos, pero resultan escasos cuando la clave reside en “probar”, ensayar en mí mismo. Tal vez, como bien lo saben los profesionales que acompañan a los que prueban, sea conveniente hacerse cargo de la necesidad de ir en busca de “otra cosa” que el mundo circundante no está dispuesto a ofrecerles. Porque tampoco sabemos si existe. Exceptuando el comprender.

*Coordinadora del Programa Las Víctimas Contra Las Violencias 
** Artículo publicado en Página/12 el día 31 de Marzo del 2017