El Programa Las Víctimas Contra Las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la coordinación de la Dra. Eva Giberti, tiene como finalidad principal poner en conocimiento de la víctimas cuáles son sus derechos para exigirle al Estado el respeto de los mismos y la sanción de las personas violentas que la hayan agredido. De este modo, se busca que la víctima supere su pasividad y reclame por sus derechos.

martes, 29 de mayo de 2012

"Plebeyos de ayer y de hoy"

Página/12. "Contratapa".
Jueves, 17 de Mayo de 2012.

Por María del Carmen Feijoó.
Sociologa.

Como cada vez que puedo, partí este 1º de Mayo para el acto anarquista en Plaza Once. No se trata de que yo sea anarquista, sino que me parece justo brindarles mi homenaje a ese grupo de hombres y mujeres que han sobrevivido al tiempo ceñidos a un ideal. La tarde de otoño, totalmente límpida, daba ganas de estar en la calle. Llegando a la plaza, observé un grupo de personas a las que entusiastamente caractericé como formando parte del acto. Me pareció extraño porque, ciertamente, eran muchas más de las que yo esperaba encontrar. Así que con una pequeña esperanza en el fondo del corazón me acerqué al grupo, total, si los indignados son un fantasma que recorre el mundo, y son tantos, ¿por qué esta vez no habrían de ser muchos los anarquistas? Pero no, ellos estaban unos cien metros más lejos y sus banderas rojinegras no daban lugar a la confusión. El otro grupo, en cambio, era un grupo de unas trescientas personas, parejas jóvenes con sus hijos, que rodeaban jocosamente a un animador que, subido a una tarima y con una remera que lo identificaba como de los leprosos, animaba a bailar a unas parejas ritmos que iban desde los Wachiturros a la cumbia colombiana.

No era fácil sacarle la ficha al carismático y empeñoso hombre. Prestando atención, debajo de su léxico porteño, había ecos andinos en su dicción y esos mismos rastros en sus rasgos físicos, claramente de nuestra América profunda. “Lindura” era el término que más utilizaba para referirse a las chicas presentes, y también a los niñitos y bebés que estaban con sus padres. Pero lo notable era que cerrando los ojos y cambiando el texto, su dicción, su estrategia discursiva, sus altos y bajos para crear suspenso y secuestrar al auditorio, su modo de interpelar a esa pequeña muchedumbre, eran una réplica casi perfecta de lo que hubiera hecho, con otros contenidos, un predicador del Evangelio o un pastor electrónico. No importaba qué decía, importaba cómo lo decía y esa forma dominaba toda la puesta en escena. Alcanzó su apogeo en el momento en que empezó a recolectar contribuciones de sus oyentes. Decía que quería alcanzar los setenta pesos necesarios para una noche de hotel popular y en su gracioso conteo registraba sólo insuficientes cuarenta y ocho. Pobres de los que huían para no contribuir, porque su voz flamígera les sonaba en las espaldas. Mundo cucurtiano ese de Plaza Once, también tuvo su apogeo cuando la contribución de unas muchachas dominicanas, en lugar de dinero o monedas, fueron unos condones aceptados como el aporte de “chicas buenas que hacen cosas malas” y que dieron lugar a una larga serie de alusiones de un único sentido, sobre el papel de las mujeres en su mundo. Tecnológico, el animador vendía DVD con sus presentaciones y un hombre vestido de mujer, como en un carnaval de pueblo, se encargaba de distribuirlos entre el público. Ni transformista ni travestido, sólo un hombre vestido a las apuradas con una peluca rubia y una pequeña solera que dejaba a la vista su condición masculina.

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